PROLOGO
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—Madre, no puedo complacerte, esto es demasiado. —Sentía el peso del mundo sobre sus hombros a tan corta edad y que nada era como se supone que debería ser.
—Yo también tuve tu edad y ya venías en camino. Solo me quedaba obedecer a tu padre, como toda mujer debe hacer con su esposo. No entiendo por qué tanto problema contigo, como si te costara tanto complacer a tus padres.
—Pero, mamá, ese hombre me lleva como treinta años, creo. Soy muy menuda, y ese hombre es mucho más grande que yo. Me da miedo lo que me pueda hacer.
Y era verdad. De solo ver su grotesca figura hasta el más escéptico se apiadaría de ella y lo que ese hombre le pudiera hacer una vez solos.
—¡Por Dios, no seas malagradecida! Ese hombre nos ha tendido una mano cuando no teníamos que comer. Es buen amigo de tu padre. Además, es soltero. Vas a ser la esposa de un hombre respetable. No vayas a terminar como la loca de tu amiga, que por algo se habrá colgado de esa viga. El pecado seguro. El pecado.
«no vayas a terminar como tu amiga», esas palabras eran como si le dispararan directo al corazón.
Esas imágenes junto con la culpa la carcomían noche tras noche al cerrar los ojos. Tal vez su madre tenía razón, después de todo, una mujer no tiene voz ni voto en aquel pueblo. Una mujer no tiene derecho a soñar. Una mujer nació para obedecer al hombre que sus padres quieran para ella.
—Me da miedo que haga cosas que no me gusten. Me da miedo que se enoje conmigo si no me salen las cosas.
—Entonces debes hacerla tal cual te dice. No hagas nada que lo enoje y obedece en todo lo que te dice sin chistear, absolutamente todo. Deberás complacerlo sin importar si te gusta o no. Después de todo, las mujeres nacimos para servir siempre y cuando sea a nuestros esposos, porque eso es ser una buena esposa.
—¿Y el amor, mamá? ¿Dónde queda el amor? — Es como si le dijeran que una buena esposa es sinónimo de obediencia desmedida, de sumisión acatada al milímetro, como si tu consciencia dejara de existir y solo actúas en automático, no importa cuales sean tus deseos, solo debes ser eso UNA BUENA ESPOSA
Cuando piensas que es normal, que en todas las parejas se vive así, si tu marido te golpea es para darte una lección y no volverte a equivocar, si al acostarte con él algo no te gusta, ¡no puedes decirle nada! Es tu marido, y primero está lo que le gusta a él. Esa manera de pensar hace que vivas perdiendo tu propia identidad hasta el punto de creer que nunca la tuviste. Una mujer así, una que no sabe quién es si él no se lo ordena, una que vive sin protestar nada de lo que se le diga y piensa que las lágrimas y las cicatrices de su cuerpo son sinónimo de que se está aprendiendo a ser una buena esposa. Cuando Augusto empezó a someterla, ella nunca se quejó porque en su mente estaban las palabras con las que creció toda su vida: «Naciste para obedecer a tu esposo. No importa si no te gusta, lo aceptas». Desde el momento en que calla y deja que se vuelva parte de su día a día ahí es que perdió el último vestigio de dignidad, que se fue por la ventana cual brisa de invierno. Aceptó que un golpe era una lección, que entre marido y mujer no existía abuso, que así no quieras tienes que aceptar pasar tus noches con él, ya que es tu esposo. Así es una persona que, desde que recuerda, piensa que las lecciones se aprenden a la fuerza aunque tengas la edad que tengas, como en el caso de .
Las palabras de su madre se repiten una y otra vez en su mente, así que no existe él.
«¿Y yo qué quiero? —En su mente existe él—. ¿Le gustará a mi marido?».
Sin embargo, dicen que en una moneda siempre hay dos caras, en la vida no todo es como tu realidad te lo dice, claro ejemplo es Alejandro cuya ciegues por amor lo hace ver solo lo que su amor le dicta, su único propósito en la vida es hacer feliz a su esposa
Emperatriz. Ella es su luz, su mundo, casi casi como si ella fuera sus ojos. No le importa si los otros le dicen pelele, pisado, saco largo o una infinidad de adjetivos pretendiendo denigrarlo. A él lo único que le importa es hacer feliz a su mujer, a su adorada y sacrificada esposa.
