Alejandro se sentía renovado. Sentía que la fe crecía. Todo estaba cuadrando y tomando su rumbo. Era solo cuestión de días para deshacerse de esa mujer y para que Vera supiera que todo lo había hecho por ellos. Sería libre para gritar su amor a los cuatro vientos. «Cuando venga, le diré la verdad. Sí, eso haré. Ya estoy harto de que ella no sepa todo lo que hago para que podamos estar juntos. Tuve que besarla. Por Dios, sentí tanto asco de tocar por un segundo esa boca. Quién sabe a cuántos tipejos habrá tocado antes de estar conmigo y también cuando ha estado a mi lado. Tantas razones tenían mis padres. No siquiera pude ver morir a mi abuelo por alejarme de todos cuando lo único que querían era mi bienestar y protegerme de esa arpía». Por otro lado, Vera estaba decidida a tomar al toro

