ESPOSO

1942 Palabras
Apenas me recupero, Sebastián no me da la oportunidad de asimilar esa nueva vida. Una mañana al terminar mi desayuno, Sebastián irrumpe en mi habitación y me pide ir con él. Le hago caso a regañadientes por que más que un esposo falso, es una especie de enfermero para mí. Más tarde, en silencio subimos al elevador. Pero cuando presiona el botón de la recepción, no puedo seguir reprimiendo mi curiosidad y pregunto: —¿A dónde vamos? Él no me responde nada al principio, espera hasta que el elevador termina su largo deceso y las puertas comienzan a abrirse. Entonces su mano sujeta a la mía y tira de mí. —Aun eres una desconocida —habla con simpleza, llevándome hasta la salida del edificio. Me pongo levemente roja ante las miradas directas que la gente en la recepción nos dirige al vernos salir juntos. —No puedes seguir permaneciendo en el anonimato. No soy del tipo de hombre que mantiene relaciones secretas. En la calle nos espera un pulcro coche n***o, que parece que acaba de dejar la agencia. Y a su lado, un hombre en un traje que hace juego con el color del auto. Al vernos salir, enseguida abre educadamente la puerta del pasajero. Sebastián me empuja dentro. —Maneja con cuidado —le dice al chofer y se sienta a mi lado, pero no comparte ninguna dirección. Por más de un cuarto de hora recorremos la ciudad, y por más que yo me esfuerzo, no logro reconocer nada en ella. Es una ciudad hermosa, no lo niego, llena de enormes conglomerados y parques hermosos, pero nada en ella es familiar para mí. Cuando al fin el auto se detiene, lo hace frente a uno de esos deslumbrantes conglomerados. Al salir, tengo que alzar la vista y entrecerrar los ojos, porque el edificio es enorme, brillante e imponente, tanto grande y con una arquitectura única que eclipsa al resto. Sí, sin duda es rico, me digo llevándome una mano al pecho. No solo rico, sino exitoso. En el exterior, Sebastián vuelve a tomarme de la mano y me arrastra tras él hacía aquel edificio. Yo lo sigo con cierta resistencia, sin saber qué pretende al traerme aquí. —¡Buen día, Sebastián! —exclama una alegre voz femenina apenas entramos. Alzo la mirada justo a tiempo para ver a una guapa chica acercarse a nosotros. Ella es sumamente bonita; de ojos de un intenso color café y un cabello castaño oscuro, tan largo y lacio, que le roza la cintura. Se detiene a medio metro de nosotros, sonriente en un formal vestido n***o ajustado. Luce muy profesional. —¿Qué sucedió contigo? —pregunta frunciendo el ceño. Noto que tiene una voz muy fina—. No he sabido de ti desde que fuiste a ese viaje. Sebastián aprieta mi mano, lo noto. Noto su tensión y busco su rostro. Entonces la chica al fin se fija en mí. Su expresión se vuelve incomoda al verme, confundida. —¿Quién es...? —pregunta con interés y duda. Sebastián tira de mí hasta colocarme a la par de él. Luego inhala profundo y hace una pausa larga, antes de hablar. —Abril, lamento no habértelo contado antes. Ella es Evelyn, es mi... esposa. El rostro de ella muestra primero sorpresa, luego conmoción. Y finalmente, un dolor que no puede ocultar, y que me hace sentir terrible. —¿Te casaste? Debes estar bromeando, es una locura... —deja salir una risita baja, temblorosa. Todo el lugar se ha quedado en silencio, mudo ante la noticia—. No debes hablar en serio, estoy segura de que ... —Me casé, Abril. No bromeo. Él aparta la vista cuando ella niega, resistiéndose a creerlo. Me aprieta los dedos, pero no me quejo, porque es claro que hay un dolor compartido entre ellos. Yo soy la esposa, pero ellos parecen tener una autentica historia. —¿Te casaste? ¡No pudiste ser capaz! Él me suelta la mano cuando a ella se le llenan los ojos de lágrimas y se adelanta para envolverla y abrazarla con fuerza. Está claro que no son solo amigos, sino algo más. —Lo lamento mucho, Abril —musita él con ternura, besándole la coronilla—. Solo pasó. Perdóname. Yo no quería lastimarte... —Ellos estaban juntos desde hace años, ¿pero él se ha casado con otra? —escucho como susurran a mi alrededor—. ¿Cómo pasó algo así? —Lo siento, Abril. De verdad lamento haberte hecho esto. Cuando ella no responde, él la suelta. La chica niega y sale apresuradamente del lugar. Al verla irse y no poder seguirla, Sebastián maldice entre dientes y, como si no hubiese pasado nada, vuelve a tomar mi mano. Me lleva hasta el elevador más cercano y presiona el botón del último piso. —Ella... era tu novia. Mis palabras le hacen esbozar una sonrisa dolida. Todo este tiempo ha aparentado despreocupación, cómo sí casarse no supusiera un gran problema; pero es todo lo contrario, casarse conmigo sí le ha estado ocasionando conflictos. —Nuestros padres fundaron este bufete de abogados juntos, así que Abril y yo crecimos siendo cercanos. Inhala profundo y apoya la parte posterior de la cabeza en el acero del elevador. Puedo ver su manzana de Adán moverse cuanto traga saliva. Al menos ahora sé algo de él: es abogado. Y juzgando por ese edificio, es dueño de una exitosa firma. —Abril no era mi novia como tal, pero sí llevábamos años juntos, sin planes de matrimonio. Y la acabo de traicionar. Con un gesto, bajo la vista y comienzo a frotarme las manos. ¿Es posible sentirme más culpable? ¿Le acabo de arrebatar el hombre a una inocente? —Lamento que esto haya pasado. Sé que te casaste conmigo para ayudarme y de verdad... —Mi decisión no es tu culpa —me corta con firmeza y yo alzo la cabeza para poder mirarlo, sorprendida. Ahora parece más sereno, como siempre, y eso me gusta. Se ve confiable. —Y no te preocupes, no tengo arrepentimientos. Mantengo mi decisión. Mis labios se entreabren un poco cuando Sebastián me regala una pequeña sonrisa juguetona. Me deslumbra porque es bonita, y vuelvo a notar que es apuesto y que su perfume es delicioso. Lo huelo todos los días, en cada habitación en casa, incluso en mí. Es como sí, aún sin conocernos bien, de alguna forma ya nos perteneciéramos. —Pudiste haber mantenido este matrimonio en secreto y seguir con ella, de esa forma esto no habría pasado... Niega en el acto y se me acerca mucho, como no se me ha acercado antes. Noto su calor, su olor se intensifica y yo me pongo roja. —No soy el tipo de hombre que ocultaría a su esposa, Liz —me llama de una nueva manera y sonríe ligeramente cuando enrojezco aún más—. Además, la prensa habría averiguado que he registrado un matrimonio hace poco, ¿y no sería peor? Toma mis dedos con los suyos, viendo el anillo con su inicial y la mía, aunque ese no sea mi nombre. —Da igual cómo haya pasado, me casé contigo, te bauticé con un nombre y te cuidé todo este tiempo. Estoy satisfecho con eso. Ruborizada y sin saber cómo responder a eso, guardo silencio hasta que el elevador se abre de nuevo, en el último nivel de ese edificio. Allí ya nos está esperando un hombre, es tan joven cómo Sebastián. Me saluda con una familiaridad extraña y mira a Sebastián con ojos afilados, inconformes. —Así que esta es la chica por la que le rompiste el corazón a mi hermana. Sebastián exhala con pesadez. Y yo de nuevo me siento mal, parece que seré la mala. —Basta ya, Isaac. Sabes bien cómo pasó todo. Mejor dime de una vez sí lograste averiguar algo. Isaac frunce el entrecejo y me mira de nuevo, ahora con intriga. —Será mejor que vayamos a tu oficina. Su respuesta me hace sentir algo de angustia, pero aun así los seguimos por un corredor. A lo largo del camino, puedo sentir una que otra mirada curiosa por parte de los empleados, aunque ninguno dice nada, pero supongo que ya todos saben quién soy y lo que acaba de pasar abajo. Finalmente entramos en una gran sala, decorada a un estilo muy parecido al del penhouse, y sé de quien es. La oficina de Sebastián es ridículamente amplia; tiene una magnifica vista de la ciudad, sillones de cuero blanco, un bar lleno de licores y un enorme escritorio de madera antigua Además, en el centro de la oficina hay un prototipo a escala de la construcción de un edificio. Tiene una empresa constructora, y parece que es un negocio exitoso. —Bien, ahora dinos qué lograste averiguar. Isaac saca un juego de papeles y nos los entrega. En ellos aparece la foto de una gran casa, construida al estilo antiguo, junto a la foto de un hombre robusto, de unos 50 años o más. —Este era el dueño de la casa dónde se dio el enfrentamiento entre la mafia y el ejército. Por lo que logré averiguar, este hombre fue asesinado por alguien relevante, no un peón cualquiera, sino un alto m*****o de la mafia. Tal parece que es un hombre poderoso. Las manos comienzan a temblarme y tengo que unir los dedos. Y la pregunta, ¿quién solía ser yo? se reaviva en mi mente. —Isaac, todo esto ya lo sé —lo detiene Sebastián con irritación—. Estuve allí. Lo vi por mí mismo. Isaac respira profundo, luego me mira. Trata de esbozar una pequeña sonrisa paciente. —¿No recuerdas nada en absoluto, además de que te llamas Lizzy? Quiero decirle cualquier cosa, lo que sea que sirva para saber mi identidad. Pero solo puedo negar. —Está bien, ya lo averiguaremos con el tiempo. Por ahora, creo que deberías saber esto. Isaac se deja caer en un sillón y Sebastián y yo hacemos lo mismo. Luego me pasa una hoja, en ella aparece la foto de una chica morena y un hombre de rostro maduro y malhumorado. Bajo las fotos, aparece el título “Asesinados durante enfrentamiento criminal”. —Él solía ser el dueño de un exclusivo burdel, y ella era una prostituta. Miro a la chica en la foto por un largo rato, tratando de recordarla o recordarme en ella, pero me resulta imposible. No sé quién es. —¿Es probable que Liz estuviese en esa casa ese día, acompañada por estas dos personas? —pregunta Sebastián, arrebatándome la hoja y estudiándola a detalle con el entrecejo fruncido. Su nivel de intriga por mí, el alto interés que tiene por saber quién fui, me hace preguntarme sus razones. ¿Le intereso tanto por su profesión en leyes? ¿Busca desmantelar una red criminal? ¿O tiene sus propios motivos? —Isaac, ¿es posible que Liz fuese una prostituta al servicio de la mafia? Cierro los ojos cuando lo sugiere y reprimo un gemido de pesar. Yo no pude haber sido una prostituta, es imposible. Yo no tengo madera para ese trabajo, no me imagino viviendo de los hombres, yendo de una cama a otra por dinero. Sin embargo, están estas fotos, la ropa, las joyas y, sobretodo, el hecho de casi haber muerto allí: en la casa de ese hombre, entre un enfrentamiento criminal. —Creo que es una posibilidad —responde Isaac—. Parece que cometiste el error de tomar mercancía de la mafia, amigo.
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