«¡Ella es una santa! Mira que quedarse conmigo a pesar de que no le puedo cumplir como hombre después de mi accidente… ¡Maldita silla de ruedas!».
Por eso Alejandro y Vera son dos almas concentradas en hacer feliz a la otra persona que no sean ellos mismos, tienen una idea tan equivocada del amor, una que los puede llevar al abismo, si no abren los ojos lo más pronto posible.
Dos almas, diferentes maneras de ver la vida, distintas formas de pensar, pero con un mismo propósito: «Al final así deben ser todos los matrimonios».
¿Podrán ellos encontrar la verdadera felicidad? Aquella que un ser humano se merece, esa felicidad que está en ellos mismos. ¿Aprenderán una lección? ¿Él le enseñará a encontrar su luz? ¿Ella le enseñará a abrir los ojos?
NARRA VERA SANTACRUZ
Creo que nunca conoceré el amor verdadero, me refiero a ese que alguna vez leí a escondidas de todos en un cuento viejito. Fui criada para obedecer a mis padres sin chistear. Mi madre siempre me dijo «Mujer que desobedece a su marido está condenada al infierno». Eso me enseñaron desde que tengo uso de razón. Ahora con más de treinta años no puedo quitarme sus palabras de la cabeza.
Estoy casada desde hace diez años con un hombre mucho mayor que yo. Augusto tiene casi cincuenta años. Es de contextura gruesa y alto así decía mi madre de quien aún recuerdo sus palabras
—No seas terca muchacha mula, no encontraras en este pueblo de quinta un mejor partido que Augusto Sánchez, es tu única y mejor opción, piensa con esa cabeza hueca que tienes.
. Mide, creo yo, metro sesenta o algo así, a comparación mía, que soy delgada y de metro sesenta y ocho, soy de estatura por arriba del promedio, pero de todas maneras a su lado parezco un débil palillo de dientes. Siempre me ha dicho que no debería ser alta, que una buena esposa debería ser más baja que su esposo, y yo, como siempre, agacho la cabeza, pues es mi marido y tiene la razón.
Tengo un empleo de tiempo completo en una muy bonita clínica de fertilidad para gente adinerada. Me pagan muy bien. No podría quejarme, pero mi esposo sí, porque dice que debería ganar más o buscar otro empleo. Soy enfermera técnica. Debería ir y buscar empleo en esas clínicas privadas o en algún viejo rico a punto de morir. Odio cuando habla así de la gente. No debo decir o siquiera pensar en esa palabra. Una señora casada no puede hablar así, es sacrilegio. Iré a ducharme para quitarme estos sucios pensamientos que solo me llevarán al infierno. Sí, eso haré.
…
Hoy mi marido está de humor, algo extraño, aunque siento un pequeño temor, ya que esa sonrisa no se ve normalmente en él. No recuerdo haber hecho algo malo o bueno, aunque él siempre lo encuentra.
—Esos trastes están mal lavados, hazlo nuevamente.
—No planchaste mi camisa blanca y te lo dije, sabes bien que pasa cuando no obedeces.
—Tú me haces hacer esto, tú con tu altanería, no quería dejarte así la cara.
—No vengas con lágrimas que no te pegue tan fuerte y anda límpiate la sangre que me da asco.
Me mira muy serio, molesto, pero podría jurar que intenta disimular.
—Mi amor —cuando me dice algo así, creo que no me va a gustar—, mi vida, mira, sabes que andamos cortos de dinero. Tú sabes la verdad; mantener esta enorme casa y los lujos a los que te tengo acostumbrada no es fácil.
«¿Cuáles lujos?», pienso, si todo el dinero que traigo lo uso hasta el milímetro y lo estiro lo más que pueda.
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—Sí, cariño, dime, ¿qué sucede con eso? — Nunca debo refutar lo que dice mi esposo, él sabe que es lo mejor para nosotros.
—Ha surgido la oportunidad de oro para que apoyes a tu esposo como buena esposa que eres, porque lo eres, ¿verdad?
Claro que lo soy. Me da miedo que lo dude, porque sé lo que podría pasar.
—Sí, lo soy, y como tal mi deber es ayudarte en lo que me pidas.
No puedo hacerlo enojar. Si le digo lo que pienso, puedo sufrir las consecuencias. Y ni siquiera me recupero de la última vez que me dio sus correctivos.
—Bueno, resulta que la simpatiquísima señora Cortés, la vecina de al lado, se ha quedado sin enfermera del turno de la noche. —Dios, que no sea lo que pienso. No, por favor»—. Le hablé de ti y de tu experiencia y me ha pedido que trabajes con ella.
—Cariño, pero…
—¿Me estás contradiciendo?
En realidad, no lo hago. Siento que me agarra del cabello y me hace arrodillar. Solo contengo las lágrimas. No quiero sentirme peor ya.
—Te repito, ¿me estás contradiciendo?
No me queda de otra. ¿Qué puedo hacer? Eso hacen las buenas esposas, ¿verdad?
Esa noche tuve que demostrar de muchas formas qué tan buena esposa soy. Sentí asco de mí misma por mucho rato. Soy buena esposa, y lo que hace mi marido debería gustarme, pero por algún motivo me siento sucia y asqueada. ¿Acaso todas las esposas se sienten así? ¿Y si me quejo con alguien? No, no, Vera, no pienses así. Es tu marido, tu deber es obedecer como siempre lo has hecho. Nada de peros o quejas. Sí, eso sí, tengo que obedecer y ser buena esposa para que un día no pueda ni soñar. Estoy seca por dentro, no sirvo, y si él me deja, ya no me queda nada en este mundo. No puedo ser una divorciada, porque mi abuela volvería a morirse o se revolcaría en su tumba por tal vergüenza. Es que una nieta suya jamás podría ser una divorciada. Ella le enseñó a mamá que una buena esposa es callada, sumisa, y, por ende, debe obedecer a su marido sin siquiera dudar un segundo. Así ha sido siempre en mi familia. Mamá me enseñó eso a mí, y no puedo decepcionarla aún más.
NARRA ALEJANDRO CORTES
Mi nombre es Alejandro, tengo veintisiete años y estoy casado con una hermosa y adorable esposa. Es la mujer de mis sueños. Soy tan afortunado de tenerla. Asimismo, soy la envidia de muchos hombres que la han cortejado antes, pero yo fui el afortunado. El día que me aceptó fue como sacarme la lotería. No importó que a nadie le pareciera solo porque me llevaba unos cuantos años de más. Para el amor no hay edad que valga, eso es lo de menos. Mientras dos almas están destinadas a estar juntas, no importa lo que le llaman convencional. Luché contra el mundo y contra ese convencionalismo para lograr mi felicidad.
—Querido, voy a salir. En unas horas regreso. Hoy me reuniré con tu nueva enfermera.
—Sí, mi vida, no te preocupes. Lo que tú desees, mi reina. Tus deseos son órdenes.
Siempre trato de complacerla. Es mi vida entera. No me veo sin ella.
—Eres tan adorable, mi cielo. Por eso te amo tanto.
—Y yo a ti, corazón, no tienes idea de cuánto, y te agradezco por estar conmigo.
Ninguna mujer que no ama a su esposo se quedaría a su lado como ella lo ha hecho conmigo a pesar de no servirle.
—Mi amor, como dijo el cura, en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad.
—Soy el hombre más afortunado de este mundo. Podrías estar con cualquier hombre que te pueda cumplir como te lo mereces, pero aun así estás conmigo. Eres tan perfecta. —Beso el dorso de su mano y la trato como la reina que es.
Ella se inclina lo más que puede para abrazarme y darme un pequeño beso. Es que esta maldita silla de ruedas no me deja ni poder pararme y darle un beso a mi adorada esposa.
Ella se va meneando esas hermosas caderas en las que alguna vez me perdí. Dios, extraño esa época en la que parecíamos un par de adolescentes hormonales y lo hacíamos donde fuera y como fuera.
Ella siempre ha sido una mujer muy fogosa, y debe ser difícil para ella estando yo así, pero, como siempre me dice, cuando es amor, el sexo es lo de menos.
Espero que la enfermera de esta noche sea menos quisquillosa que la anterior. Era una mujer mayor, así que igual debió hacer mucho esfuerzo por andar cargando de la silla a la cama a un estúpido minusválido como yo. ¡Maldito accidente! Pero desde mucho antes estoy incompleto. Ella ha estado conmigo a pesar de todo, y este maldito accidente nos arruinó las cosas, pero su paciencia y amor me enseñaron que ella estará a mi lado en todo momento. Es que no me encuentro sin ella en mi vida. Sería el ser más infeliz si algo así sucediera. Debo quitar esos pensamientos de mi cabeza. Ni por un segundo debo ver mi futuro sin la mujer que amo.