De pronto, Vera se dio cuenta de que había encontrado cosas similares a las que le hacía su marido, como amarrarla en la cama y hacerle lo que él quería sin importar si dolía o si lo disfrutaba. Se percató de que había paso media hora leyendo el libro, de modo que regresó al patio. No quiso pensar en eso. Era imposible. Ella era su esposa. A una esposa no se le debe influir dolor con alevosía. En su mente se construyeron ciertos pensamientos; en el fondo se situaba esa pared que había construido para que su amor propio y su independencia no salieran a flote, pero hoy un ladrillo había salido volando de esa pared, y no sería el único. —Vera, ahí estabas. Pensé que te habías perdido. Ni que la casa fuera tan grande. Pero bueno, escogiste algún libro. Veo que no traes. Habiendo tantos, no ha

