Capítulo 18

1032 Palabras
La vida me había dado un regalo inesperado: la certeza de que, incluso en las sombras más profundas, el amor puede ser la luz que guía el regreso. Mateo estaba despierto cuando entramos a su habitación. Tenía las mejillas más coloradas, los ojos abiertos como faros curiosos y un vendaje pequeño en la frente. Un dibujo de dinosaurio colgaba en la pared. Una enfermera le había dado colores. Cuando me vio, su rostro se iluminó como si no pudiera creerlo. —¡Doctora Annie! —exclamó, con una vocecita ronca pero feliz—. ¡Estás bien! Mi corazón dio un vuelco. Me acerqué despacio, con Chase a mi lado. El osito aún descansaba entre mis brazos. —Estoy bien —dije, sonriendo a pesar del nudo en mi garganta—. Y tú también, campeón. —¡Mi mami dijo que fui muy valiente! —dijo, inflando el pecho. —Lo fuiste —le sonreí, con el corazón lleno—. Pero este pequeño también fue muy valiente… y creo que ahora debería estar contigo —levanté el osito para mostrárselo. Mateo me miró unos segundos, y luego, con una sonrisa tímida, tomó al osito entre sus manos. —¿Sabes qué? —dijo, bajando la voz como si me estuviera dando un gran secreto—. Creo que él es más valiente cuando está contigo. Así que quiero que te quedes con él. Sus ojos se humedecieron un poco, pero su sonrisa no se borró. —Es para ti, doctora Annie. No pude evitar agacharme y abrazarlo con todo el cariño del mundo. Él me abrazó el cuello con fuerza, y sentí su pequeño corazón latir cerca del mío. Chase me sostuvo de la cintura para que no me cayera, y me miró con esa mezcla de orgullo y ternura que me derritió por completo No pude evitar agacharme un poco (aunque mi cuerpo se quejara), y él me abrazó el cuello con fuerza. Me quedé así, sintiendo esos bracitos alrededor de mí, ese corazón chiquito latiendo cerca del mío. Cuando me separé, Chase me sostuvo de la cintura antes de que perdiera el equilibrio. No dijo nada. Solo me miró con esa expresión que decía más que mil palabras: orgullo, ternura y amor absoluto. Y justo cuando íbamos saliendo, escuché la vocecita de Mateo detrás: —¡Dile al doctor Chase que también le presto al osito si algún día tiene miedo! Chase se giró, divertido. —Gracias, campeón. Lo tendré en cuenta. Los dos sonreímos. Y con el corazón un poco más lleno, nos dirigimos al siguiente cuarto… La señora Elena La habitación de Elena estaba en silencio cuando entramos. La luz del atardecer se filtraba por las cortinas, tiñendo todo de un dorado suave. Ella tenía los ojos cerrados, pero no dormía. —¿Puedo pasar? —pregunté en voz baja. Sus párpados se abrieron y una sonrisa cansada pero cálida iluminó su rostro. —Annie, cielo… pensé que te habías escapado con ese doctor que te ve como si fueras todo su universo. Sonreí, sintiendo la punzada dulce de la emoción. —Casi lo hago —dije, acercándome a su cama—. Pero antes quería verte. Chase se quedó junto a la puerta, dándome espacio. Elena lo miró de reojo y luego me señaló con un dedo tembloroso. —Ese hombre te ama. No de esa forma tonta que tienen los jóvenes… sino de verdad. De esa que te busca aunque el mundo se caiga. —Su mirada se hizo más seria—. Y tú también lo amas, ¿verdad? Asentí. Ya no tenía sentido negarlo. No después de todo lo que habíamos vivido. No después de casi perderlo todo. Me senté a su lado, tomándole la mano. —¿Cómo estás? —le pregunté. —Viva. Que no es poco —respondió con una risita ronca—. Aunque no te voy a mentir, por un momento pensé que no lo lograría. Pero entonces escuché tu voz… esa forma en que decías mi nombre. Como si fuera imposible dejarme ir. Tragué saliva. —No iba a dejar que te fueras así, Elena. Ella apretó mi mano. —Y tú… tú tampoco te ibas. Aunque estuviste cerca, ¿no? No supe cómo contestar. Solo asentí de nuevo, y sentí mis ojos humedecerse. —Hay algo que quiero decirte —añadió ella, bajando la voz—. Sé que empezaste en esto por tu madre. Por esa herida que no cierra del todo. Pero lo que hiciste por ese niño, por mí… eso no se enseña en los libros. Eso no viene del pasado, ni del dolor. Viene de ti. —Hizo una pausa—. Tienes un corazón tan grande, Annie. No dejes que el miedo lo apague. Sentí que me temblaban los labios. —No sabía cuánto necesitaba oír eso —le susurré. —Todos necesitamos que alguien nos recuerde quiénes somos de verdad —dijo—. Y si ese doctor con cara de pecado lo hace contigo… entonces, quédatelo. Chase rió muy bajito desde la puerta. —Lo escuché, señora Elena. —Y espero que lo tomes en serio — respondió ella sin girarse—. Porque si vuelves a hacerla llorar, yo misma te doy con el bastón. —Anotado —dijo él, fingiendo solemnidad. Me incliné y la abracé con cuidado. —Gracias —susurré. —Y ahora vete a casa, niña… vive, ama, besa a ese hombre como si el mundo se fuera a acabar —y entonces me guiñó un ojo—, pero vuelve a verme, ¿sí? Pero en mi casa. A comer galletas. No acepto que una heroína desaparezca así nada más. Una risa temblorosa me escapó. —Trato hecho —le respondí, con la garganta apretada. Salí de la habitación con lágrimas en los ojos salí, apretando fuerte el osito en mis brazos y el corazón tan lleno que apenas cabía en mi pecho. Cuando salimos al pasillo, Chase me extendió la mano. —¿Lista para casa? Asentí. —Ahora sí. Y lo tomé de la mano como si agarrarme a él fuera sinónimo de vivir. Porque, de alguna manera… lo era.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR