Habían transcurrido dos semanas desde que Doris y Ernesto habían huido de la policía. Se la habían pasado viviendo de hotel en hotel, de esos baratos, de esos donde no hacían preguntas, pero Doris ya estaba harta de cargar con el bulto que para ella era Ernesto, ya que ni para satisfacer sus necesidades sexuales le servía, así que un día… —Maldita Doris, se supone que éramos un equipo. ¿Cómo te pudiste largar con el dinero que conseguimos al vender mi casa? Eres una maldita zorra. Lo siguiente que oyó fueron las sirenas de la policía y cómo un contingente policial tumbaba la puerta del hotel, siendo apresado de inmediato y metido a una patrulla. Ni siquiera intentó forcejear. Sabía que estaba perdido. Su suerte estaba echada; terminaría sus días en prisión. Sin embargo, lo que no sabía

