Sentí el calor primero.
Ese calor que no venía del sol, ni de las cobijas, sino de su cuerpo.
Después, sus labios.
Un beso en la frente.
Otro en la mejilla.
Uno más… justo en la comisura de mis labios.
—Annie —susurró contra mi piel—. Es hora.
No abrí los ojos. No me moví. Solo gruñí bajito y me acurruqué más contra él.
—Cinco minutos —murmuré, con voz pastosa.
—Dijiste lo mismo hace veinte —replicó, divertido, su aliento acariciándome el cuello.
Me besó ahí. En el punto exacto que sabía que me derretía.
—Eso no cuenta —repliqué, aún con los ojos cerrados—. Estaba medio dormida. No era legal.
Chase rió bajito, ese sonido grave que vibraba contra mi pecho.
—Me estás retando —susurró, y sus labios bajaron un poco más—. ¿Estás segura de que quieres jugar antes del turno matutino?
Abrí un ojo. Él estaba ahí, mirándome con esa sonrisa de medio lado, despeinado, precioso, y con el pecho desnudo aún tibio del sueño.
—No es justo que te veas así a esta hora —le dije, alargando la mano para tocar su rostro.
—¿Así cómo?
—Como pecado con café —murmuré, haciéndolo reír.
—Entonces vas a necesitar uno doble —dijo, y antes de que pudiera decir algo más, me besó.
Esta vez no fue solo un roce. Fue un beso lento, profundo, de esos que dicen “aquí estoy” sin usar una sola palabra. Mi cuerpo reaccionó, pidiendo más, olvidando por un momento que teníamos que salir.
Su mano acarició mi cintura por debajo de la camiseta y me atrajo sobre él, dejando que quedara sobre su pecho.
—Esto no es justo —susurré—. ¿Cómo se supone que funcione mi corazón con tanto? —Funciona bien. Lo escucho perfecto. Solo está… feliz.
Nos quedamos así unos segundos más. Él acariciándome el cabello. Yo escuchando los latidos de su pecho.
Y por un instante, el hospital, el pasado, las dudas… desaparecieron.
—Ahora sí, señorita “solo cinco minutos más” —dijo él, acariciando mis caderas—. A moverse, o voy a tener que cargarte hasta la ducha otra vez.
—¿Otra vez?
—¿Qué? No era un castigo —dijo, guiñándome un ojo—. Era un regalo para los dos.
Solté una risa mientras lo empujaba con la almohada. Él me atrapó antes de que escapara de la cama y me robó otro beso. —Vamos, nena. Es otro día para romperla en el hospital… y hacer que todos se pregunten cómo logré convencerte de vivir conmigo.
—Truco mental —dije, sonriendo.
—¿Y funcionó?
—Claramente.
Y con eso, la mañana comenzó. Entre risas, besos, café compartido y miradas que prometían que, sin importar lo que pasara, nos tendríamos el uno al otro
Caminaba al lado de Chase por ese pasillo interminable, con el cabello aún ligeramente húmedo y los dedos rozando los suyos como si ese mínimo contacto pudiera mantenerme en pie.
No hablábamos mucho. No hacía falta. Él apretaba suavemente mi mano de vez en cuando, como para recordarme que estaba ahí. Que seguía siendo el mismo hombre que, horas antes, había desarmado mis miedos con caricias y besos lentos. El que me susurró que todo estaría bien, y me lo demostró con hechos, no con promesas vacías.
La bata me rozaba las piernas. Mi corazón, aún un poco vulnerable, latía al ritmo de sus pasos. Como si el sonido de su caminar pudiera convencerme de que pertenecía ahí.
Las miradas llegaron antes que las palabras. Enfermeros, médicos, internos. Todos fingían no ver, pero claro que lo hacían. Sus ojos iban de nuestras manos a nuestros rostros, y volvían. Y entonces, la voz.
—Dios… ¿puedo ser yo tu paciente si tú me vas a revisar? —dijo alguien a mi izquierda. Una voz joven, masculina. Interno, seguramente. Uno nuevo. Me detuve. Instintivamente.
Antes de que pudiera voltear, la mano de Chase ya no solo rozaba la mía.
La apretó. Con fuerza. Luego me soltó… y se giró hacia el chico.
—¿Perdón? —preguntó Chase, con esa sonrisa que no era sonrisa. Esa que te avisa que alguien va a morir, pero de forma educada.
El interno, un rubio de veintipocos con la bata mal puesta, levantó las manos.
—Nada, doctor… solo era un comentario… inocente.
—¿Inocente? —repitió Chase, dando un paso hacia él, con los hombros rectos y los ojos afilados como bisturí—. ¿Así le hablas a todas las doctoras que llegan al hospital?
—No, claro que no. Solo fue un cumplido…
—Pues te recomiendo que la próxima vez te ahorres los cumplidos, novato. Esto no es una secundaria. Y ella no es una doctora más. Es parte de mi equipo. Así que… —inclinó un poco la cabeza, amenazador sin levantar la voz—. Ten más cuidado con lo que sale de tu boca.
El chico tragó saliva. Y retrocedió un paso.
Yo no dije nada. Me había quedado muda. No porque me incomodara. Sino porque una parte de mí… se sintió protegida. Válida.
Vista.
Chase volvió a tomar mi mano como si nada. Como si no acabara de marcar su territorio frente a medio hospital.
—Vamos —me dijo, mirándome de reojo con una sonrisa ladina—. No me gusta llegar tarde. Y tú necesitas demostrarle al mundo que eres mucho más que una cara bonita.
Me eché a reír en voz baja, todavía en shock.
—¿Estás celoso?
—¿Celoso? —repitió, abriendo los ojos con fingida inocencia—. Yo solo educo. Soy un gran mentor.
—Ajá
—Además, tú eres mía —murmuró tan cerca de mi oído que sentí la piel erizarse—. Y no necesito recordártelo. Pero a veces, a los demás sí.
Volvimos a caminar. Su mano volvió a la mía, como si nada. Como si el comentario del interno hubiera sido solo una nota al margen. Pero en mi cabeza no era tan simple.
Porque yo sí lo noté.
La forma en que Chase reaccionó. Sí, había sonado molesto. Pero no… ¿celoso? No exactamente.
Quizá fue solo territorial. Profesional. Un “estás en mi equipo, no jodas a mi equipo”, como cualquier jefe responsable. Y sin embargo, yo…
Yo sí me sentí celosa.
Porque justo cuando doblamos el pasillo, ahí estaba ella.
La rubia.
Uniforme perfecto, rostro perfecto, caminando como si el pasillo fuera una pasarela, sosteniendo una carpeta con una mano y saludando con la otra a todo el que se cruzaba.
Y cuando vio a Chase.
Le sonrió. Esa sonrisa. La que vi aquel primer día.
Y caminó hacia nosotros como si el aire fuera suyo.
—¡Chase! —llamó con entusiasmo. Su mirada se deslizó hacia mí por un segundo, luego volvió a él—. Justo te estaba buscando. La jefa quiere hablar contigo sobre la reprogramación de neuro.
—Ahora voy —respondió Chase, con una mueca amable.
La rubia, no me molesté en recordar su nombre, no me nacía, se giró y se alejó moviendo las caderas como si hiciera un favor al universo. Yo solté su mano.
No fue intencional. O tal vez sí. No lo sé.
Solo… lo hice.
—Annie… —dijo Chase en voz baja, notándolo de inmediato.
—Está bien —mentí, fingiendo una sonrisa—. Seguro tienes cosas que hacer.
Voy a revisar mis asignaciones.
Intenté sonar casual. Profesional.
Pero mi estómago estaba revuelto.
No por celos. No quería que fuera eso. Solo que… me recordaba mi lugar. O el que pensaba que tenía.
Chase me miró un segundo más. Como si quisiera decir algo. Pero no lo hizo. Solo asintió y se alejó.
Y yo me quedé ahí, en medio del pasillo, recordándome que no debía mezclarlo todo. Que no podía dejar que el corazón hablara más alto que la cabeza. Porque sí, me había raptado. Pero eso no significaba que yo… le perteneciera.
La puerta de la habitación 314 estaba entreabierta.
Toqué suavemente con los nudillos, aunque ya sabía que no hacía falta.
La señora Elena siempre decía que no le gustaban las sorpresas, pero que yo “podía irrumpir como tormenta si quería”. Hoy, sin embargo… necesitaba entrar despacio.
Asomé la cabeza y la vi.
Estaba sentada junto a la ventana, con una manta sobre las piernas y una taza entre las manos. Sus ojos estaban cerrados, pero su rostro tenía esa paz que pocas veces se ve en el hospital. Se parecía a mi madre. No físicamente. No del todo.
Pero había algo en la forma en que doblaba la manta, en cómo giraba la cabeza hacia la luz del sol, que me encogía el corazón.
—¿Interrumpo? —pregunté en voz baja.
Ella abrió los ojos. Y sonrió.
—Solo si no traes pan dulce.
Solté una risa pequeña y me acerqué.
—No tengo pan, pero sí noticias. Y las buenas, por una vez, no incluyen una jeringa.
—Entonces siéntate —dijo, palmeando el espacio junto a su silla—. Y dime qué hace esa carita tuya tan tensa, doctora bonita.
Me senté a su lado, exhalando el aire que no sabía que retenía.
—No es nada —mentí.
—Ajá. “Nada”. Así decimos todas cuando tenemos un nudo en el pecho que no se va ni con café. ¿Es por el muchacho guapo de mirada intensa?
Me volví hacia ella, sorprendida.
—¿Cómo sabes?
—Annie, hija. Estoy vieja, no ciega. Además, el modo en que él te mira podría encender una planta eléctrica entera.
Me reí. Y dolió un poco, porque era verdad.
—¿Y tú? —le pregunté, para desviar el tema—. ¿Cómo amaneciste?
—Mejor —respondió, dándole un sorbo a su bebida—. Pero tú no. Estás en esa etapa donde el cuerpo sigue funcionando, pero el alma pide tregua.
Me quedé en silencio.
—No siempre se puede cuidar a todos, ¿sabes? —continuó—. Pero hay alguien que sí debes cuidar antes que nadie.
—¿Quién?
Ella giró el rostro hacia mí y me tomó la mano.
—A ti, hija.
Tragué saliva. El temblor en mis dedos volvió. No tan fuerte como antes. Pero estaba ahí.
—A veces… no sé cómo —admití en voz baja.
—Entonces empieza por sentarte aquí, conmigo. Cuéntame del hospital. De lo que te hizo reír hoy. De lo que no entiendes aún. A veces, cuidarse empieza por hablar. Por compartir la carga.
Asentí. Y empecé a hablar. De lo que pude.
De lo que me dejé.
Y en ese pequeño cuarto de hospital, con una mujer que no era mi madre pero que sabía leerme con una sola mirada, entendí que los
refugios a veces tienen forma de personas