Cuando despierto, ya es otro día. Las cortinas se encuentran completamente abiertas, y el sol ya está brillando en lo alto del cielo. Mi recuperación ha sido lenta; duermo la mayor parte del día y apenas veo a mi supuesto marido. No lo recuerdo, pero sé que nunca he estado en Nueva York; la ciudad es mayormente fría y llena de edificios altos, de sólida construcción, llena de ruido de autos, gente que va y viene rápidamente... Aún no me acostumbro a vivir con tanto bullicio. Pero esta es la ciudad de Sebastián; aquí están sus negocios, su bufete. Por lo que he podido averiguar en internet, el bufete de los Astor pertenece a una de las 10 firmas multinacionales más poderosas del país, especializada en transacciones corporativas; por esa razón es de gran prestigio y facturan millones al año gracias a sus adinerados clientes.
Al levantarme, me lavo el rostro y después me dirijo a la planta baja, pensando en hablar con él por primera vez como debe ser, quizás desayunar juntos y preguntarle sobre su trabajo... Sin embargo, a quien encuentro desayunando en el comedor es a Abril. Al verme aparecer con el cabello revuelto y los ojos hinchados por tanto dormir, ella me sonríe de manera carismática.
—Buenos días, Evelyn.
Tardo un poco en darme cuenta de que me habla a mí, y que ese es mi nombre por ahora.
—Parece que ya han comenzado los problemas entre ustedes —comenta dándole un casual sorbo a su jugo.
Su vestido ligero, a pesar del frío del exterior, es tan corto que puedo ver sus blancos muslos bajo la mesa. Con recelo me siento en un banquillo frente a ella.
—¿Sebastián... ya se fue a la oficina? —le pregunto con tiento.
Ella hace una mueca confusa; luego, poco a poco, su expresión se torna reveladora.
—¿Hablas de la firma Astor & Day? Claro que no, él rara vez va allí.
Frunzo el entrecejo y, antes de que pueda preguntarle nada más, ella extiende una sonrisa y responde:
—Sebastián es el heredero de la firma, aunque por ahora no le interesa mucho ocuparse del negocio familiar. Por ahora, tiene sus propios negocios. Se dedica a algo más.
No digo nada, pero no me gusta la forma en que me mira. Ella es muy hermosa y fina, con piernas infinitas y un delgado cuello de cisne; pero también sé que está resentida conmigo por haberme casado con su novio, o lo que sea que ellos fuesen.
—Por cierto, Evelyn, ¿cómo conociste a Sebastián? ¿Fue en ese viaje de negocios que realizó hace poco?
Me muerdo el labio y asiento con cuidado. No puedo dar un paso en falso y revelarle algo personal a esta chica, que seguro me odia.
—Me enteré de que estuviste en el hospital por un tiempo, luego de sufrir un asalto, ¿es cierto?
Sin ser consciente del todo, me llevo una mano al abdomen, a la herida que aún está en proceso de cicatrizar. Estuve en el lugar incorrecto, con las personas incorrectas, pero aun no entiendo por qué.
—Sí, eso pasó. Yo...
Abril se inclina sobre la mesa, mirándome con complicidad.
—¿Estás segura de que resultaste herida por un asalto? —inquiere en un tono bajo, con voz sonsacadora—. A estas alturas ya debes saber quién es Sebastián. Debes saber la razón por la que acudió a esa ciudad.
No le respondo nada; de repente soy incapaz de hablar. ¿Qué hacía Sebastián realmente en el peligroso lugar del enfrentamiento? He querido preguntárselo directamente, pero no me atrevo; aún no tenemos la confianza suficiente como para hablar de eso.
Al ver mi confusión, Abril menea la cabeza y chasqueó la lengua, sosteniendo su vaso de jugo con las dos manos.
—Veo que eres un poco despistada. No tienes idea de con quién te casaste, ¿es eso?
Por algún motivo, sus palabras me provocan un escalofrío que me recorre todo el cuerpo.
—¿Sabías que Sebastián fue a esa ciudad para encontrarse con un cliente? Es más, ¿sabías que mientras estuvo allí, hubo un mortal enfrentamiento entre mafias?
Todo eso ya lo sé bien, pero aun así niego para que continúe hablando.
—¿Y puedes imaginar por qué él estaba allí, en ese inconveniente momento?
De verdad quiero saberlo, aunque algo en mí diga que enterarme no me gustará. Y ella también parece saberlo, ya que hace una falsa mueca de empatía.
—Sebastián es legítimamente el dueño de la firma, por ende, es millonario y tiene mucho poder —con el índice y el pulgar hace un gesto, representando dinero—. Pero, por sobre todo eso, no es alguien común. Tener dinero y poder, trae por naturaleza un título peligroso, Evelyn.
Alarga una mano y juguetea con un rizado mechón teñido de mi cabello. Lo enreda en su dedo antes de que yo se lo quite.
—¿A qué se dedica realmente?
Al notar mi gran interés, ella saca su celular y busca algo en él. Luego lo pone en la mesa frente a mí. Cuando bajo los ojos, veo que se trata de un artículo, con una foto formal de Sebastián en el encabezado y bajo ella, el título en grande: MAGISTRADO DEL TRIBUNAL SUPREMO CELEBRA MATRIMONIO PRIVADO.
No puedo evitar que la nota me deje sin habla, porque es totalmente inesperado. Pensé que solo era un abogado en una gran firma, pero su posición es mucho más alta; está literalmente en la silla más alta en la jerarquía judicial.
