Capítulo 19

603 Palabras
En sus brazos entendí que no importa cuánto tiemble el mundo afuera, mientras estemos juntos, siempre habrá un lugar donde el miedo se disuelva y renazca la vida. Entramos a casa. Chase todavía me abrazaba como si el mundo allá afuera siguiera temblando… pero aquí, entre sus brazos, todo estaba en pausa. Me ayudó a sentarme en el sofá, lento, cuidadoso, como si aún estuviera hecha de cristal. Y cuando quise agradecerle, él ya estaba colocándome una manta sobre las piernas, como si supiera que necesitaba más calor que palabras. —¿Estás bien? —preguntó, agachado frente a mí, sin dejar de tocarme ni un segundo. Asentí. —Estoy bien. Solo… cansada. Pero feliz. Muy feliz. Chase me miró como si acabara de decirle la frase más hermosa del mundo. —Te juro —dijo con una sonrisa temblorosa—que pensé que no volvería a verte en este sofá. Y ahora estás aquí. Respirando. Viviendo. Me incliné un poco hacia él, y él fue el que cerró la distancia. Me besó. Primero en la frente. Luego en la nariz. Después en los labios. Ese beso no fue suave. Fue profundo, tibio, lleno de necesidad y ternura. Como si estuviera recordando cada rincón de mi boca, cada parte de mí que casi había perdido. —Te extrañé —murmuré contra sus labios—. A ti. A esto. A nosotros. —Nunca más voy a dejar que estés lejos de mí —susurró, subiendo al sofá conmigo, abrazándome fuerte por detrás, como si fuera una manta humana. Apoyé la cabeza en su pecho, mientras él jugaba con mis dedos, con mi cabello. El osito de Mateo seguía en mi regazo. Y sus brazos, envolviéndome, eran el mejor recordatorio de que habíamos vuelto. Juntos. —¿Tienes hambre? —preguntó con la voz rasposa—. ¿Quieres que cocine algo? —Quiero —le sonreí— que te quedes aquí. Que me sigas abrazando así. Y—bajé la voz, divertida— tal vez unos besos más. De los que no daban en el hospital. Él soltó una risa baja, y me tomó el mentón. —¿Así… como estos? Me besó con más profundidad. Esta vez con fuego. Con hambre contenida. Me incliné hacia él, y su mano fue directo a mi cintura, atrayéndome con esa fuerza suya que ya era hogar. Me trepé sobre él sin pensarlo. Con la manta cayendo a un lado. Rodeé su cintura con las piernas y lo miré desde arriba. —¿Y eso? —preguntó, sonriendo. —Estoy viva. Estoy aquí. Y quiero recordarlo así. Con cada parte de ti. Chase jadeó apenas. Su expresión cambió: de risa a emoción, de emoción a deseo, de deseo a adoración. —Estás jugando con fuego, nena —dijo, pasándose la lengua por los labios. —Y tú—susurré, bajando mi rostro hasta su oído— eres mi incendio favorito. Me besó de nuevo. Con más urgencia. Su cuerpo contra el mío, su respiración agitada, su mano subiendo por debajo de mi camiseta hasta acariciar mi espalda. Estábamos ardiendo. Pero también sanando. Y justo cuando el momento parecía volverse demasiado intenso, él me abrazó fuerte, bajó la frente a mi pecho, y dijo: —Dios… no me sueltes nunca, Annie. —No lo haré —prometí—. No después de todo lo que sobrevivimos. Él me besó el hombro, la clavícula, el corazón. Y así, entre besos, suspiros y un osito en la esquina del sofá que lo había visto todo, nos quedamos ahí. Porque después de todo… ese lugar, entre sus brazos, era casa.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR