NARRADOR ¨
Era muy difícil para Vera renunciar a un empleo que durante cinco años había laborado en un buen ambiente. Tenía buenos compañeros, aunque siempre había sido algo introvertida cuando se trataba de relacionarse con ellos. Explicar alguna que otra marca no había sido fácil. ¿Cómo explicas que tu marido te golpeó o te obligó a hacer cosas que no terminabas de comprender? Sería muy raro, según ella. Nunca había tenido una relación muy cercana con alguno. Aunque la respetaran, nunca la habían visto con buenos ojos del todo, ya que su manera de vestir y actuar para ellos no era normal, pero nadie se atrevió nunca a decirle algo, salvo algún «Vera, hace calor, quítese ese suéter» o «¿Cuello alto en invierno? ¿Es en serio?». Nadie tuvo la empatía suficiente para darse cuenta de su sufrimiento y solo necesitaba que alguien le abriera los ojos.
Pero que hace que una mujer olvide su consciencia, olvida la libre elección la que tenía derecho, dejar de lado ¡lo que vales y solo ser valorada por lo que eres para alguien, Vera solo necesitaba una mano amiga, una que llego tarde ¿Verdad Vera?
Ella vivió toda su vida en una parte muy alejada de la ciudad, la parte rural, rodeada de árboles, riachuelos y muchos animales de crianza para consumo o venta. Desde que lograba recordar tuvo que hacerse cargo de sus hermanos, ya que sus padres trabajaban casi todo el día. Ella era la mayor de todos, así que debía hacer lo que hacía. Se volvió algo de rutina, y nunca podía negarse a obedecer si no quería un severo castigo. Todos los días era lo mismo; cocinar, lavar, limpiar y mandarlos a la escuela, aunque era algo complicado y muchas veces faltó. Las maestras le regalaban los útiles. Ella también iba. Siempre fue la más aplicada en los estudios, pero la interacción con otras personas era distinta, salvo con Carolina, su mejor amiga, que era introvertida, al igual que ella. Además, era la única que la escuchaba. Siempre decían que estudiarían Enfermería y que se escaparían a la ciudad para ayudar a curar enfermos. Su vida no había sido fácil, pues había tenido que soportar tantas vergüenzas en su vida, como un padre alcohólico, que lo poco que ganaba era para sus vicios, y una madre trabajadora, aunque su dinero siempre iba a su marido. A veces ella y sus hermanos solo comían una vez al día. Por esto Vera tuvo que robar huevos en las casas vecinas o algo de leche para sus hermanos. Varias veces la policía había llevado a su padre por escándalos en la vía pública o por golpear a su madre en alguna fiesta a las que iban. En uno de esos episodios, el oficial trajo a su padre ebrio y a su madre con el labio roto. Cuando el oficial llegó a su casa, vio a Vera encargada de tantas personas sin tener la edad suficiente para ello, niños tan pequeños que vestían harapos y comían alguna fruta, descalzos, con la piel manchada, era doloroso ver aquello, pero él era un simple oficial, uno sin poder y principiante, nadie le haría caso … No era algo fácil de asimilar ni para el corazón más duro como el del oficial quien no pudo evitar conmoverse y pensar en la responsabilidad que aquella pequeña tenía sobre sus hombros.
—¿Eres feliz? —le preguntó a Vera.
En realidad, él fue la primera persona que alguna vez se lo preguntó y de las pocas que por muchos años se lo preguntaría, esa pregunta, esa palabra FELIZ, pero para Vera ¿Quién realmente era feliz?
No era necesaria una palabra de su madre o de su padre ebrio, la mirada que sentía que podía atravesar hasta su alma, sabía que decir lo que pensaba no era una opción, no podía decir NO SE QUE ES ESO DE SER FELIZ, ¿ALGUIEN LO ES? PARA QUE ME EXPLIQUE. Por el temor al regaño y algún castigo severo, hasta a que intente desquitarse con sus hermanos, ante aquel temor que una niña tan pequeña sentía hasta sus entrañas, solo respondió que si, tal vez así se evitaba alguna golpiza.
Cuando el oficial se retiró, su madre la sujetó del brazo muy fuerte. Seguramente en ese momento llegó a dejar marcas, pero Vera estaba acostumbrada, por lo que ni cuenta se dio. Era horrible pensar mujer o si quiera para alguna persona que esas sensaciones de miedo y desesperanza era pan de cada día. Se había vuelto parte de ella, así que no había diferencia, ya que eso era lo que ella conocía de la vida. El maltrato era algo común, por lo que un golpe más, un golpe menos, no era mucha diferencia en su pequeño mundo.
