Vera no volvió a ser la misma. Rara vez salía de casa. Aunque habían pasado seis meses desde que terminó la carrera de Enfermería, solo practicaba cuando había algún herido o alguien enfermo cerca a su casa. Además, después de lo que le pasó a la finadita Carolina sus padres la regañaron fuertemente por su amistad con ella, por la cantidad de chismes que se tejieron a partir de su muerte. Según estos, se suicidó porque estaba embarazada. Como no sabía quién era el padre, decidió matarse. O que alguien la amenazaba y decidió escapar muriendo. Aunque eran muchas las teorías, ninguna estaba cerca de la verdad, solo en la mente de Vera, que sabía la verdadera razón por la que su mejor amiga, aquella a la que le falló sin saber, se suicidó. Le dolía en el ama y le remordía la consciencia saber la verdad del porqué Carolina llegó a tomar la decisión que tomó al quitarse la vida.
Fue a ayudar a una primeriza a dar a luz, aunque su experiencia en ese campo no era mucha, agregándole que la primera vez había sido traumática. Aun así, quiso ayudar. Cuando regresó a su casa, vio un auto viejito fuera de esta. Le pareció algo extraño, mucho más cómo la recibieron.
—Mi princesa está en casa, viejo ven, nuestra querida hija ha llegado.
Eso era realmente extraño de asimilar, ya que, por lo general, era un «Ya llegaste, tarada» o un «Ya está aquí la inepta de mi hija. No sirves para nada». No había nada habitual en ese saludo.
Saludó con un ademán de cabeza, es simplemente no lo podía creer aún.
—Padre, buenas tardes. Madre, buenas tardes.
—Hija, mi vida, ven, que te presento a Don Augusto, un viejo amigo de tu padre y mío.
Vera vio delante de ella un hombre alto pero robusto, de cabello muy corto y ojos grandes, tez ni oscura ni tan clara. Le sonreía y le miraba los pechos por el escote. Esa mirada la impactó, así como también esa sonrisa fría, que escondía mucho. Era una sensación de la que estaban estudiando de manera descarada y no se sentía bonito, era como si un frio la atravesara hasta la espina dorsal.
—Buenas tardes, señorita. Sus padres me han hablado muy bien de usted. —Besó el dorso de su mano y la contempló no como a una hermosa joya, solo como un lobo a su presa.
Vera no salía del asombro. «¿Qué hace este hombre aquí? ¿Qué intenciones tendrá?», pensó ella.
—Augusto, mi hija es un ramillete de virtudes, lo más preciado en ellas. No encontrarás prácticamente ninguna muchacha soltera en este pueblucho de quinta —afirmó con un deje de asco—. Mi Vera es toda una enfermera, mi hermosa hija. —Su padre la llenaba de flores entre halagos exagerados. Aun así, Vera sabía la verdadera personalidad que tenía él, podría engañar a aquel hombre, pero a ella no.
Su madre intervino sirviéndole un trago a don Augusto, y este le preguntó:
—¿Bebes, Vera?
Vera odiaba el licor y le daba un asco profundo, pues le traía recuerdos algo amargos de sus padres y de aquella noche que aun la atormentaban formándose en pesadillas por las noches.
—No, gracias. Además, nunca he probado una gota de ese tipo de bebidas.
—Te dije, Augusto, que mi hija será la esposa perfecta. ¿Verdad, vieja? —se dirigió a su marido.
—Claro que sí. Mira, Vera…
Augusto lo interrumpió.
—Mira, Vera, voy a dejarme de rodeos. El motivo de mi visita es que estoy buscando establecerme. No soy ningún jovencito, tengo cuarenta años y no tengo hijos. Estoy buscando una buena muchacha, así como tú, y tener una casita muy lejos de aquí, y estoy viendo que eres la muchacha perfecta para mí. ¿Qué te parece si nos casamos en un mes?
Lo dijo así sin más rodeos, sin imaginar que era como si alguien le lanzara una bomba en medio del pecho, ¿Casarse?
—Así es, hija. Mira, el señor Augusto ha venido al pueblo porque quiere una buena mujer para casarse y le dije que yo tenía a la mejor hija de todas, hogareña, obediente, buena con los quehaceres de casa y, además, con profesión, algo que no encontrará en el pueblo o las ciudades vecinas —comentó su padre mientras bebía de su trago, al igual que Augusto.
Vera no sabía cómo reaccionar. ¿Ella casarse? Era algo que no quería. Tenía miedo, así que salió corriendo. Sus padres se sorprendieron y se llenaron de vergüenza. Se escucharon gritos cuando salió de la casa. Fue hasta el árbol más cercano y empezó a vomitar lo poco que había comido ese día, sentía asco ante la idea, hasta que su madre se acercó.
—Mira, niña estúpida, harás lo que dice don Augusto, como se te ocurre salir así despavorida, como si te hubiera sentenciado a muerte.
—¿Cómo quieres que me case, madre, si ni siquiera lo conozco? No he cruzado más de cinco palabras con él. ¿Unir mi vida a un desconocido?
—Te voy a ser sincera, Vera —le dijo su madre, quien se había dado cuenta de que por las malas no lograría nada, así que entró en papel de víctima—, las cosas no están bien. A tu padre lo despidieron de la fábrica. Además, estamos hasta el cuello de deudas. No sé dónde iremos a parar a este paso. Te aseguro que don Augusto es un buen hombre. Se hará cargo de ti y, además, nos apoyará. ¿Tú quieres que tus hermanos tengan que comer o no? ¿Tú quieres que sigan yendo a la escuela y sean profesionales como tú o no? Además, siempre te has sacrificado por ellos y para ellos. Eres su ejemplo y te respetan mucho, más que a nosotros, tengo que admitirlo. A don Augusto le gustas, ¿no te diste cuenta?
—¿Tú crees, madre?
Su madre se aprovechaba de la nula experiencia de Vera para envolverla de tal manera que aceptara un matrimonio sin un ápice de amor. Sin embargo, ella sabía a la perfección qué tipo de hombre era Augusto, pero con tal de salir de las deudas y tener dinero para solventar sus vicios y borracheras no le importaba vender a su propia hija y así lograr sus macabros fines.
—Claro, hija, hazle caso a tu madre. ¿Qué dices?
Vera tenía una guerra interna entre esa consciencia que quería salir a flote y rescatarla y ese sentido de responsabilidad tan grande que le habían inculcado desde que recordaba.
«No quiero seguir en este pueblo y que un día me pase lo de a Carolina. Solo yo sé lo que pasó. Prefiero irme lejos y tener mi casita. Será con don Augusto, pues no tengo otra opción. Además, también ayudaré a mis padres y hermanos», pensó.
—Está bien, madre, acepto casarme con don Augusto.
En vez de alegría, algo en ella provocaba un sentimiento de resignación.
—Esa es mi hija. Sabía que no nos decepcionarías. Ahora vamos a darle la buena noticia y hablar de la boda.
Vera clavaba su propia tumba sin siquiera saber qué significaba ese «acepto» para su vida.