—No importa lo que pienses, Doris, no tienes ningún derecho a tratarla de esa manera. La única mujer que no vale la pena aquí eres tú, y por no faltarle el respeto a Vera, no te digo exactamente la clase de mujer que eres —espetó Alejandro. Al ver a Vera frente a él, los ojos se le iluminaron—. Quiero que te vayas de esta casa, Doris. —Pero, mi amor, ¿de qué hablas? Soy yo, cariño. Soy tu Doris, tu adoración. ¿Acaso estás? Voy a dejar pasar por alto este exabrupto tuyo. Voy a hacer una llamada, mi cielo, ya regreso. Vera se inclinó para hablarle con lágrimas en los ojos, desesperada. —Juro por lo que más quiero que me tienes que creer. Ella y mi marido se han coludido para querer que yo te envenene. Ernesto casi me mata. Desde que entré en esta casa quieren que te dé un polvo blanco adu