—Si el oficial te vuelve a preguntar, no tienes que mirarme para tu respuesta. Sabes muy bien qué decir, así que a la próxima que te vea mirarme así te irá peor que la última vez que te dejé con los brazos extendidos hacia arriba, agarrando el bloque de adobe y quincha sobre tu cabeza hueca. ¿Entendiste, niña estúpida? Y sabes perfectamente por qué tienes ese pequeño chichoncito —le espetó su madre con una mueca de disfrute, acariciando su rostro de manera cruel y distante de ser una madre amoroso consolando a su pequeña.
Era algo inconcebible que una madre disfrutara con el dolor de un hijo, como si nunca le hubiera costado traerlo a este mundo, como si nunca hubiera pateado en su interior tratando de vivir. Vera nunca entendía aquel odio que su madre destilaba por ella.
Vera asintió con la cabeza. La pobre no podía negar nada de lo que le decía su madre. Aún le dolía aquel pesado bloque que le cayó por no obedecer y por no hacer callar a su hermano, el menor de todos, que había estado llorando de hambre.
Así fueron pasando los años, acostumbrada a esa vida miserable de carencias físicas y emocionales, de nunca recibir un abrazo, de nunca recibir un te amo. Su único escape era la escuela. No obstante, a veces ni ahí se libraba de las humillaciones. Ya muchos compañeros hasta la golpeaban y se burlaban de sus zapatos viejos y rotos o porque siempre lucía la misma ropa. Cuando ella no llevaba algún alimento, los demás se burlaban. Una persona en su sano juicio no entendería por qué desde esa edad podían destilar tanta maldad hacia alguien que en realidad no les había hecho daño alguno. Incluso si se lo hubiera hecho, nada de lo que ellos decían delante de ella o a sus espaldas sería justificado.
—Mírenla, no trajo nada otra vez. Pobre india. —Sonreían y le lanzaban las cáscaras de sus alimentos—. Ahí está para que comas, o mejor se los das a los chanchos.
Cuando se burlaban así de ella, solo podía recordar a su madre hablarle con esa crueldad que la caracterizaba.
—Todo lo hago mal. Por esa ella también me trata así.
—¿Así qué hombre te querrá? Tienes que hacerme caso. Se hace así, ¿ves? Y ni te quejes, que cuando tengas marido él te hará entender a la fuerza lo que yo te estoy diciendo y no tendrá contemplaciones. Así son todos los hombres. No les importa si la mujer llora, grita o si está sangrando. Está en su naturaleza.
—Pero, madre, yo no…
Le dio un bofetón que le reventó el labio inferior y la hizo sangrar.
—¡No! Las mujeres cuando se casan no pueden negarse a nada que le diga su marido.
—Madre, tengo miedo de responderte. Es que no te entiendo. —El miedo la invadía al saber el carácter de su madre.
—Me gusta que sepas quién manda, así que, ya sabes, hazme caso, que cuando termines de crecer conseguirás esposo. Ya debes ir aprendiendo que nada de lo que digas o pienses importa, y agradece que te lo estoy enseñando ahora, porque ya puedes entender las cosas tal y como son, y no será muy difícil que aprendas en un futuro a obedecer como es debido. Como decía tu abuela, mujer que no obedece a su marido no es mujer, ¿o alguna vez me viste quejarme cuando tu padre me reprendía por algún error mío? No, ¿verdad? Así que hazme caso y obedéceme.
—¿Y si no me gusta lo que quiere mi esposo?
—Te quedas callada y te preguntas si algo mal estás haciendo tú para que tu marido se moleste, porque, te repito, a ellos no se les puede contradecir. Su palabra es ley.
Sin embargo, un día Vera no pudo más. Estaba decidida a cambiar eso gracias a su amistad con Carolina. A pesar de los futuros castigos que le iban a imponer, haría un cambio.
—Yo ya tengo dieciocho años, se supone que a esta edad puedo decidir por mi misma, no puedo seguir soportando todo esto. Carolina tiene razón, esto no es vida, ella siempre me ha dicho que debo volar,eso quiero volar lejos de aquí con mis hermanos. Voy a ser enfermera. Le demostraremos que no todas nacimos para ser esposas. Aunque mi madre me muela a golpes, no importa. Además, entiendo que solo así podré sacar adelante a mis hermanos, ya que con mis padres no cuento. A ellos no se les pueden ir volando los sueños que tienen. Y yo recién quiero cumplir los míos, porque en el fondo tengo alas, de modo que quiero volar.