Me metí al baño con el corazón latiendo a
mil. El agua caliente era un pequeño refugio,
pero cuando levanté la vista hacia la repisa,
me quedé paralizada.
Allí estaban mis cosas: la secadora de pelo, el
shampoo, el acondicionador… hasta mi
maquillaje, perfectamente ordenados como
si alguien hubiera anticipado que iba a estar
aquí.
Mi mente dio un vuelco. ¿Cómo era posible?
Esa casa no era mía, o al menos eso creía… y
sin embargo, alguien ya me había hecho un
lugar en ella.
Salí del baño envuelta en la toalla,
caminando hacia la habitación, todavía sin
poder creerlo.
En el clóset, colgada y doblada con cuidado,
estaba mi ropa , mis prendas favoritas, las
que creía olvidadas, como si se hubieran
instalado aquí a mi nombre sin que yo lo
supiera.
Sentí un torbellino de emociones: sorpresa,
confusión, y una chispa de esperanza que me
hizo temblar.
Me cambié en silencio, con las manos un
poco temblorosas, preguntándome qué
estaba pasando.
Cuando salí, la escena me detuve en seco.
Chase estaba de espaldas, sin camisa, con un
pantalón de pijama colgando peligrosamente
bajo en sus caderas. La luz de la mañana
entraba por la ventana y acariciaba su
espalda, delineando cada músculo como si
Dios hubiera dicho: “Sí, esta obra de arte
merece iluminación especial.”
Abrí la boca para decir algo, no sé qué, pero
se me evaporaron las palabras.
Él debió sentir mi mirada, porque se giró
justo lo suficiente para mirarme por encima
del hombro.
—¿Todo bien, nena? ¿O ya estás teniendo
pensamientos indebidos tan temprano?
Me atraganté con el aire.
—¿Perdón?
Chase se echó a reír y se giró por completo,
dejando a la vista toda su gloria pectoral.
Con una espátula en una mano y una sonrisa
en los labios, parecía más peligroso que un
bisturí mal afilado.
—Solo digo que si vas a mirarme así… al
menos que sea después del desayuno. —
Hizo una pausa teatral, ladeando la cabeza—
Aunque tampoco me quejo si empiezas
antes.
—Idiota —murmuré, entre risas.
Pero entonces lo noté: mi ropa. Doblada
sobre una silla. Mi maquillaje en el baño. Mi
perfume en la repisa.
Fruncí el ceño.
—Chase ¿cómo es que todas mis cosas están
aquí?
Él dejó la espátula, se acercó despacio, con
esa caminata suya que parecía prometer
problemas deliciosos.
—Bueno… como no veía cuándo ibas a
empacar, lo hice por ti.
—¿Y si no pensaba mudarme? —repliqué,
alzando una ceja.
—Entonces ahora tienes una excusa para
venir a reclamarme —susurró, inclinándose
peligrosamente cerca de mi rostro— en ropa
interior.
Mi corazón hizo un salto olímpico.
Y justo cuando creí que iba a besarme
—Voy a bañarme —dijo con una sonrisa
torcida, como si supiera exactamente el
efecto que había causado.
Y antes de dar media vuelta, me cerró un ojo.
No te comas los panqueques sin mí, pesadilla
con patas.
Se fue. Así nomás. Como si no acabara de
volarme el sistema nervioso.
Me apoyé en la encimera, respirando hondo,
preguntándome si esto era amor… o solo un
intento de ataque cardíaco diario cortesía de
Chase.
Todavía podía sentir el calor de su mirada en
mi piel. El roce de sus dedos en mi cintura. Y
la presión de su cuerpo cuando me sostuvo
anoche como si yo fuera lo único que no
quería soltar.
Miré el plato de desayuno, pero ya no tenía
hambre. Tenía mariposas. Hormigas. Un
zoológico completo dentro del estómago.
Me paseé por la cocina como una loca. Me
acomodé la sudadera. Me lavé las manos sin
razón. Me volví a sentar. Me levanté otra vez.
Y entonces lo vi: sobre la barra, había una
carpeta. Con mi nombre escrito en una letra
apresurada pero inconfundible.
Y entonces la vi. Sobre la barra, una carpeta
con mi nombre escrito en marcador n***o,
como si fuera un aviso.
La tomé con manos temblorosas.
El corazón me latía como si quisiera salirse.
Un pensamiento me cruzó la mente como
una puñalada:
“Ya está. Es la notificación oficial. Me van a
echar.”
Porque después del error… después de todo
lo que pasó… ¿cómo no iban a hacerlo?
Tragué saliva.
La abrí con los dedos fríos.
Y lo primero que vi fue mi nombre, sí… pero
no al lado de una sanción. No al lado de una
carta de despido.
Era un cronograma. Un nuevo cronograma.
“Residente adjunta – Grupo quirúrgico Dr.
Chase Sullivan.”
Mi cerebro tardó segundos en procesarlo.
No. No. Eso no podía estar bien. ¿Grupo de
Chase? ¿Después de todo lo que pasó?
¿Después de haber estado a punto de perder
a un paciente?
La hoja se me resbaló entre los dedos.
—¿Qué es esto…? —susurré, como si alguien
pudiera responderme.
Y justo entonces, escuché la regadera
cerrarse. Pasos. Su voz tarareando una
canción que no reconocí, pero que sonaba
como una burla suave a mi caos.
Apareció en la cocina como si nada. Me miró,
y al verme con la carpeta en las manos,
sonrió.
—¿Lo viste?
Yo aún no podía hablar.
—No van a despedirme
No fue una pregunta. Fue un intento
desesperado de creerlo.
Chase apareció desde el pasillo, aún con el
cabello húmedo, una camiseta a medio
poner, y esa maldita sonrisa torcida que me
derrite y me arruina al mismo tiempo.
—No, nena —murmuró, y cada palabra suya
me empujaba un poco más al borde.
Se acercó. Lento. Intencional. Como un
depredador elegante y seguro.
Sus manos se apoyaron a ambos lados de la
barra, encerrándome entre sus brazos sin
tocarme, pero haciéndome sentir como si el
aire entero me abrazara.
—No te van a despedir —susurró, y bajó la
mirada hacia mis labios antes de subir de
nuevo a mis ojos—. Te van a temer.
Mi respiración se cortó.
—¿Temerme?
—Porque eres una maldita tormenta, Annie.
Solo que aún no te das cuenta.
El calor subió por mi pecho. Por mi garganta.
Por todo lo que creí perdido.
—Yo solo… no quiero volver a fallar.
Él acercó su frente a la mía, rozándola
apenas, su voz una caricia áspera:
—Entonces quédate cerca. Te voy a enseñar
a no caer.
—Pero ¿Cómo?
—Hablé con la jefa. No fue fácil convencerla,
pero lo logré. Y antes de que empieces a
pensar que lo hizo por mí, que sepas que ella
misma dijo que tienes potencial. Solo
necesitas guía. Y yo me encargaré de eso.
—Pero… yo… ayer casi mato a un paciente,
Chase.
Chase se levantó. Su voz fue suave, firme:
—Si te despiden, te vas conmigo. Pero no va
a pasar. Confía en mí. Y en ti.
Dudé un segundo. Pero tomé su mano.
Y así, de su mano, entré al hospital.
El corazón me latía con tanta fuerza que
pensé que todos lo oían. Miradas iban y
venían. Algunos nos observaban como si ya
supieran algo. Otros murmuraban. Pero él no
me soltó.
Y por primera vez… no quise soltarlo
tampoco.