La luz del sol se filtraba por entre las cortinas del ventanal, proyectando líneas doradas sobre las sábanas revueltas. El murmullo lejano del tráfico matutino apenas alcanzaba a perturbar el silencio de la habitación. Estrella abrió los ojos lentamente, sintiendo el cuerpo entumecido, la mente nublada por los restos del alcohol y el eco de los recuerdos.
Parpadeó varias veces, intentando ubicarse. La habitación del hotel estaba en un desorden íntimo: prendas esparcidas por el suelo, la sábana apenas cubriendo su desnudez. Extendió el brazo con un gesto instintivo hacia el otro lado de la cama… vacío.
El joven desconocido no estaba.
Un suspiro involuntario escapó de sus labios. No sabía si sentirse aliviada o decepcionada. Lo que había vivido la noche anterior no se parecía a nada. Fue impulsivo, irracional… y por eso, quizás, tan poderoso. Se llevó una mano al pecho, aún podía sentir la aceleración de su corazón, el temblor en sus piernas.
Fragmentos de la noche regresaban como relámpagos: el calor de sus caricias, el roce de su piel contra la suya, los gemidos entrecortados, los susurros roncos al oído, la forma en que sus cuerpos se buscaron con una necesidad casi salvaje. A medida que los recuerdos la envolvían, Estrella sintió cómo un calor espeso y urgente volvía a encenderse en su vientre bajo, descendiendo lentamente hasta su centro, donde un pulso íntimo empezaba a latir con fuerza propia.
Casi sin pensarlo, como arrastrada por una corriente invisible, su mano bajó por su vientre desnudo hasta colarse bajo la sábana. Rozó su piel con suavidad, y cuando sus dedos acariciaron su feminidad aún sensible, un gemido suave se escapó de su garganta. Cerró los ojos. Imaginó sus labios, sus manos firmes, la voz grave que la llamaba "preciosa". Se dejó llevar.
Sus dedos se movían con lentitud primero, explorando, recordando. Luego con más decisión, buscando recrear el ritmo que la había llevado al éxtasis. Su respiración se volvió más agitada, su espalda se arqueó. Todo su cuerpo reaccionaba, como si aún lo tuviera encima, como si cada movimiento la devolviera a esa noche de entrega absoluta.
El clímax la alcanzó de golpe, en una ola cálida que le arrancó un gemido ahogado y la dejó temblando, jadeante, con el corazón latiéndole con fuerza.
Abrió los ojos lentamente, sintiendo la piel húmeda, el cuerpo relajado… y una extraña calma emocional. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió culpa. Se había entregado a un impulso, a una fantasía… y había sido libre.
Se incorporó con lentitud, cubriéndose con la sábana. Fue entonces cuando lo vio: sobre la mesa de la habitación, cuidadosamente dispuesto, un desayuno caliente la esperaba. Café recién hecho, jugo de naranja, frutas, panecillos, huevos con tocino… todo servido con pulcritud.
Junto a la bandeja, una pequeña nota escrita con tinta negra sobre papel elegante:
“Gracias por la noche. Si alguna vez quieres repetirla… o simplemente conversar.
C. R.
+34 7XX XXX XXX”
Estrella sostuvo la nota entre los dedos como si fuese un objeto delicado. No había ni una palabra de más, ni una promesa vacía. Solo una invitación abierta. ¿C. R.? No tenía idea de su nombre. Ni de su historia. Solo recordaba su mirada oscura y la forma en que la hizo sentirse deseada… real.
Una sonrisa tenue curvó sus labios. Se llevó el café a los labios y dio un sorbo largo, dejando que el aroma la despabilara por completo. Tal vez no estaba tan perdida como pensaba.
Tenía veinticuatro años. Un corazón roto. Una empresa que quizás escondía secretos. Un padre al que no confiaba. Una madrastra venenosa. Una media hermana traidora.
Y ahora… una nueva incógnita en su historia: C. R.
El juego apenas comenzaba.