¿Cómo yo, una posible prostituta relacionada con criminales de la mafia, terminé casada con un alto representante de la ley?
—Sebastián es inteligente, lo fue desde siempre, y supo forjarse un camino en las leyes por sí solo. A pesar de ser joven, es un respetado magistrado, con una prestigiosa firma de abogados que lo respalda, Evelyn.
Desliza el dedo por la pantalla de su celular, mostrándome los logros de mi marido uno por uno, y en ellos veo cantidades infinitas de sentencias a empresas fraudulentas, condenas extensas a criminales y desmantelamientos de redes corruptas, así como capturas de altos líderes de la mafia.
—Sebastián estuvo en ese enfrentamiento del que tanto se habla, porque iba a apresar al dueño de esa casa, un delincuente con un estrecho lazo con tipos peligrosos.
Con cierto estupor recuerdo que, al despertar y conocernos, él me dijo que había ido allí por negocios. Pero no imaginé jamás que esos negocios significarían arrestos y capturas. Y si era así, porque él, un magistrado con tanto poder, ¿no me arrestó a mí? ¿Por qué en lugar de enviarme a la cárcel e investigar desde allí quién era yo, eligió salvarme y hacerme su esposa?
Todo lo que ese hombre hace no tiene pies ni cabeza. Y con cada día yo entiendo menos su actuar y por qué me ayuda tanto. Me ha salvado, me ha dado un nombre, un anillo...
—¿Cómo es que no sabías todo esto de él, Evelyn? —Levanto la cabeza de golpe cuando noto un raro matiz de sospecha en su voz—. Se supone que eres su esposa, ¿por qué pareces no conocerlo?
Abril muerde el borde de su vaso, mirándome fijamente con sus castaños ojos brillando en inteligencia. Con inquietud descubro que Sebastián no es el único inteligente allí; ella también lo es, porque apenas me ha conocido y ya recela de mí.
—Aunque aún no te conozco, Evelyn, espero podamos ser cercanas en el futuro. Amigas, si es posible.
Más que una propuesta amistosa, parece más un "te estaré vigilando". Sin embargo, contengo lo nerviosa que ella me pone y le sonrío como si nada.
—Claro.
Pero en cuanto se marcha, me desplomo en la silla y respiro hondo, preguntándome en dónde he terminado.
Más tarde, Sebastián regresa al penthouse. A diferencia de cuando anda en casa, vistiendo bermudas y ropa floja, esta vez llega bien vestido; con un pulcro traje n***o, el cabello claro peinado y un portafolio en la mano. Al verme en la sala y no en la cama, se sorprende y sonríe.
—Hola.
Mis labios tiemblan cuando le sonrío también.
—Hola.
Su sola presencia ya bastaba para ponerme nerviosa, pero ahora que sé a qué se dedica, me siento aún más nerviosa. Si resulto ser una criminal, ¿qué hará conmigo?
—Si te parece bien, te llevaré a tu revisión de rutina. El médico dijo que a estas alturas ya deberías estar bien...
Él deja sus cosas en la mesa, en donde ve el vaso de jugo, y automáticamente su sonrisa comienza a desvanecerse. Los llamativos ojos, de dos colores tan diferentes, se apagan conforme aprieta los labios.
—¿Vino Abril? —inquiere tomando el vaso, viendo la mancha de labial que ha dejado ella en el cristal.
Es solo un vaso vacío, ya sin jugo en su interior, pero para él es suficiente evidencia de que la chica que quiere estuvo en casa. Aprieto las manos en mi regazo, mirando con impotencia la expresión afectada en él.
—Aún estás a tiempo de corregir tu error e ir con ella —cuando me mira, le sonrío—. Termina este irracional matrimonio y haz una vida con Abril. No tienes que preocuparte por mí.
Lo que he dicho logra que él me mire con sorpresa, pero enseguida esa mirada cambia y se solidifica en una emoción audaz. Mira el vaso una última vez, antes de devolverlo a la mesa y caminar hasta el sillón donde yo me encuentro sentada y con las piernas recogidas. Apoya las manos en los reposabrazos y me mira con paciencia desde arriba.
—¿Piensas que hago esto por preocupación? —se jacta, cómo sí yo le divirtiera.
Frunzo el entrecejo.
—¿No es así?
—No me casé contigo, Liz, por amor, ambos lo sabemos —nivela nuestras miradas, hablándome muy de cerca—. Pero yo aún quiero saber quién eres, qué hacías allí y si estás ligada a esa red de mafia.
Lo noto. Noto perfectamente cuando mi respiración se acelera y el ambiente se vuelve pesado, denso y apenas respirable.
Recorro ese rostro con la mirada, admirando cada facción suya, incluso su boca.
—Si descubres que tengo relación con ellos, ¿qué harás conmigo? —murmuro por lo bajo, oliendo su agradable perfume y viendo la manzana de Adán en su cuello, justo delante de mí.
Sebastián Astor es atractivo, lo reconozco de nuevo, pero en él hay algo más. Algo que hace imposible apartar la mirada de él.
—No lo sé, pero por saberlo, para saciar mi curiosidad, vendería mi alma al diablo —las comisuras de sus labios se elevan levemente cuando me hago pequeña en el sillón—. Abandonar a la mujer que amo para casarme contigo fue un precio pequeño, Liz, yo hubiese dado más...
Como el color de sus ojos, uno azul y el otro castaño, este hombre parece tener dentro de él un lado amable, carismático y despreocupado, pero también otro totalmente diferente: inquietante, sombrío... y desconocido.