Capítulo 14

1008 Palabras
El dolor punzaba en mi cabeza, Todo era ruido. O tal vez, silencio. No sabía. Mi cabeza palpitaba como si hubiera sido golpeada por dentro. El sabor metálico en mi boca me hizo toser. Sangre. El polvo me llenaba los pulmones. Intenté abrir los ojos pero mi vista estaba nublada. Borrosa. Todo era un mar de grises y sombras moviéndose. Y entonces, una voz atravesó todo. —¡¡ANNIE!! Era Chase. Traté de moverme. Apenas un suspiro. Quise responder, gritar, pero solo un hilo de aire escapó de mis labios. —¡Aquí hay alguien atrapado! ¡¡NECESITO AYUDA!! —gritó otra voz más lejana. Pasos. Muchos. Corridas. Órdenes. Y después, su voz de nuevo. Más cerca. Más rota. —¡Un poco más… ahí! ¡¡Ya la veo!! Las voces eran lejanas y distorsionadas, como si estuviera bajo el agua. Pero lo sentí. Las manos de Chase sujetando las mías. Su respiración agitada. El temblor en su voz. Y el golpe sordo de su corazón latiendo contra el mío sin siquiera tocarme. —Annie —jadeó, cuando por fin pudo verme entre los huecos de concreto—. Oh, Dios… estás viva. El sudor le chorreaba por la frente, mezclado con sangre de algún corte que no había notado. Sus manos estaban sucias, llenas de polvo, temblando mientras acariciaban mi mejilla. Yo pestañeé. Solo un poco. Lo suficiente para que sus ojos se rompieran. —¡Quiten esto ya! —gritó con furia—. ¡Con cuidado, joder! ¡¡ES MI VIDA LA QUE ESTÁ AQUÍ DEBAJO!! Un grupo de enfermeros y bomberos se apresuraron. Las vigas crujieron. Chirridos, gemidos de metal, polvo, tierra. Cada segundo parecía una eternidad. —Vamos, Annie… quédate conmigo — murmuró él, con la voz rota, besando mi frente, mi sien, cualquier parte de mí que no estuviera manchada de sangre. Mi cuerpo tembló al sentir el aire libre por primera vez. Me estaban desenterrando. Sacando de un infierno que me había querido tragar. Y entonces… el último trozo se levantó. Chase se agachó a mi lado, sin importar el caos a su alrededor. Se deslizó hasta mi cuerpo como si tuviera miedo de romperme con solo mirarme. Me miró. Y el dolor en sus ojos fue peor que el de mis heridas. —Annie… nena, mírame. Mírame —suplicó con los labios temblorosos. Yo lo hice. Solo un poco. Lo suficiente. —Chase—susurré, con la voz tan rasgada que apenas se entendía. Él cerró los ojos un segundo. Como si esas dos sílabas lo hubieran salvado a él también. —Estoy contigo —murmuró—. Ya estás a salvo, mi amor… te tengo. Me levantaron con cuidado. El contacto de la camilla me hizo jadear de dolor. Sentí mi brazo sangrante, la pierna adormecida, los temblores que ya no podía controlar. Pero él no me soltaba. Ni cuando me subieron. Ni cuando comenzaron a correr por el pasillo entre gritos. Ni cuando alguien gritó “¡codéenle el camino, es la doctora Rodríguez !” Su mano en la mía. Su voz en mi oído. —Sigue respirando, nena… por favor… No me dejes. Su voz me llegaba como un eco lejano. El dolor era un susurro constante en mi cabeza. Calor y frío al mismo tiempo. Mareo. Y un deseo absurdo de cerrar los ojos solo un segundo. —Annie —jadeó Chase, sus manos en mi rostro, su aliento contra mi frente—. No, no, no… mantente despierta. ¿Me oyes? Mírame. Mírame, por favor. Traté. Lo juro que traté. Pero mis párpados pesaban toneladas. Todo el cuerpo me pesaba. Y cada vez que escuchaba su voz, más quería rendirme. No por debilidad. Sino porque si él estaba ahí, todo iba a estar bien… ¿no? —Solo un segundo—susurré, apenas audible. —¡No! Nada de segundos, Annie. Ni uno. Quédate conmigo. ¡Mírame! —su voz se rompió y me sacudió ligeramente, sin lastimarme—. Si cierras los ojos… si te vas… no sé si voy a poder seguir respirando, ¿entiendes? Su mano se apretó sobre la mía. —Vamos, nena. Vamos. Ya casi llegamos. Solo un poco más. Una lágrima cayó de su mejilla sobre la mía. O tal vez era lluvia. O tal vez estaba llorando yo también. —Te necesito despierta —susurró él, bajando la frente a la mía—. No te vayas. No ahora. No después de todo lo que nos costó. Quise decirle algo. “Estoy aquí”. “Te oigo”. Pero no me salían las palabras. Todo comenzaba a desvanecerse. Como si me estuviera hundiendo en un lago oscuro, suave… y traicionero. Y entonces sentí su beso. En mis labios. Suave. Roto. Desesperado. —Por favor, Annie… quédate —susurró, con la voz hecha trizas. Y ahí fue cuando lo sentí. Unas manos me tomaron los brazos. Frías. Firmes. Profesionales. Ruido. Gente hablando encima. Órdenes rápidas. —¡Conéctala! ¡Necesito línea y oxígeno ya! Algo punzó mi piel. Un piquete en el brazo. El escozor de la vía. Después, la máscara de oxígeno presionando mi rostro. Aire. Por fin aire. —Frecuencia bajando —dijo alguien. —Vamos, Annie… —la voz de Chase otra vez. Pegada a mi oído—. Resiste, amor. Ya estás a salvo. El monitor empezó a pitar con más fuerza. Un sonido agudo. Rítmico. Como un corazón que quería seguir. Sentí cómo me levantaban. Movimientos rápidos. La camilla avanzando. Mi cuerpo oscilando. Y su mano. La de Chase. Aferrada a la mía. —No me sueltes —quise decir. Pero no pude. Así que solo apreté. Débil. Apenas un gesto. Pero él lo sintió. —Estoy aquí. No voy a soltar —dijo. Su voz temblaba. Pero estaba ahí. Entonces, como si ese apretón fuera el permiso que mi cuerpo necesitaba, por fin… me dejé ir. La negrura me abrazó. Pero ya no tenía miedo. Chase estaba ahí. Y por eso, sabía… que iba a volver.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR