Capítulo 11

2108 Palabras
Desperté con un cosquilleo leve en la piel. Al principio no entendí qué era. Luego lo sentí con más claridad. Sus dedos. Deslizándose lentos, suaves, por la curva de mi cintura, como si estuviera memorizando cada centímetro. Y su respiración… tan cerca de mi oído, cálida, rítmica. Sentía sus labios apenas rozar mi piel cuando exhalaba. Chase. No abrí los ojos de inmediato. Mi corazón empezó a latir más fuerte. No por miedo, sino por ese vértigo dulce que da el deseo cuando sabe que ya no puede esconderse. —Chase—murmuré. No hubo respuesta. Solo el calor de su cuerpo contra el mío. Su brazo me apretó un poco más, como si necesitara sentirme real. Como si temiera que, si me soltaba, se desmoronaría por completo. Sus labios bajaron, rozando mi cuello. Pero no me habló. No dijo nada. Y eso hizo que me preocupara. —Chase —susurré—. Háblame, por favor. Él respiró hondo. Su aliento me acarició la piel, pero su silencio se sentía pesado. Vivo. Doloroso. —¿Estás bien? Sus dedos se aferraron más a mi cintura. Me rodearon como si yo fuera su ancla. —No —dijo por fin, en voz baja, rasposa—. Pero contigo cerca, es un poco menos jodido. Me giré en sus brazos hasta quedar frente a él. Nuestros cuerpos quedaron aún más cerca. Apenas un suspiro cabía entre los dos. —Cuéntame, Chase. ¿Qué ocurre? Sus ojos estaban abiertos, fijos en mí, oscuros por algo más que cansancio. Pero antes de que pudiera decir más, apoyó su frente en mi clavícula. Su voz fue apenas un susurro. —Murió, nena… el paciente. Intentamos todo, pero… —Oh, Chase —Tenía familia. Una hija… de tu edad — susurró contra mi piel—. Y tuve que mirar a su esposa a los ojos y decirle que no pudimos. Mis brazos lo envolvieron por instinto. No como un gesto de compasión, sino de algo más profundo. Él no se movió. Se quedó ahí, refugiado en mi cuello. Mis dedos se deslizaron por su cabello, por su espalda, buscando sostenerlo. Contenerlo. Pero entonces… algo cambió. Un leve estremecimiento en su cuerpo. Una tensión nueva, distinta. Su mano volvió a mi cintura. Esta vez, con más firmeza. Subió, lenta, acariciando piel. Mi corazón se desbocó. Y él me atrajo más. Tan cerca, que el calor de su cuerpo me devoraba. Tan cerca… que no pude ignorarlo. La presión firme contra mi vientre. Su respiración más densa. Y esa electricidad en el aire, vibrando entre nosotros. Yo no me moví. No podía. Su nariz rozó mi cuello y luego, un beso. Pequeño. Letal. Mi cuerpo se tensó. Su mano descendió, segura, lenta. Sus labios sembraban besos suaves, casi reverentes, en mi cuello. Uno, dos, tres. Su mano bajó a mis caderas… y me empujó más contra él. Y ahí lo sentí. Toda su necesidad. Toda la suya. —Dime que pare —murmuró contra mi clavícula, su voz ronca, quebrada—. Solo dime que me detenga, nena… y lo haré. Negué con la cabeza, apenas un gesto tembloroso, pero claro, él lo sintió. Su aliento se cortó por un segundo. Y entonces, me besó. Un beso hambriento, directo en mi cuello. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, como si su boca encendiera cada nervio que tenía. Su mano en mi cintura me sostuvo más fuerte, me ancló contra él. Y comenzó a moverse. Lento, torturante, contra mí. Su cadera rozaba la mía en un vaivén que me arrancó el aire. Gimió. Un sonido bajo, gutural, junto a mi oído. Uno que me rompió en mil pedazos. Un suspiro escapó de mis labios, involuntario. Mis manos lo aferraron con más fuerza. Una parte de mí temblaba. La otra… ardía. —Chase —murmuré, sin saber si era un ruego o una súplica. Él levantó el rostro. Sus ojos estaban dilatados, oscuros, desesperados. —Dime si está bien, nena —susurró—. Dime que estás conmigo en esto… porque si no paras, yo ya no puedo. Mi respiración era inestable. El corazón latía desbocado. Yo volví a negar con la cabeza. No quería que se detuviera. No podía. Y Chase… lo entendió. Su cuerpo chocó contra el mío con una urgencia que ya no podía contener. Me besó con hambre. Con esa intensidad que me hizo perder el aliento y el juicio. Sus labios capturaron los míos en un beso profundo, abrasador, que me hizo olvidar dónde estábamos. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, como si su boca encendiera cada nervio que tenía. Sin dejar de besarme, se subió sobre mí, cubriéndome, envolviéndome. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: lo rodeé con las piernas, buscándolo, aferrándome. Y entonces lo sentí. Su erección golpeó directo entre mis piernas, arrancándome un gemido ahogado. —Mierda —susurró contra mi boca, como si también se estuviera conteniendo. Me arqueé debajo de él, como si mi cuerpo lo reconociera. Sus manos se deslizaron bajo mi camiseta. Cada caricia era un incendio. No existía el mundo. Solo él. Solo nosotros. Su cadera comenzó a moverse. El roce fue tan preciso, tan íntimo, que tuve que cerrar los ojos y morderme el labio para no decir su nombre en voz alta. —Annie—jadeó—. Estás segura, ¿verdad? Porque si seguimos… no voy a detenerme. Apoyó la frente contra la mía. Respirábamos al mismo ritmo. Mi garganta no emitía palabra, así que asentí. Y aún así… —Necesito oírlo, cariño —dijo, moviendo otra vez sus caderas, arrancándome un jadeo que me hizo ruborizar hasta el alma—. Dímelo. Tragué saliva. Mi cuerpo ya lo había dicho todo, pero él quería las palabras. Y se las di. —No te detengas —susurré, apenas audible—. Estoy contigo en esto, Chase, quiero esto. Quiero a ti. Sus ojos se cerraron un segundo, como si esas palabras fueran un ancla. Y entonces volvió a besarme. Su lengua invadió mi boca con un hambre que me sacó el aliento. Su cuerpo se movía contra el mío con una urgencia perfecta, entre caricias y presión exacta. Sus manos me desnudaron con lentitud cruel. Subió mi camiseta con dedos que quemaban. Su boca descendió por mi cuello, por mis clavículas, dejándome en carne viva. —Eres preciosa… —murmuró contra mi piel—. Maldita sea, Annie… te juro que nunca quise algo tanto como a ti. Mi pecho subía y bajaba agitado. Mi cuerpo entero vibraba. Me ayudó a quitarle la camiseta y la tiró al suelo como si el resto del mundo no importara. Lo miré. Su piel, su pecho firme. Esa expresión en su rostro, como si estuviera a punto de romperse por completo si no me tenía. Me acarició los muslos, subiendo despacio, con las palmas abiertas, como si me adorara. Cuando llegó al borde de mi ropa interior, me miró. —¿Puedo? Asentí. No tenía voz. Su mano descendió. Y su boca volvió a besarme, al mismo ritmo de sus caricias. Mi espalda se arqueó, mis dedos se aferraron a sus hombros. Y cuando me tocó del todo, gemí. No pude evitarlo. Él lo sintió. Lo supo. Y bajó aún más. Entre besos, entre jadeos. Me hizo suya con la boca antes de serlo con el cuerpo. Yo no pensaba. No podía. Solo sentía. Su boca en mi piel. Su aliento en mi vientre. Su lengua en mi centro. Grité su nombre. Y no me importó nada. Subió de nuevo, besándome cada centímetro del cuerpo. Y entonces me tomó. Entró en mí con una mezcla perfecta de fuerza y devoción, haciéndome arquear la espalda y soltar un gemido que solo él pudo escuchar. —Mierda, Annie —jadeó contra mi cuello—. Te sientes tan… bien. Su voz se rompía. Como si la sensación lo estuviera superando. Como si estar dentro de mí no fuera solo físico, sino emocional. Su cuerpo temblaba apenas, y el mío ardía. Cada vez que se movía, una ola de placer me atravesaba el vientre. Su respiración en mi cuello era irregular, caliente. Me llenaba. Me reclamaba. Me hacía suya. Yo me aferré a él con las piernas, más fuerte. No quería espacio. No quería pausa. Solo quería seguir sintiendo cada embestida suya como una promesa nueva. Mis uñas se deslizaron por su espalda húmeda, marcando el momento. Su ritmo se volvió más errático, más hambriento. —No sé si pueda… parar — murmuró,apretando los dientes, los labios aún en mi piel—. Me vuelves maldito loco, Annie… Lo besé. Desesperada. Abierta. Entregada. Su cuerpo me cubrió por completo mientras embestía una y otra vez. Cada movimiento nos llevaba más cerca del borde. Cada susurro entrecortado, cada gemido en mi oído, me hacía olvidarlo todo. Y entonces, el calor explotó entre nosotros. Fue crudo, hermoso, devastador. Su cuerpo tembló dentro del mío. El mío colapsó contra él. —Joder —susurró, pegado a mi oído, con la voz rota, temblando. Nos quedamos así. Aferrados. Respirando como si hubiéramos escapado de una tormenta. Yo tenía la cara enterrada en su cuello. Él no dejó de acariciarme la espalda. Sus labios tocaron mi frente con una ternura que me quebró por dentro. —Gracias por no soltarme —murmuró, aún sin aliento. El silencio después fue sagrado. No por incómodo, sino porque ninguno de los dos quería romperlo. Sus cuerpos seguían entrelazados. Sus respiraciones aún desacompasadas. Yo me aferraba a él. A su piel cálida. A su pecho que subía y bajaba lentamente contra mi mejilla. —¿Estás bien? —murmuró, tan bajito que sus palabras parecieron un roce más que un sonido. Asentí, acariciando su pecho con la yema de los dedos. Él me abrazó más fuerte. Nos cubrió con la manta sin dejar de envolverme. Como si aún me necesitara pegada a él para creer que todo esto era real. —No sabía que… podía sentirse así —dije, sin pensar. Solo dejando salir lo que me quemaba dentro. Él bajó la cabeza y besó mi sien, despacio. —¿Así cómo? Tragué saliva. —Como… si el mundo se detuviera. Como si el dolor dejara de importar. Chase no respondió de inmediato. Solo me acarició el cabello, los hombros, la espalda desnuda con movimientos suaves, rítmicos. Contigo —susurró, con voz rasposa—. Contigo… todo es distinto, Annie. Cerré los ojos. Quería quedarme así. Quería que esa noche no se acabara nunca. Su mano bajó a mi cintura otra vez, pero ya no con deseo. Era ternura. Protección. Como si me dijera sin palabras “aquí estás segura”. Me acurruqué aún más, escondiendo el rostro en su cuello. Él soltó una risa muy bajita. —¿Te escondes? —Me estoy guardando este momento —le respondí, con la voz aún temblorosa. Chase me besó la frente de nuevo. Luego se acomodó debajo de mí, con ambos brazos rodeándome. Guárdalo todo, nena —murmuró contra mi cabello—. Porque te prometo que esto… es solo el comienzo. Y así, con nuestros cuerpos entrelazados, sus labios rozando los míos en caricias dormidas, me dejé llevar por el sueño. Por primera vez, sin miedo. Porque Chase estaba ahí. Y esta vez… no pensaba dejarme sola. Me dejé arrullar por el ritmo de su respiración. Por el calor de su piel. Por esa paz que no sabía que podía existir después del caos. Chase deslizó su mano por mi espalda una vez más, como si quisiera grabarse la forma de mi cuerpo. Me apreté más contra él, y solté un suspiro casi dormido. Entonces lo escuché reír bajito, con esa voz ronca que me estremecía incluso en calma. Nena… apenas son las tres de la mañana —murmuró. —¿Y? —susurré, sin abrir los ojos. Se inclinó y besó mi mejilla, suave, cálido, casi reverente. —Y necesitas dormir —añadió, su boca peligrosamente cerca de mi oído—. Porque si continúas así… no vamos a dormir. Solté una risa suave, entre sus brazos, con el cuerpo rendido pero el alma flotando. —¿Y eso sería tan terrible? —Definitivamente no —respondió él, acariciándome la cintura—. Pero me prometí darte más que solo noches sin sueño. Me acurruqué aún más, escondiendo el rostro en su cuello. Él soltó una risa muy bajita, rodeándome con ambos brazos. Chase me besó la frente de nuevo. Luego sus labios se quedaron ahí, como un escudo contra el mundo. Y así, entre caricias lentas y silencios que lo decían todo, me quedé dormida. No sola. No rota. Sino con él. Mi hogar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR