Capítulo 16

1233 Palabras
No necesitábamos urgencias ni heroísmos. Solo necesitábamos esa habitación, su risa baja… y su boca en la mía. La luz tenue del cuarto me dio la bienvenida cuando abrí los ojos. El silencio solo era interrumpido por el leve zumbido del monitor y el tic-tac del reloj en la pared. Sentí una mano cálida rozar mi frente, y al girar la cabeza, ahí estaba él: Chase. Su mirada no podía ocultar el cansancio, pero tampoco el alivio de verme despierta. —Hey, pequeña —susurró, con voz baja y cargada de algo más que simple preocupación—. ¿Cómo te sientes? Intenté responder, pero mi garganta estaba seca. En lugar de palabras, solo un parpadeo lento. Chase sonrió, casi como si ese pequeño gesto fuera un premio. —Ya vuelvo, nena —murmuró con esa voz baja que ya conocía mejor que mi propia respiración. Se levantó con cuidado, cruzó la habitación en dos pasos largos y regresó con un vaso de agua y una pajilla. Me levantó un poco, deslizando su brazo detrás de mi espalda con una suavidad que dolía de lo dulce que era. —Despacio —dijo, mientras acercaba el vaso a mis labios—. Solo un poco. Tomé un sorbo. El agua bajó por mi garganta como si fuera fuego y alivio al mismo tiempo. Cerré los ojos. No sabía si era por el dolor o por lo mucho que significaba que él estuviera ahí. Que no se hubiera ido. —Así está mejor —susurró, dejándome recostada de nuevo—. Tu voz puede esperar. Yo no. Lo miré. Solo lo miré. Y fue como si en ese segundo él lo entendiera todo. —¿Sabes qué pensé cuando abriste los ojos? —preguntó, con una sonrisa rota. Negué suavemente. —Que ya podía volver a respirar. Me estremecí. No por miedo, ni por dolor. Sino por la verdad que llevaba su voz. Su mano se deslizó a la mía. Sus dedos recorrieron mis nudillos heridos con una ternura que me rompió más que cualquier derrumbe. —Voy a estar aquí todos los días hasta que puedas caminar. Y cuando lo hagas… te juro que voy a estar al lado tuyo, un paso detrás, solo para que sepas que no estás sola. Ni un segundo más. Sus palabras me hicieron doler el pecho. Pero no de angustia. De esa clase de amor que se siente como un vendaje caliente sobre una herida abierta. Tomé un poco más de agua. Respiré hondo. Y por fin, con voz rasposa, apenas audible, pregunté: —¿Cuándo… me dan de alta? Chase sonrió. Pero no fue una sonrisa cualquiera. Fue esa que se le escapaba cuando intentaba parecer relajado, pero no podía ocultar el alivio. —Ya estás planeando huir, ¿eh? Rodé los ojos, o al menos eso intenté. —Solo… quiero saber si podré dormir en una cama que no tenga rieles —susurré, medio en broma, medio en serio. Él se inclinó un poco, hasta que nuestras frentes casi se tocaron. —Mañana en la tarde, si todo sigue estable. Ya hablé con la doctora Santamaría. Quieren mantenerte un día más en observación por el golpe en la cabeza y el brazo, pero… estás fuera de peligro. —¿Y tú…? —¿Yo qué? —¿Vas a seguir durmiendo en ese sillón asqueroso de guardia? Chase sonrió más amplio esta vez. —¿Insinúas que me falta glamour? —Insinúo que ya te ves como si hubieras peleado con un oso y perdido. —A diferencia del oso, yo sí te salvé. Solté una risa baja, y dolió. Pero valió la pena. Chase tomó mi mano con ambas de las suyas, como si temiera que desapareciera si la soltaba. —No pienso moverme de aquí hasta que salgas caminando por esa puerta, Annie. Y después… tampoco. Me quedé viéndolo. Con el corazón demasiado lleno. Como si no me cupiera en el pecho todo lo que sentía por él. Todo lo que no podía decir todavía… pero que él parecía entender igual. Chase se inclinó lentamente, sin apurarme, como si cada centímetro fuera una invitación, no una exigencia. Sus ojos se detuvieron en los míos, buscando permiso. Yo no dije nada. Solo respiré… y me dejé ir. Sus labios tocaron los míos con una delicadeza casi reverente. Como si besarme fuera un ritual sagrado. Como si necesitara recordarme, sin palabras, que estaba viva… que él estaba ahí. Pero fui yo quien lo tomó por sorpresa. Mi mano subió hasta su nuca, se enredó en su cabello húmedo, y lo atraje con más fuerza hacia mí. Él se rio contra mi boca. Una risa baja, ronca, que me hizo vibrar desde dentro. —Sabía que estabas recuperándote — murmuró con una sonrisa que podía derretir planetas. Y entonces me dio otro beso. Suave, delicado, cargado de alivio. —¿Ah, sí? —susurré contra sus labios—. ¿Y cómo lo sabes? —Porque solo me agarras del cuello así cuando estás a punto de hacerme perder la cabeza. Solté una risa. Dolió un poco. Pero valía la pena. Él rió conmigo, bajito, como si le aliviara escucharme así. Y volvió a besarme. Yo suspiré, cerrando los ojos, y sin darme cuenta, mis dedos volvieron a enredarse en su cabello. Tirando apenas. Buscándolo. Sintiendo que si lo soltaba, todo esto podría no ser real. Él sonreía. Pero cuando abrí los labios, lo sentí temblar. Y entonces me besó de nuevo. Con hambre. Como si le faltara el aire. Como si ese beso fuera su única forma de mantenerse cuerdo. Sus manos me enmarcaron el rostro, con esa mezcla suya de fuerza y cuidado. Su frente se apoyó contra la mía y su respiración era tan errática como la mía. —Tengo que calmarme —murmuró, más para sí que para mí—. No es el momento. —Yo digo que sí —dije en voz baja, con una media sonrisa que apenas pude sostener. Chase me miró… y sonrió. Lenta. Profundamente. Esa sonrisa suya que no era solo una curva en los labios, sino una declaración silenciosa de deseo, de ternura, de todo lo que estaba sintiendo. —¿Sabes lo que me haces cuando sonríes así? —susurró, con los ojos oscuros, intensos—. Me dan ganas de olvidarme de todo. Incluso del maldito hospital. Yo lo miré sin parpadear. Con el corazón a punto de reventar por dentro. —Entonces no lo pienses tanto. Su sonrisa creció apenas, cargada de peligro delicioso. —Annie —Chase Mi voz lo cortó. Lo desarmó. Porque lo dije como si lo necesitara. Como si ese nombre fuera mi único refugio. Él bajó la cabeza y apoyó la frente en la mía, con un suspiro entre los labios que me rozó la piel como un susurro eléctrico. —No sabes cuánto te amo cuando eres así de peligrosa —murmuró—. Y juro por Dios que si no estuvieras llena de moretones, te haría olvidar tu propio nombre. —Te tengo noticias —susurré con una sonrisa tímida—. Ya me lo estás haciendo olvidar. Chase soltó una risa suave, rota, preciosa. Y me besó otra vez. Con cuidado. Con hambre contenida. Con toda el alma. Y ahí, entre las sábanas ásperas del hospital y el olor a medicamentos, yo volví a respirar.
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