MATRIMONIO CONVENIENTE

1662 Palabras
Este hombre, que dice llamarse Sebastián y ser mi marido, resulta mucho más considerado de lo que esperaba. El mismo día que despierto trae un médico para mí y, tras descartar cualquier peligro, durante los siguientes días se ocupa de mí con una actitud responsable que me extraña. Me ayuda a comer, incluso a ducharme y revisa mi estado cada que puede. Hasta que me recupero lo suficiente. Apenas logro levantarme de esa cama, me dirijo al baño y me miro al espejo. Mi cabello, ligeramente rizado en las puntas, es largo hasta la cintura y de un llamativo color salmón, que me impresiona al ver. Por otra parte, mi rostro ovalado es pequeño y de piel cremosa, aunque con algunos moretones amarillentos, indicios de que he sido golpeada. Y no soy una chica alta, pero tampoco demasiado bajita. Mucho menos soy una belleza, tengo apariencia delicada y dulce, tal cual describió Sebastián. Nada en mí insinúa que hubiese sido una mujer... de ese tipo. Sin embargo, ese vestido y la historia del lugar dónde Sebastián me encontró, dicen otra cosa. Con los dedos, toco la pequeña cicatriz en mi costado que me dejó la bala y veo también la apenas visible cicatriz en la raíz de mi cabello, la única prueba que hay de que fui brutalmente golpeada. —Lizzy, te dejé ropa para que te vistas. No le respondo, pero cuando lo escucho cerrar la puerta de la habitación al salir, yo me apresuro a salir del baño. En la cama hay dejado un sinfín de bolsas de compras. De una de ellas saco un pequeño vestido rosa claro, de olanes, y unas sandalias blancas; todo al gusto de mi patrocinador, quien parece ser un perfeccionista y adicto al orden. Incluso el aspecto de su hogar es completamente pulcro y espacioso: un excesivamente enorme y lujoso penhouse de dos plantas, de un estilo minimalista, decorado en variados tonos de blanco. Y por lo que ahora sé, se encuentra ubicado en el último piso de un gran edifico. Al terminar de vestirme, bajo al comedor; es una estancia extensa y llena de empleados silenciosos que van y vienen como sombras. Sebastián ya está aquí; viste un costoso traje color vino, que resalta su cabello castaño y el tono claro de su piel. Desde que desperté, me he dado cuenta de que él no es un hombre cualquiera, sino alguien con desmedid fortuna y una excelente posición. ¿Quién podrá ser? Al verme llegar, me lanza una evaluadora mirada, luego vuelve a su plato. —Pareces sentirte mejor. Asiento una vez, sentándome en el extremo opuesto de la mesa. Esos días han sido agotadores, y me han dejado más dudas que respuestas. Especialmente, una duda. —¿Por qué decidiste casarte conmigo? Yo estaba inconsciente y no me conocías. Él deja los cubiertos y desliza por encima de la mesa un sobre sellado. Lo tomo con desconfianza. —Sí el hospital se hubiese enterado de que te saqué de ese peligroso conflicto, te hubiesen relacionado con él, y estarías en graves problemas. Por eso al principio dije que eras mi novia y que habías sufrido un asalto. Del interior del sobre saqué un acta de matrimonio, donde decía que yo era Evelyn Astor, de 19 años, esposa de Sebastián Astor, de 29 años. —Pero cuanto pidieron una parte responsable para poder operarte y extraerte la bala de abdomen, igual para tratar el traumatismo que sufriste y que ponía en riesgo tu vida, no tuve demasiadas opciones y tampoco tiempo. Tuve que inventarte un nombre y comprarte un anillo, para ocupar el papel de tutor y proceder con las cirugías que te salvaron la vida. Con un nudo en la garganta, dejo el acta sobre la mesa y suspiro para calmarme. —¿Es... legal todo esto? Sebastián ladea la cabeza y asiente. —Ya que no recuerdas tu apellido y no sabes con certeza sí Lizzy es tu verdadero nombre, puedo decir que esta acta es oficial, igual que tu nombre. Exhalo entre dientes repetidas veces. Estoy realmente casada con él y no sé qué pensar de ello. En estos momentos, solo quiero irme de aquí y averiguar quién era yo en realidad. Pero ¿a dónde iré? ¿Cómo averiguare sobre mi cuando ni mi verdadero nombre completo conozco? —Tú... dijiste que deseabas averiguar quién soy yo, ¿por qué? —le pregunto despacio, mirándolo con recelo. Sebastián tuerce los labios en una misteriosa sonrisa. Hasta este momento noto cuan largas son sus pestañas, enmarcan su mirada y la vuelven traviesa y atrevida. También soy consciente de lo deslumbrante que se ve al sonreír. Tiene el aspecto de un hombre adicto al juego, un jugador. —En realidad, me intriga saber qué hacías en la casa de mi cliente, un hombre robusto demasiado viejo para ti —me guiña un ojo y yo me pongo levemente