LA HISTORIA DE ALEJANDRO
Cuando Alejandro conoció a Emperatriz, este solo era un muchachito joven y sin experiencia, varios años menor que ella. Aquel muchachito quedó prendido de los enormes ojos de Emperatriz, de ese cuerpo de infarto que ella no disgustaba en mostrar con esas licras y blusas escotadas, pero Emperatriz no notó nunca al pobre muchacho que vivía y soñaba pensando solo en ella. Para ella era un pasatiempo oírlo con alguna galantería propia de su edad. Solo jugaba. Era un niño, solo eso. Alejandro estaba tan enamorado que durante dos años anduvo detrás de ella, incluso buscó información que le ayudara a conquistarla, porque para ese muchachito ella era el amor de su vida, la mujer perfecta para él, y a su lado estaría dispuesto a descubrir las formas del amor y la piel, pero llegó un momento que parecía un sueño. Emperatriz, su querida y hermosa Emperatriz, lo había aceptado. Desde ahí empezó un sinfín de encuentros, uno más apasionado que el otro. La primera vez fue raro para él. Desde que la conoció se propuso que ella sería la primera de la cual bebiera las mieles del sexo y la pasión. No importaba el tiempo que costase o los sacrificios que hiciera. No necesitó nunca de alguna revista para sentir un desahogo en su cuerpo, ya que, con tan solo imaginarla, hermosa y mirándolo solo a él, era suficiente. Desde la primera vez ella le enseñó a no temerle a su cuerpo, a explorar por donde quisiera y como quisiera. Le enseñó que el sexo en cualquier lugar era bueno, y para unos recién casados lo era aún más. Era muy expresiva. Gemía como gata en celo y no se daba cuenta de su alrededor, mientras que Alejandro la sujetaba fuerte del cabello y la agarraba, pegándola en la piscina. Le daba unas embestidas como de toro suelto en plaza, cada vez más fuerte. No se pudieron controlar hasta que tuvieron que salir corriendo cuando oyeron los pitillos del policía.
—¿Qué hacen, enfermos? —bramó.
Correr fue su única salida, y con la poca ropa que tenían, antes de que les pusieran alguna multa, pero estaban tan calientes, tan llenos de esa lujuria que el deseo les proporcionaba, que vieron unos arbustos y continuaron. Aun Emperatriz no se sentía del todo satisfecha, ella era una mujer insaciable y se lo hacía ver cada vez que estaban juntos y esa no era la excepción, digamos que había sido interrumpida en la cúspide de su deseo, cuando empezaba a ver estrellas de tanto que le provocaba su flamante esposo. No aguantó, así que se recostó sobre el pasto y le dijo de manera tan sensual, como animal en celo, acercándose de cuclillas a su esposo:
—¿Prefieres así, mi amor? Tú sabes cómo me gusta. No tengas contemplaciones de esta lujuriosa esposa tuya. Vamos, no tengas miedo. Mira, todito esto para ti, mi amor. —Y empezó a acercarse más a él y restregó todo su cuerpo sobre el suyo.
Alejandro no perdió tiempo. No era un primerizo, pero recién se adaptaba al hecho de tener, a su corta edad, tan fogosa mujer para él. Tenía veintiún años y una esposa de treinta y cuatro años. Aún era como la fantasía de todo adolescente casarse con su primer amor, y eso era Emperatriz para Alejandro, su primer amor, así que no perdió el tiempo y, delicadamente, se recostó sobre el césped, pero Emperatriz tenía otros planes; le dio la espalda y levantó un poco el derrier.
—Ahora, mi amor, tú ya sabes qué hacer con todo esto.
Tenía a su esposa dispuesta a todo, con el mejor afrodisíaco. Como estaban en traje de baño, no era un impedimento. Emperatriz, con mucha sensualidad, desató el nudo de los lados y se quitó la parte baja de bikini, lanzándosela a Alejandro. Para él no era solo sexo —por más frenético que sucediera, por más que los jadeos lo invadieran hasta explotar en un sinfín de sensaciones fuera de este mundo—, sino que le hacía el amor. Hacía el amor con la mujer de su vida. Esa era una dicha. Valió la pena tantos sacrificios…
Aún recordaba que luego de salir juntos por dos años le pidió matrimonio con un hermoso anillo. Emperatriz aceptó y al poco tiempo se casaron. Como Emperatriz era una mujer de mundo, ayudó a Alejandro a administrar las fábricas de madera que tenía su familia, fábricas que heredó de su abuelo fallecido, cuyo testamento decía que heredaría cuando cumpliera los 21 años. Poco después de su matrimonio fue que pudo tomar posesión de lo que su abuelo le había dejado. Aunque muchos se lo advirtieron, a él no le pareció nada raro, ya que contadas personas sabían sobre esto, como el abogado, su mejor amigo y su fallecido abuelo, y recién se lo contó a Emperatriz luego de casarse.
—Te apoyaré en lo que tú decidas, cariño. Te apoyaré en todo este camino, que será algo complicado, y te lo digo por la experiencia que me da la vida, pero juntos y enamorados como estamos podremos con todo, y esa fortuna tuya se multiplicará, mi amor.
—Eres mi vida, cariño. No sé qué haría sin ti. No importa lo que el mundo opine, tú eres el amor de mi vida. Me lo has demostrado desde hace mucho.
—Cariño, no le hagas caso a los envidiosos, que no pueden creer que te pueda amar sinceramente. Solo hasta ahora vengo a enterarme de todo esto, pero olvídalo, no les demos explicaciones a esas almas malsanas que no pueden ver a una pareja feliz y que quiere destruirlos. Para que veas, cariño, cómo es malvada la gente. En el camino nos lanzarán piedras y palos e inventarán mil chismes acerca de nosotros, pero mientras tú me creas y sepas que siempre seré tu Emperatriz y tú mi Alejandro, diablillo adorado, el resto que se vaya al infierno.
—Y tú eres mi diablilla apasionada, mi vida, mi Emperatriz. No sabes cuánto te amo, y cada caricia tuya me hace el hombre más feliz de este mundo.
Tres años después de ese matrimonio, llegaron a creer en un posible embarazo de Emperatriz, pero luego de unos exámenes negativos, ambos decidieron hacerse los exámenes solo para estar seguros de que se podría cumplir en un futuro el sueño de Alejandro de tener une quipo de fútbol, pero después de leer los exámenes la primera en hablar fue Emperatriz.
—Cariño, no importa lo que digan los exámenes, sabes que siempre estaremos juntos con hijos o sin hijos. Seguirás siendo mi hombre, mi toro descarriado, y no te cambiaría por nadie. Me crees, ¿verdad, cariño?
Alejandro no podía negar nada. A pesar de todo, ella estaba a su lado, en las buenas y en las malas.
En los exámenes que trajo decía que era Alejandro quien no podía tener hijos. Era muy difícil que ella quedara embarazada, pues sus espermatozoides eran muy débiles. Por eso el embarazo se truncó. Esto puso tan triste a Alejandro, pero ver a Emperatriz a su lado, diciéndole que no importaba nada, que estarían juntos siempre, lo animó.
«Las cosas se arreglarán», pensó él.
—¿Podríamos adoptar si es necesario?
—Claro, cariño, una princesita o un príncipe. ¿Qué te parece?
Se había amoldado a su nueva vida. Según Alejandro, Emperatriz lo apoyaba en la fábrica y era su mano derecha, despidiendo a la larga a su mejor amigo, Carlos Romaní, quien había sido su compañero desde muy joven, pero al ver la renuencia de este hacia su esposa…
—Espero que un día no te arrepientas, hermano, y no lo digo por perder mi empleo, lo digo porque esa mujer te tiene ciego y no te das cuenta de nada a tu alrededor, y el día que eso pase no te guardaré rencor. Podrás contar conmigo.
Cuando Carlos se fue, Emperatriz fue a darle un trago a su esposo aun viendo cómo Carlos azotaba la puerta.
—Cariño, no te preocupes, no te hacía bien esa clase de amistad.
—¿Tú crees?
—Claro, mi vida. ¿No ves cómo me mira? Soy la mujer de su mejor amigo, debería respetarme. Es lo mejor. A la larga es lo mejor.
Acto seguido, Emperatriz se sentó sobre su marido, quien bebía un trago sentado en el mueble de cuero de su oficina.
—Ahora mi marido complacerá a su mujercita y la hará ver estrellas aquí mismo. —Luego le arrancó de un tirón los botones a su Alejandro y lo besó con desenfreno. Empezó a lamer su rostro con malicia, con deseo, saboreando cada parte de su cuerpo y su torso. Mordisqueó los pezones de Alejandro y lo miró con perversidad. Entretanto, él cerró los ojos y abrió los brazos a los lados del sillón, disfrutando lo que su esposa era capaz de causar en él.
El día del accidente fue muy extraño para algunos, aunque no para Alejandro. Habían decidido salir de la ciudad para despejarse de todo cuando en el camino de regreso él se sintió algo extraño, como ido, hasta se sintió algo mareado. No pudo mantener la vista en la pista, así que el auto se desabarrancó. Emperatriz resultó casi ilesa, pero Alejandro no, ya que no traía puesto el cinturón de seguridad, algo extraño para todos con lo cuidadoso que siempre fue él, por el hecho de que su abuelo murió producto de un accidente de auto al poco tiempo de él cumplir los dieciocho años. Alejandro estuvo en coma por semanas hasta que despertó y se enteró de que no podía caminar, pero era reversible con terapias. Le costó aceptarlo, pero estaba Emperatriz a su lado. No podía esperar más de la mujer de su vida, que lo acompañaba en las buenas y en las malas.