Entre el dolor y la duda, elegí la vida. Y él fue el ancla que me sostuvo en la tormenta.
El sol brillaba afuera.
No ese brillo dramático de las películas, sino uno real, cálido… como si el mundo estuviera diciéndome “sobreviviste”.
Chase estaba del otro lado de la habitación, firmando los papeles de mi alta con la doctora Santamaría. Conversaban en voz baja, con ese tono formal y médico que me recordaba dónde estábamos.
Aproveché ese momento.
Con cuidado, retiré la sábana. Mis piernas tocaron el suelo por primera vez en días. Temblaban. Como si aún no supieran que todo había pasado.
El osito descansaba sobre mis piernas. Apreté su suave pelaje con una mano mientras la otra buscaba apoyo en la cama.
Me puse de pie. Despacio. Sin avisar.
Y no fue fácil. Dolía
Pero lo hice. No por orgullo. No por demostrar nada.
Sino porque necesitaba sentir que el mundo seguía girando.
Que podía caminar fuera de aquí… por mí misma.
Chase volteó en ese momento. Y cuando me vio de pie, sus labios se separaron. Dejó los papeles en el escritorio sin siquiera terminar de firmar y cruzó la habitación en dos zancadas.
—¿Qué estás haciendo, Annie? —preguntó Chase, con la voz rasposa, como si no supiera si regañarme o caer de rodillas.
—Probando que todavía tengo piernas — respondí, intentando una sonrisa. Me dolía todo, pero dolía más quedarme quieta.
Él no se movió enseguida. Me miraba como si acabara de ver algo sagrado. Como si ese momento —yo de pie, con el osito apretado contra el pecho, temblando— fuera más poderoso que cualquier cirugía que hubiera hecho en su vida.
—¿Y pulmones? ¿Corazón? —preguntó en voz baja, acercándose al fin—. ¿Todo eso sigue funcionando?
—Funcionando, sí —dije—. ¿En perfectas condiciones? Mmm… podrías revisarlo tú mismo.
Él soltó una risa, suave, aliviada, y sus manos se deslizaron con cuidado por mi cintura, como si necesitara asegurarse de que estaba ahí.
—No deberías estar de pie aún —murmuró contra mi frente.
—Y tú no deberías mirarme como si estuvieras a punto de llorar.
—Estoy conteniéndome —admitió, rozando mi mejilla con el dorso de los dedos—. Porque cuando te vi bajo esos escombros… Annie, creí que te perdía.
—Pero no lo hiciste.
—No —dijo, apretándome con más fuerza—.
Porque eres tú la que no se rinde nunca.
Mis piernas temblaron un poco, pero no caí.
Porque él ya me sostenía.
Chase me sostuvo por la cintura, luego subió las manos a mi rostro y me sostuvo con una delicadeza que contrastaba con la intensidad en sus ojos. Sus pulgares acariciaron mis mejillas, y su respiración se mezcló con la mía.
—¿Estás lista, cariño, para ir a casa? — preguntó.
No solo con palabras. Lo dijo con los ojos.
Con el alma.
Yo asentí… pero después le sonreí de lado, como si llevara una pequeña rebelión en la punta de los labios.
—Solo quiero hacer dos cosas primero.
—¿Dos? —alzó una ceja, divertido—. ¿Y puedo saber cuáles?
—Quiero visitar a Mateo… y a la señora Elena.
Él se quedó quieto por un segundo, sin dejar de mirarme. Como si me viera de verdad. Como si ese gesto, simple y dulce, terminara de romper algo dentro de él.
—Por supuesto que sí —susurró.
Se inclinó hacia mí y me besó la frente con una ternura que me desarmó.
—Después de todo —añadió, con una sonrisa suave—, esos dos también saben lo que es pelear por seguir aquí. Igual que tú.
Yo asentí, abrazando el osito contra mi pecho.
—Y después… quiero irme contigo. A casa. A donde sea. Solo contigo.
Chase asintió también, con ese brillo en los ojos que me hacía sentir como si el mundo, al menos el mío, estuviera en equilibrio otra vez.