roja. Sí vestía como una prostituta, ¿estaba en esa casa para...? —Pero, sobretodo, deseo saber qué relación tenías con la mafia que acudió al lugar y la responsable de ese caos sangriento. En vano intento no dejarle ver mi inquietud, él la nota enseguida y menea suavemente la cabeza, antes de levantarse y acercarse a mí. Me pongo tan nerviosa que no me niego cuando me toma del brazo y me hace ponerme de pie. Con cuidado acomoda un mechón rebelde de mi cabello detrás de mi oreja. —Lizzy, ¿quién eras tú y cuál era tu relación con un grupo tan peligroso? —me susurra al oído, tomándome por la cintura—. ¿Por qué estabas allí ese día? ¿Por qué esa ropa tan provocativa? ¿Por qué te atacaron a ti? Desliza la palma de la mano hasta el hueco en mi espalda baja, atrayéndome a él sutilmente. —Esas son las incógnitas que quiero resolver. No puedo evitarlo, me estremezo ante la cercanía. Yo aun desconfío de él, es un extraño para mí y un misterio con piernas. Aunque, también es mi marido, y la única persona que se detuvo a ayudarme. Gracias a que se casó conmigo, me salvé de la muerte... o de la cárcel. Él me ha salvado. —Por favor, Sebastián —alzo la vista hasta toparme con esa intrigante mirada suya, una mirada de dos tonos tan distintos—. Ayúdame a saber de mí. Necesito saber si de verdad soy Lizzy, o alguien más. En respuesta a mi desesperada suplica, su mirada se oscurece al tiempo que esboza una sonrisa llena de promesas secretas. Tengo la sensación de que para él todo eso era una especie de juego, una investigación por deporte, un misterio que le resultaba entretenido. Con delicadeza aleja una mano de mi cintura para llevarla a mi rostro. Me acaricia los pómulos, roza mis labios con las yemas de los dedos y delinea el contorno de mi mandíbula... Inspiro hondo cuando acerca peligrosamente su boca a la mía. —Dime Lizzy, con tal de saber quién eres, ¿soportaras vivir con un hombre al que no conoces, de quién no sabes nada? ¿Podrás sobrevivir a este matrimonio? Yo permanezco estática un segundo, a un palmo de sus labios y envuelta en sus brazos. Luego sacudo la cabeza y doy varios pasos atrás. Estoy completamente ruborizada pero decidida a no dejarme llevar por él. —¿Es... tan necesario quedarme contigo? —le pregunto con voz temblorosa. Sebastián hace una mueca pensativa y luego cruza los brazos sobre el firme pecho, fijando la vista en el techo. —¿Aun crees que el hecho que estuvieras allí fue una casualidad? —inquiere tras un segundo, volviendo a mirarme—. La mafia es peligrosa, sí saben de ti podría ser riesgoso. Aún no sabemos qué clase de relación tenías con ellos. Puede que hubieses sido su prisionera, una de las tantas mujeres que prostituyen. La piel se me eriza, de nuevo asustada. Lo miro morderse el labio inferior con evidente diversión. ¿Le divierte verme al borde del miedo y ciega ante quién soy? —Está bien, sí estar casada es necesario, lo soportaré. Solo... no quiero intimar contigo, eso no, por favor. Trago saliva cuando vuelve a cortar la distancia, hasta plantarse a un paso de mí. Es al menos 30 centímetros más alto que yo, y hace que me vuelva pequeña en su presencia. —¿No intimar?... Está bien, mientras sea temporal. Intento con todas mis fuerzas no flaquear y huir de él, aunque por dentro ardo por salir corriendo. —¿Mientras sea... temporal? —musito. Sebastián asiente con lentitud y, sujetándome del mentón con dos dedos, me obliga a erguir la cabeza y sostenerle la mirada. De repente se ha puesto serio, tanto que me parece intimidante. —Tú eres mi esposa, Lizzy, y da igual cómo haya pasado. No seré un salvaje, pero en algún punto espero que reconsideres el aspecto físico, ¿lo entiendes? Así funciona un matrimonio, y eso quiero que sea el mismo. Aunque no haya sido la unión que esperaba ni la mujer que deseaba, quiero el paquete completo que tanto se promete al casarte. Intento no quejarme y asiento una vez, solo para que me suelte. Entonces, sin más, me libera y, relajado, estira los brazos sobre la cabeza. Inmediatamente se da la vuelta para volver a su lugar en la mesa y yo aprovecho para volver a mi habitación. Me siento a los pies de la cama, con el antifaz de carnaval en una mano y las joyas costosas en la otra, mirando el descarado vestido extendido entre mis piernas, sobre la alfombra blanca. Me pregunto por qué razón yo usaba accesorios como esos y, sobre todo, me pregunto que llevó a Sebastián a una casa donde había un enfrentamiento como ese. ¿Quién era ese cliente suyo que le llevó hasta allí? ¿Qué tipo de trabajo es el que hace Sebastián Astor?
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