Capítulo 9

1200 Palabras
Me metí al baño con el corazón latiendo a mil. El agua caliente era un pequeño refugio, pero cuando levanté la vista hacia la repisa, me quedé paralizada. Allí estaban mis cosas: la secadora de pelo, el shampoo, el acondicionador… hasta mi maquillaje, perfectamente ordenados como si alguien hubiera anticipado que iba a estar aquí. Mi mente dio un vuelco. ¿Cómo era posible? Esa casa no era mía, o al menos eso creía… y sin embargo, alguien ya me había hecho un lugar en ella. Salí del baño envuelta en la toalla, caminando hacia la habitación, todavía sin poder creerlo. En el clóset, colgada y doblada con cuidado, estaba mi ropa , mis prendas favoritas, las que creía olvidadas, como si se hubieran instalado aquí a mi nombre sin que yo lo supiera. Sentí un torbellino de emociones: sorpresa, confusión, y una chispa de esperanza que me hizo temblar. Me cambié en silencio, con las manos un poco temblorosas, preguntándome qué estaba pasando. Cuando salí, la escena me detuve en seco. Chase estaba de espaldas, sin camisa, con un pantalón de pijama colgando peligrosamente bajo en sus caderas. La luz de la mañana entraba por la ventana y acariciaba su espalda, delineando cada músculo como si Dios hubiera dicho: “Sí, esta obra de arte merece iluminación especial.” Abrí la boca para decir algo, no sé qué, pero se me evaporaron las palabras. Él debió sentir mi mirada, porque se giró justo lo suficiente para mirarme por encima del hombro. —¿Todo bien, nena? ¿O ya estás teniendo pensamientos indebidos tan temprano? Me atraganté con el aire. —¿Perdón? Chase se echó a reír y se giró por completo, dejando a la vista toda su gloria pectoral. Con una espátula en una mano y una sonrisa en los labios, parecía más peligroso que un bisturí mal afilado. —Solo digo que si vas a mirarme así… al menos que sea después del desayuno. — Hizo una pausa teatral, ladeando la cabeza— Aunque tampoco me quejo si empiezas antes. —Idiota —murmuré, entre risas. Pero entonces lo noté: mi ropa. Doblada sobre una silla. Mi maquillaje en el baño. Mi perfume en la repisa. Fruncí el ceño. —Chase ¿cómo es que todas mis cosas están aquí? Él dejó la espátula, se acercó despacio, con esa caminata suya que parecía prometer problemas deliciosos. —Bueno… como no veía cuándo ibas a empacar, lo hice por ti. —¿Y si no pensaba mudarme? —repliqué, alzando una ceja. —Entonces ahora tienes una excusa para venir a reclamarme —susurró, inclinándose peligrosamente cerca de mi rostro— en ropa interior. Mi corazón hizo un salto olímpico. Y justo cuando creí que iba a besarme —Voy a bañarme —dijo con una sonrisa torcida, como si supiera exactamente el efecto que había causado. Y antes de dar media vuelta, me cerró un ojo. No te comas los panqueques sin mí, pesadilla con patas. Se fue. Así nomás. Como si no acabara de volarme el sistema nervioso. Me apoyé en la encimera, respirando hondo, preguntándome si esto era amor… o solo un intento de ataque cardíaco diario cortesía de Chase. Todavía podía sentir el calor de su mirada en mi piel. El roce de sus dedos en mi cintura. Y la presión de su cuerpo cuando me sostuvo anoche como si yo fuera lo único que no quería soltar. Miré el plato de desayuno, pero ya no tenía hambre. Tenía mariposas. Hormigas. Un zoológico completo dentro del estómago. Me paseé por la cocina como una loca. Me acomodé la sudadera. Me lavé las manos sin razón. Me volví a sentar. Me levanté otra vez. Y entonces lo vi: sobre la barra, había una carpeta. Con mi nombre escrito en una letra apresurada pero inconfundible. Y entonces la vi. Sobre la barra, una carpeta con mi nombre escrito en marcador n***o, como si fuera un aviso. La tomé con manos temblorosas. El corazón me latía como si quisiera salirse. Un pensamiento me cruzó la mente como una puñalada: “Ya está. Es la notificación oficial. Me van a echar.” Porque después del error… después de todo lo que pasó… ¿cómo no iban a hacerlo? Tragué saliva. La abrí con los dedos fríos. Y lo primero que vi fue mi nombre, sí… pero no al lado de una sanción. No al lado de una carta de despido. Era un cronograma. Un nuevo cronograma. “Residente adjunta – Grupo quirúrgico Dr. Chase Sullivan.” Mi cerebro tardó segundos en procesarlo. No. No. Eso no podía estar bien. ¿Grupo de Chase? ¿Después de todo lo que pasó? ¿Después de haber estado a punto de perder a un paciente? La hoja se me resbaló entre los dedos. —¿Qué es esto…? —susurré, como si alguien pudiera responderme. Y justo entonces, escuché la regadera cerrarse. Pasos. Su voz tarareando una canción que no reconocí, pero que sonaba como una burla suave a mi caos. Apareció en la cocina como si nada. Me miró, y al verme con la carpeta en las manos, sonrió. —¿Lo viste? Yo aún no podía hablar. —No van a despedirme No fue una pregunta. Fue un intento desesperado de creerlo. Chase apareció desde el pasillo, aún con el cabello húmedo, una camiseta a medio poner, y esa maldita sonrisa torcida que me derrite y me arruina al mismo tiempo. —No, nena —murmuró, y cada palabra suya me empujaba un poco más al borde. Se acercó. Lento. Intencional. Como un depredador elegante y seguro. Sus manos se apoyaron a ambos lados de la barra, encerrándome entre sus brazos sin tocarme, pero haciéndome sentir como si el aire entero me abrazara. —No te van a despedir —susurró, y bajó la mirada hacia mis labios antes de subir de nuevo a mis ojos—. Te van a temer. Mi respiración se cortó. —¿Temerme? —Porque eres una maldita tormenta, Annie. Solo que aún no te das cuenta. El calor subió por mi pecho. Por mi garganta. Por todo lo que creí perdido. —Yo solo… no quiero volver a fallar. Él acercó su frente a la mía, rozándola apenas, su voz una caricia áspera: —Entonces quédate cerca. Te voy a enseñar a no caer. —Pero ¿Cómo? —Hablé con la jefa. No fue fácil convencerla, pero lo logré. Y antes de que empieces a pensar que lo hizo por mí, que sepas que ella misma dijo que tienes potencial. Solo necesitas guía. Y yo me encargaré de eso. —Pero… yo… ayer casi mato a un paciente, Chase. Chase se levantó. Su voz fue suave, firme: —Si te despiden, te vas conmigo. Pero no va a pasar. Confía en mí. Y en ti. Dudé un segundo. Pero tomé su mano. Y así, de su mano, entré al hospital. El corazón me latía con tanta fuerza que pensé que todos lo oían. Miradas iban y venían. Algunos nos observaban como si ya supieran algo. Otros murmuraban. Pero él no me soltó. Y por primera vez… no quise soltarlo tampoco.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR