Capítulo 13

1086 Palabras
No había visto a Chase en todo el día. Después de atender a Elena, revisé mis pendientes con la cabeza baja y el corazón inquieto. El hospital estaba agitado, con pasos apresurados y rostros tensos, pero él no estaba. O al menos… no donde yo pudiera verlo. Y no debería importarme. Pero me importaba. Más de lo que estaba lista para admitir. Suspiré, apretando la carpeta contra mi pecho mientras caminaba por el pasillo principal. Afuera, el cielo se había vuelto gris plomo. Pesado. Una tormenta estaba cayendo con furia: truenos violentos, relámpagos que cortaban el cielo como cuchillas, y la lluvia golpeando las ventanas como si quisiera entrar. Y entonces… ¡BIP, BIP, BIP! Mi buscapersonas chilló. Me detuve. Lo miré. PISO PEDIÁTRICO — URGENCIA INMEDIATA. —¿Qué demonios? —murmuré. El pasillo a mi alrededor seguía, indiferente. Y luego lo escuché. Un estruendo seco, fuerte, seguido por un crack lejano. Como si algo… se hubiera partido. —¡Evacúen ala este! —gritó alguien al fondo—. ¡RIESGO DE COLAPSO! Y corrí. Pasé entre camillas, entre médicos que ya empujaban a pacientes y personal saliendo a toda prisa. Pero algo me jalaba hacia allá. Como una cuerda invisible. Como si supiera que había alguien que me necesitaba justo ahí. La puerta de pediatría estaba entreabierta. Y adentro, todo estaba en caos. Una enfermera me vio llegar. —¡Aún queda un niño! ¡No pueden moverlo, su oxígeno está crítico! Y entonces lo vi. Pequeño, de no más de seis años. Pálido. Solo. —Dios… —susurré, avanzando hacia él. El monitor titilaba inestable. El oxígeno bajaba. El ventilador portátil estaba a la mitad. —Estoy aquí —le dije al niño, sin saber si podía oírme. Mis manos ya trabajaban, reconectando tubos, ajustando el soporte. Y entonces, por el comunicador interno: —¡Annie! —la voz de Chase, con urgencia—. ¿Dónde demonios estás? —Sala pediátrica. Hay un niño, está crítico. No podía dejarlo —jadeé, sin apartar los ojos del monitor. —¡Annie, esa zona está comprometida! ¡Tienes que salir ya! —¡NO PUEDO! ¡No está estable! Silencio. Tormenta rugiendo afuera. Y entonces… su voz. Baja. Tensa. Peligrosamente calmada. —Escúchame bien. Tienes que estabilizarlo. Voy a sacarte de ahí. —Tengo el equipo manual —jadeé, mis dedos ya buscándolo—. Pero el oxígeno es intermitente. —Vamos a mantenerlo respirando a mano. Hasta que lleguen. Puedes hacerlo, Annie. Tienes que hacerlo. Tragué saliva. —Entonces escúchame —continuó, su voz como un ancla—. No mires alrededor. Solo escúchame a mí. Cerré los ojos. Por un momento, solo fue su voz. —Toma el ambú. Bombea despacio. Ritmo constante. Fíjate si responde a estímulo. ¿Pupilas? —Reactivas… pero lentas —dije, observando al niño que se aferraba a mi bata con sus manitas débiles. —Bien. Sigue así. Estoy yendo hacia allá. Pero necesito que aguantes. Solo tú puedes hacerlo, Annie. Mis manos se sacudían. No podía evitarlo. —Tengo miedo, Chase —susurré. Apenas un hilo de voz. —Lo sé, nena. Pero escucha esto: si alguien puede hacerlo, eres tú. Eres la persona más valiente que conozco. Y no estás sola. Mis manos seguían bombeando el ambú, una, dos, tres veces, como Chase me decía. El niño… empezó a responder. Sus pequeñas costillas se alzaban por sí solas, sus labios tomaban algo de color. Un alivio me golpeó con tanta fuerza que casi me quiebra, pero no había tiempo. —Está… está respirando mejor —dije, entre jadeos—. Saturación subiendo. Está estable, Chase. Un largo segundo de silencio al otro lado de la radio. —Bien. Bien, preciosa. ¿Crees que puedas moverlo? Estaba a punto de decir que sí, cuando lo sentí. Un crujido. Bajo mis pies. Sutil. Como un susurro antes del desastre. —Annie —la voz de Chase se tensó al instante—. ¿Qué fue eso? —El piso… está haciendo un ruido raro — respondí, con la garganta cerrada. —¿Puedes mover al niño? ¿Hay una camilla cerca? Miré alrededor. Entre el humo y los escombros, una camilla. A unos pasos. Pero tenía que arrastrarla. No podía dejarlo solo. Ni un segundo. —Puedo intentarlo. Pero necesito que me hables. No dejes de hablarme. —Estoy contigo —dijo Chase, firme, seguro, como si pudiera atravesar las paredes con solo su voz—. Vamos, Annie. Paso a paso. Me incliné, desconecté el ambú y lo aseguré al tanque portátil. Lo cargué con cuidado en brazos. —Ya está en mis brazos —jadeé, sintiendo el peso y el temblor de mis propias piernas—. Voy hacia la camilla. Cada paso fue un eco en el infierno. El crujido se intensificó. Una línea se abrió en el techo. Una gota cayó sobre mi mejilla. No era agua. —¡Annie, rápido! El sistema estructural está fallando. ¡Tienes segundos! —¡Lo sé! ¡Lo sé! Puse al niño sobre la camilla con todo el cuidado que pude y comencé a empujarla hacia la salida. El metal rechinaba. Mis manos ardían. El sudor me nublaba los ojos. Pero él respiraba. Y yo estaba de pie. —Ya lo tengo, Chase. Lo tengo. —Solo un poco más, nena. Ya casi. Estoy al final del pasillo. Mira hacia la luz. Lo hice y ahí estaba. La silueta de Chase, empapado, con la bata a medio cerrar, los ojos como faros en medio de la tormenta. Mi alma casi se cayó al suelo. Pero entonces… Un crujido. Alto. Horrible. Como el lamento de un monstruo antes de atacar. Miré hacia arriba… Y no hubo tiempo de correr. —¡NO! —grité. Solté la camilla con el último impulso, empujándola hacia Chase. Y entonces el techo colapsó. Todo fue luz, ruido, piedra. Un golpe sordo en mi costado. Otro, en la cabeza. Un dolor que no dolía… hasta que dolió con todo. Caí. Primero de rodillas. Después de lado. No pude ver si el niño llegó a Chase. No pude ver si alguien más venía. Solo sentí los escombros cubriéndome. Mi brazo quedó atrapado. Algo cálido bajaba por mi frente. No podía gritar. El polvo me ahogaba. Pero mi mente solo repetía una cosa. Chase. Chase. Chase. Quise moverme. No pude. Quise gritar su nombre. No salió. —A… aquí —susurré. O creí hacerlo. Todo se volvió borroso. La tormenta afuera seguía rugiendo.
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