Vera, con mucho miedo, se acercó a su marido, que estaba desnudo, se sentó al pie de la cama y obedeció lo que le decía él, tratando de soltarle el cinturón. Cuando lo logró, este la tomó del cabello, la jaloneó e hizo que se arrodillara a sus pies. Acto seguido, sin dejarla reaccionar, acercó su rostro a su entrepierna e hizo que Vera metiera la boca ahí, donde jamás había imaginado alguna vez meterse, ahí donde ni de morbo había alguna vez pensado. Sus movimientos fueron torpes para meter su boca a tal punto que no la dejó respirar. Por instinto, pues se quedaba sin aire, continuó. Entretanto, Augusto disfrutaba y jadeaba como un animal hasta que Vera, por su inexperiencia, lo mordió ligeramente. Él, iracundo, lleno de ira, puesto que aquello significaba una ofensa e insulto, la abofeteó y la agarró del cabello con tanta fuerza que Vera pensó que en el cualquier momento se lo arrancaría desde la raíz.
—Maldita perra, eso no se hace.
Vera quedó horrorizada. Quiso vestirse e irse, pero él la sujetó del hombro y la apoyó contra la pared.
—Ni se te ocurra irte, porque ya eres mi esposa. Desde que firmaste ese papel pasaste a ser de mi propiedad, y harás lo que yo te diga y como yo te lo diga así tenga que enseñarte a golpes. ¿Qué creías? ¿Que sería risitas y miraditas? Entiende de una vez: ahora lo que tú digas o pienses no importa. Solo que yo te digo que eres mía, ¡Si yo digo que saltas, pues saltas! ¡ Si yo digo que beses mis pies pues los besas! Si yo digo que quiero que ladres, pues ladras como la perra que eres.
Luego de eso, la levantó y la giró, quedando de espaldas, contra la pared, sin saber cómo reaccionar a lo que sus instintos le decían, hasta que sintió el dolor de su vida. Le destrozaban el cuerpo. Sin ningún tipo de cuidado y con la toda la bestialidad del mundo habido y por haber, se introdujo en ella sin ningún tipo de paciencia, más con el fervor de la ira y rabia al darse cuenta de que tendría mucho que enseñarle.
Vera lloró y gritó tan fuerte como pudo. Por esto, él empezó a morderla sin ningún tipo de remordimientos o miramientos, para el Vera no era un ser humano, solo un pedazo de carne creada para satisfacer sus necesidades, las lágrimas o súplicas sumado a sus gritos de auxilio y terror no importaban.
—No grites, que nadie te oirá. En este hotelucho de cuarta están acostumbrados a los gritos de perras como tú, que no saben complacer a su marido y que a la fuerza tienen que aprender. Sigue quejándote y verás que esto no es nada con lo que te enseñaré, te guste o no te guste, eres mi mujer, me perteneces hasta tus pensamientos más profundos, son míos.
Siguió introduciéndose en ella cada vez más fuerte, sin importar las lágrimas silenciosas de Vera. Le mordisqueó primero el cuello, bajó por la espalda y después la giró.
—Tírate sobre la cama y abre esas piernas.
Vera estaba dolorida y casi no podía moverse debido al dolor, pero con el temor de que el castigo podía ser peor avanzó. Aun llorando, sin emitir sonido, solo derramando lágrimas, se sentó con todo el dolor de mundo y se recostó sobre la cama mientras intentaba cubrir con las manos su desnudez. Ahora Augusto, ya totalmente desnudo y sin un ápice de remordimiento, de consciencia por su violento acto por lo que le acaba de hacer a la pobre Vera, la observó.
—Encima que no sabes complacer a tu marido y te andas quejando y lloriqueando, mira cómo estás. Pareces un bosque ahí. ¿Acaso no te enseñó tu madre? Eres una vieja asquerosa. Debí imaginármelo y ser más claro antes de hacer el trato.
Vera no podía pensar bien gracias al dolor, así que pasó por alto ese comentario. Su mente seguía sin entender por qué tanta saña con ella. ¿Acaso así sería su vida de ahora en adelante, bajo el yugo de un hombre sin alma, de un despiadado hombre que ahora era su esposo? Todo esto deambulaba por mente, hasta que Augusto la levantó de golpe. Incluso con las quejas de dolor, la jaloneó hasta el pequeño baño en la habitación.
—Ahora, ahí hay unas cosas, y haz algo con esa asquerosidad que tienes entre las piernas. Dan náuseas de solo verte.
Ella, entre llanto y llanto, encerrada en el baño, sentía que su alma se desquebrajaba por dentro mientras terminaba de sacar ese «problema», como le decía su marido. Su falta de experiencia le provocó algunos cortes. Tuvo que salir de ahí a los pocos minutos producto de los gritos y golpes que Augusto le daba a la puerta. Cuando Vera salió de ahí, la volvió a sujetar del brazo y la lanzó sobre la cama. Era evidente por el estado de su m*****o que estaba listo para terminar lo que había empezado.
Y ella solo obedeció con la misma voz rondando en su cabeza.
«Es tu deber. Es tu deber, no llores Vera, cálmate, solo obedece como decía mamá».
Acto seguido, Augusto, sin ningún preámbulo, sin un beso, una caricia o alguna palabra que la pudiera hacer sentir mejor, tocó su cuerpo desnudo y cayó sobre Vera. Augusto era mucho más pesado que ella, quizá unos treinta kilos. Se introdujo en ella, provocando que Vera se cubriera la boca para que el castigo no fuera mayor. El dolor que sentía era inmenso. Le quitaban la poca dignidad que le quedaba. Cada embestida incrementaba todo el dolor que su cuerpo sentía. Cada embestida la hacía recordar cómo minutos antes le quitó su ansiada virginidad. Ninguna parte de Vera quedó intacta esa noche, hasta que Augusto por fin cayó rendido.
Una miedosa Vera solo veía el techo.
«Esta es la vida que yo elegí finalmente. Yo elegí vivir en el infierno, y ya nada puedo hacer, porque es mi vida de ahora, es tal vez lo que me merezco por no hacer nada aquella vez que pude salvarla, es mi condena por no rescatarte Carolina».
Hasta que las palabras de su flamante esposo la volviesen a destrozar.
—Eso fue increíble. No es que seas la primera virgen que tengo, pero de eso, mmm, ya su tiempo. Hace tanto que no las probaba. Y no te preocupes, Vera, que no quedarás embarazada, porque me sometí a un tratamiento y no quiero tener bastardos por ahí regados, así que tu tranquila. Además, todo tiene solución. Si un día quedas embarazada, nos deshacemos de él y punto. Imagina una boca más que alimentar, y si sale mujer, qué horror andar cuidándola que salga puta o algo así, tu padre tuvo suerte conmigo.
Vera se sentía humillada, burlada. Si le hubieran dicho que su marido no quería tener hijos, no sabía si se hubiera casado. Agarró su vientre. No le importaban los golpes, el peso de que no tendría hijos.
«Eres una estúpida, tonta, bruta y lo que le sigue. ¿Por qué no preguntaste? ¿Por qué no cuestionaste? Jamás serás madre porque el divorcio no existe para ti. Eres una tonta, Vera. No sirvo para nada. Como decía mi mamá cuando me tropezaba, eres una tonta. Ahora aguántate, porque es tu vida de ahora».
Se bañó y trató de dormir junto a su flamante marido, pero no pudo lograrlo.
Al día siguiente, partieron a la ciudad, su dolor era tan grande, tan profundo que le desgarraba el alma a cada paso, cada uno de ellos la seguía guiando hacia su condena, ella aceptó y ya no podía hacer nada al respecto.
Con el pasar de los años se adaptó a su nuevo estilo de vida, donde su punto de vista, sus pensamientos o manifestar qué era lo que quería no existían. Si algo no le gustaba, no existía, y le tenía que gustar sí o sí porque a su marido le gustaba. Su voz solo existía para decir «Sí, cariño», «Como tú digas, mi amor», «Tienes razón», «Ya aprendí mi lección», «Yo me merezco el castigo. Lo entiendo, yo tengo la culpa»…
No obstante, hoy, sin proponérselo, Augusto le había abierto las puertas hacia otro mundo, hacia otra realidad. Se había convencido de que la tenía dominada, de que nada ni nadie la alejaría de su lado, de que nada ni nadie podría contra el poder que él tenía sobre ella.
Hoy era la oportunidad de Vera de empezar a abrir los ojos y darse cuenta de que aún tenía esas alas para volar, era como sin saberlo, la luz entraría por aquel túnel lleno de oscuridad y terror que había vivido en los últimos diez años de su vida.
Muy dentro de Vera sabía que eso estaba mal, que ningún hombre debía tratar así a una mujer, ni siquiera a un ser humano o algún ser vivo, pero, como su madre le había enseñado, la palabra de un hombre es ley. Una mujer no tiene derecho a quejarte. Aguantando las lágrimas, Vera por primera vez maldijo haber nacido mujer, porque al parecer nacer mujer era la peor desgracia que le podía pasar a una persona, lo vio con Carolina y ahora lo veía con su marido.