Por primera vez se atrevió a que otros oyeran la voz de su interior, por primera vez se atrevió a hacerse escuchar y tener voz.Luchó contra el mundo y sus demonios, sus propios padres.
—Lo haré. Siento decepcionarte, pero necesito hacerlo.
Ella ya estaba preparada mentalmente para lo que siguió, una serie de golpes por parte de su padre, el hombre que supuestamente debía amarla y cuidarla ahora la estaba moliendo a golpes hasta hacerla caer el piso, agregándole más marcas a su agrietado corazón sin importar la sangre de sus labios o los colores que se le formaran sobre la piel
Cuando sintió que los puños le dolían, se sentó en una silla vieja. Desde ahí despotricaba contra el hecho de que su hija nació mujer, pero no decía las veces que la había dejado de ver como a una hija y solo era un saco de boxeo donde desquitar sus frustraciones de vida.
—Maldita. Mujer tenías que ser. ¿Atreverse a querer hacernos esto? Si fueras varón, respetarías por sobre todas las cosas a tus padres. No te enseñaron nada en la clase de catecismo. Claro, bruta eres. Mujer tenías que ser, igual que la estúpida de tu madre.
Su madre no objetó nada, solo volteó a ver a Vera con odio, el cual jamás debería salir de un padre hacia un hijo y más con todo lo que ella había hecho estos años por ellos, después de todo Vera no tenía la culpa de nada, pero para esa mujer, ella era el principio de todo.
—Está loca. Esta muchachita está demente si cree que se lo permitiremos. Te repito a ver si tu cabeza hueca entiende: ¡no lo harás! ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? Claro, esa pérdida de Carolina —le gritó su madre.
—No hables así de ella, mamá. Es mi amiga.
—¿Qué clase de amiga le aconseja a otra que desobedezca a sus padres? Además, ¿quién cuidará de tus hermanos? Si quieren tragar, no puedes hacer eso, no puedes dejarlos a su suerte.
—Madre, tengo ya la mayoría de edad y puedo hacerlo. Yo seguiré cuidando a mis hermanos. Solo estudiaré cuando ellos estén en la escuela. —Tenía que hacer cualquier cosa para cumplir su sueño, y eso no significaba que quisiera dejar a sus hermanos a merced de sus padres.
Vera vio cómo sus padres se alejaron y conversaron mirándola y señalándola de ve zen cuando a la distancia. A los minutos, su madre se le acercó con el rostro como siempre cuando se trataba de Vera, sin expresiones en su rostro.
—Bueno, haz lo que quieras mientras no dejes de lado tus obligaciones como hermana mayor, y sabes a qué me refiero.
Vera no podía estar más feliz. Sentía que por un instante sus padres le mostraban con su aceptación algo de cariño y respeto dejándola poder hacer una carrera inconcebible hacía un año, pero hoy era real. Podría lograr sus sueños y hacer real que sus hermanos pudieran tener uno, pero lo que no sabía Vera era las intenciones ocultas de ambos padres. Una muchacha de pueblo con sus características y profesional podía ser mejor vista y, por ende, mejor cotizada. En simples palabras, un hombre podría pagar mucho más por ella una vez terminada su carrera.
Así pasó el tiempo. Ya no recibió tantos golpes, puesto que a su edad no era tan fácil de dominar, y logró acabar la carrera junto con Carolina. Ambas habían planeado juntar algo de dinero para poder ir a la ciudad y buscar trabajo. Un maestro las iba a ayudar. Cada día que se acercaba a ese momento Vera tenía miedo porque también se llevaría a sus hermanos, dos varones, era lo que debía hacer, no podía dejarlos a merced de sus padres, que seguramente desquitarían con ellos su huida.
Para el resto del pueblo, Vera era una muchacha insignificante, sin gracia alguna. Era la envidia que los corroía, ya que la mayoría de muchachas se habían llenado de hijos a su edad o andaban de descarriadas con un hombre u otro. En cambio, Vera, con su comportamiento, jamás había dado pie a que alguien siquiera osara en cortejarla. Sabían del carácter bravío y corajudo de sus padres y de la manera en que la habían criado. Además, esa envidia era porque se atrevió a estudiar. Muy pocas lo habían hecho, pero el estado había decidido mantener el proyecto. No importaba si solo fueran seis las que estudiaran. Además, Vera, por su forma de vestir, no causaba mucha algarabía entre los muchachos del pueblo, así que paseaba sin pena ni gloria. Solo visitaba la ciudad para estudiar o hacer algún trabajito extra. Su modo de vestir ahuyentaba a quien fuera, no importa si estaban a cuarenta grados ahí fuera. No, Vera siempre vestía como si de un convento se tratase. En su casa poco les interesaba, porque la miraban pocas veces, y si lo hacían, era como apestada. No la soportaban por ser tan sumisa y callada.
Una noche, a pocas semanas de su partida, se había quedado sin agua, por lo que…
—Julio, ve a traer dos baldes de agua del río, pero ya.
El muchacho respondió tosiendo, dese hacia días que se sentía mal, como si algo le doliera en el pecho.
—Sí, padre.
—No, Julio, no puedes ir. Padre, él tiene muy alta la fiebre, así que tiene que quedarse en casa. Por eso le conseguí medicina con mis maestros, para casos así.
Vera sabía que sería muy peligroso que su hermano se expusiera a la fría noche del pueblo, su hermanito estaba muy débil y no podía exponerlo a las heladas.
—¿No pensarás que vaya yo? Para eso trabajo todo el día, para que se lleven un pan a la boca, y necesito descansar —dijo mientras leía la sección de deportes del diario.
—Iré yo, padre. No quiero que Julio se ponga mal.
—No, hermana, iré yo. Sí puedo, ¿ves? —Y una fuerte carraspera salió de él. Tuvo que retorcerse un poco por la fuerza que había empleado en su simple acto, Julio trataba de hacerse el valiente, porque no le gustaba la idea que su hermana saliera de noche tan tarde a traer agua del rio, es como si un mal presentimiento lo invadiera, pero sabía que si su padre decía eso, entonces eso se haría.
—Estás loco, Julio. Se acabó, iré yo. No demoraré mucho. Además, no es la primera vez que lo haré. Estoy acostumbrada. Tú solo quédate aquí y no hagas esfuerzos.
—No me importa quién vaya con tal de que me dejen en paz.
Vera fue como siempre lo había hecho en realidad, solo que al crecer su hermano le fueron sumando responsabilidades a él que muchas veces prefería hacer Vera para que este se concentrara en los estudios.
—Algún día esto se acabará y podremos correr en un parque y jugar a la pelota o con burbujas, como les gusta. No dejaré que nada les pase.
Estaba tan absorta en sus pensamientos que hizo que uno de los baldes cayera a un lado cuando se tropezó con una piedra y cayó por una parte inclinada del descampado.
—Vera, ¿eres bruta o qué? Ahora tengo que recoger ese balde y volver a llenarlo —discutió con ella misma.
Cuando bajó unos metros, oyó unos ruidos.
—Jesús, María y José, ¿quién grita así? —Eran como los gritos de algún animal siendo sacrificado.
Lo próximo que vio la paralizó por completo. No podía gritar porque la garganta se le cerró del horror. Ese miedo profundo se apodera de su cuerpo, paralizándola por completo. Temía que fuera ella a quien arrastraban de esa manera mientras gritaba por auxilio. La voz se le hizo conocida, pero no podía acercarse. ¿Qué haría ella contra tres hombres evidentemente ebrios? Forcejeaban contra una muchacha casi de su misma contextura. Pero lo que siguió a continuación hizo que por muchos años se arrepintiera de no haber hecho algo al menos y fue a la vez el motivo porque esas ganas de volar se fueran con el viento.