PARTE 05

1246 Palabras
Cuando Vera se casó un mes después de la visita de Augusto, hubo varias salidas supervisadas por sus padres. Tenía la mente en blanco, y su Augusto la moldeó a su gusto y beneficio. Ella aprendió que la vida era así. Sin importar lo que tú quieres, solo obedeces, y lo hacía con su padre, su madre y ahora con su esposo. Este era un triste patrón que giraba en torno a su vida, donde ella no era más que un objeto en los planes de sus padres. —Me gusta que uses esas faldas, se ve una señorita decente. —Me gusta cuando las mujeres se recogen los cabellos. —Eres callada y eso es perfecto, además que eso habla muy bien de una mujer. —Te traje este collar para que todos vean que eres mi prometida. —¿Por qué hablabas con ese tipo? Eres mi novia, no deberías hablar con ningún hombre que no sea tu padre, tus hermanos o yo. —No me gusta que uses colores tan vivos, prefiero unos más oscuros, más señoriales, de acuerdo a tu nueva posición como mi futura esposa. —Hija, es tu futuro marido,o solo lo hace por cuidarte. —Él sabe que es lo mejor para ustedes, no te atrevas a contradecirlo. —Tienen razón, no deberías hablar con ese sujeto, que va a decir la gente que seguro andabas de coscolina como Carolina, que debe estar ardiendo en las llamas del infierno. Aquella tarde La noche de bodas Vera estaba muy nerviosa, ya que era su primera experiencia s****l, no solo física, sino que jamás había estado a solas con un hombre y, por ende, su primer beso fue en el registro civil, donde se casó con un sencillo vestido con muchos botones, de mangas y cuello alto, sin una gota de maquillaje y el cabello de lado, pero saber que sería esta noche su noche de bodas la puso aún más nerviosa. Trató de imaginar si su marido sería o no amable con ella. No obstante, él dejó la sonrisa amable con Vera y se mostró tal cual era, aquel lado que era muy conocido por los padres de ella, pero por obtener un beneficio les importó muy poco si entregaban a su hija a un animal como era Augusto. Desde el principio, cuando salieron del registro rumbo a la ciudad, Vera debió haber sospechado algo. No hubo recepción, solo unas sobrias felicitaciones. En ese mes su madre la había llenado de ideas de cómo debía ser un matrimonio, aunque ella ya tenía un claro ejemplo de sus padres. Lo que su madre le resumía era lo que la convenció de que eso era normal. —Mira, hija, si tu marido un día busca mujeres en la calle o ves cosas así, no te espantes, es normal. —¿Es normal? ¿Entonces por qué se casa con una si va a buscar otras mujeres? —Porque así son ellos. Al final les gustan esas mujerzuelas que andan en la calle como tu amiga Carolina, que terminó matándose de la vergüenza. Seguro perdió su virtud, y por eso la culpa la carcomió. En cambio, tú saldrás bien casada de la casa. Verá era no quería pensar en Carolina, pues la hacía sentir culpable, pero este matrimonio, creía ella, era la manera de escapar, de dejar deseos, recuerdos amargos y ese miedo a que le sucediera lo mismo a ella atrás. —Y tienes que tener tu casa un espejo. Solo mírate y siente vergüenza de ti misma. A un hombre le gustan, las mujeres pulcras y bien portadas, y odian a las escandalosas y quejonas. Si no quieres que tu marido te dé algún castigo, tienes que hacer todo lo que él te diga. Recuerda lo que siempre te he dicho acerca del matrimonio: «La palabra del marido es ley; la nuestra no es nada». Con ese pensamiento, Vera empezaría el principio de una vida llena de humillaciones, donde, por su condición de mujer, pasó a ser alguien inferior. De ser más que una esposa, pasó a ser una esclava de su marido, donde la palabra de él era ley, donde no podía expresarse libremente sin que fuera reprimida. Y con golpes o insultos comenzó su noche de bodas, la primera noche donde su terror empezaba Desde que salieron rumbo a la mentada luna de miel. —Pensé que iríamos al otro pueblito a pasar unos días. —Con la cabeza gacha y algo de temor, se atrevió a decir. —Pues pensaste mal. Ya agarra esta maleta, que me duele la espalda. Vera cargaba la maleta más pesada y su marido solo un saco y una bolsa. Ella abrió la puerta, ya que él se quedó atendiendo una llamada en el móvil, y entró. La verdad era que la habitación estaba muy alejada de aquellas que había oído de alguna compañera acerca de la de la noche de bodas, de esas en sitios lujosos, con sábanas blancas, hasta champán, pero ahora estaba frente a una simple cama de dos plazas, con un baño cerca de ella y ninguna ventana. Sin embargo, Vera se repetía una y otra vez «Tranquila, ahora es tu esposo, ya habrá tiempos mejores. Tal vez no había para otra cosa». En cuanto ella entró, siguió su marido. —Ahora quítate ese espantoso vestido y desnúdate frente a mí —fue lo primero que dijo—. Total, ya soy tu esposo, y es lo que una buena esposa hace aún con el miedo apoderándose de ella. Aun con miedo por lo crudo y seco de esas palabras, Vera lo hizo con toda la vergüenza del mundo, puesto que no se desnudaba ni cuando iba al río a bañarse. Ni ella conocía su cuerpo desnudo, pero lo hizo siempre con una voz en su cabecita. «Vamos, Vera, es tu esposo. Como te dijo tu mamá, obedecer es un deber de esposa». —¿Acaso no me oíste? ¿O eres sorda? —Luego, con brusquedad, la lanzó contra la cama—. Que lo hagas ya te he dicho, parece que eres sorda o te haces, lo cual dudo, porque significaría que debes ir aprendiendo. Vera tuvo que levantarse y sacarse el vestido botón por botón. Toda ella temblaba con cada movimiento de sus dedos. Cada segundo era como una tortura. Verá no pudo evitarlo y empezó a llorar. Lágrimas salieron de sus opacos ojos, y no fue hasta que recibió el primer golpe de muchos que se dio cuenta de que a su marido no le gustaba cuando una mujer lloraba. —Eres una vieja ridícula llorando, y si lloras otra vez, te aguantas. Si no quieres que desfigure tu carita con mis hermosos puños, resistes. Ahora quítame los zapatos y el pantalón, y no se te ocurra quejarte a cualquier cosa que yo te diga. Espero que te hayan enseñado bien lo que es ser una buena esposa. Muy dentro de Vera sabía que eso estaba mal, que ningún hombre debía tratar así a una mujer, ni siquiera a un ser humano o algún ser vivo, pero, como su madre le había enseñado, la palabra de un hombre es ley. Una mujer no tiene derecho a quejarte. Aguantando las lágrimas, Vera por primera vez maldijo haber nacido mujer, porque al parecer nacer mujer era la peor desgracia que le podía pasar a una persona, lo vio con Carolina y ahora lo veía con su marido.
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