Desperté lentamente, el sol ya filtrándose
por la ventana, dándome una luz cálida que
me envolvía como un abrazo. Pero mi
verdadero refugio no era la luz. Era el cuerpo
de Chase, que aún me rodeaba,
protegiéndome sin palabras.
Mi cabeza descansaba sobre su pecho, y
pude escuchar su respiración profunda y
calmada. Cada vez que respiraba, su pecho
subía y bajaba lentamente, arrullándome en
un ritmo tan familiar, tan seguro.
Sus brazos estaban alrededor de mí,
envolviéndome de tal manera que no podía
recordar el último momento en que me sentí
tan… protegida.
Me quedé ahí, quieta, saboreando esa paz
que no sabía que podía existir. No quería
moverme. No quería que se acabara. No
quería romper este momento.
Lo miré en silencio, su rostro sereno, tan
cerca, pero tan lejano en su calma. No
entendía cómo podía ser tan… tan perfecto
en todo lo que hacía. Ni siquiera se movía, y
sin embargo me hacía sentir como si
estuviera en el centro de su mundo, como si
me sostuviera con una suavidad que lo decía
todo.
¿Y yo? ¿Qué había hecho para merecer esto?
Me acerqué un poco más, buscando el calor
de su cuerpo, y sin quererlo, me aferré a él,
como si al hacerlo pudiera retener todos
esos pedazos de mí que aún se sentían rotos.
Mis ojos se cerraron, y un suspiro se escapó
de mis labios.
No me sentía tan rota ahora.
Chase, aunque dormido, me apretó un poco
más contra su pecho, como si hubiera
sentido mi pequeño gesto. Un movimiento
sutil. Su abrazo era tan firme, tan cálido, que
parecía que no quería soltarme.
¿Y yo? Tampoco quería soltarlo.
Solo me quedé allí, respirando junto a él. La
mañana no existía. Solo existíamos nosotros,
en este pequeño rincón del mundo donde ni
el dolor ni el miedo parecían tener cabida.
La luz del amanecer se colaba apenas por la
ventana. Yo estaba envuelta en sus brazos,
con la cabeza apoyada en su pecho y su
mano sobre mi cintura, tibia, segura… como
si no quisiera soltarme jamás.
Chase se movió apenas, ajustando su cuerpo
al mío, y su mano subió por mi cintura con
una caricia tan suave que me sacudió el
alma. Rozó mi piel expuesta donde la
sudadera se había subido durante la noche, y
ahí se detuvo.
Me hice la dormida. No quería enfrentar el
mundo. No todavía. Prefería quedarme ahí,
en ese instante que parecía una burbuja
fuera del tiempo, donde solo existíamos él y
yo.
Mi respiración era lenta, fingida. Mis ojos
cerrados. Pero el corazón me latía como si
supiera que algo iba a pasar.
—Sé que estás despierta, nena —murmuró
contra mi cabello, con esa voz grave de
recién levantado que me derretía por
dentro—. Nadie respira tan perfecto cuando
duerme.
Me quedé quieta. Muy quieta. Como si
pudiera engañarlo con pura voluntad.
Pero su risa fue suave y peligrosa, como un
secreto que estaba a punto de explotar.
—¿Así que vas a ignorarme? —susurró,
mientras sus dedos dibujaban círculos lentos
en mi cintura—. Interesante estrategia.
Mis mejillas ardían, pero seguí fingiendo. O
lo intenté… hasta que él bajó un poco más la
mano, despacio, como si midiera cada
centímetro de mi reacción. No me moví. Pero
se me cortó la respiración.
Y él lo notó.
—Ajá —dijo casi en un murmullo
divertido—. Eso pensé.
Me giró con delicadeza, quedando cara a
cara, y me miró de cerca… demasiado cerca.
Su aliento cálido rozó mis labios.
—¿No que dormida? —preguntó con una
media sonrisa ladeada.
Yo escondí el rostro en su cuello, apretando
los ojos. Él rió despacio y volvió a
acariciarme la cintura, esta vez con más
ternura.
—Hoy va a ser mejor. Te lo prometo —
murmuró junto a mi oído—. Tengo una
sorpresa para ti.
—No quiero levantarme —susurré sin salir
de mi escondite.
—Entonces quédate. Solo un rato más. Así,
conmigo.
Y ahí, envuelta en él, por primera vez en
días… no tuve miedo de quedarme quieta.
Yo asentí apenas, escondida aún en su cuello,
mientras él volvía a deslizar sus dedos por
mi cintura, suaves, pausados, como si cada
caricia le sirviera para memorizarme.
Su nariz rozó la curva de mi oreja, apenas un
roce, cálido y lento. Luego fueron sus labios,
que acariciaron mi piel con ese aliento tibio
que hizo que se me doblaran las rodillas…
incluso acostada.
—Me encanta cómo hueles en las mañanas
—susurró, con esa voz baja, rasposa, llena de
deseo contenido.
Sin pensarlo, me moví un poco, girando
apenas para quedar más de frente a él. No
medí la distancia. Solo sentí… eso.
Su cuerpo contra el mío. Su respiración
agitada.
Y entonces lo noté.
La presión firme en su pantalón, contra mi
cadera.
Mi aliento se detuvo.
Él no se movió. Pero sus ojos… sus ojos se
oscurecieron.
Me miró directo, con una intensidad que me
atravesó.
Mi corazón latía tan fuerte que dolía.
—Annie… —dijo, apenas un susurro.
Su mano en mi cintura apretó, como si
pudiera leer lo que estaba pensando. Como
si no quisiera soltarme.
Mis labios se entreabrieron por reflejo, y él
aprovechó para acercarme más. Su cuerpo
contra el mío. Firme. Cálido.
Aterradoramente tentador.
Mis músculos se tensaron. La presión en mi
vientre era casi insoportable. Lo deseaba.
Dios, cómo lo deseaba.
Él bajó la cabeza. Lento. Tan malditamente
lento que el aire entre nosotros se volvió
fuego. Estábamos a nada. A medio suspiro. A
un segundo del desastre perfecto.
Y entonces…
La vi.
En mi mente.
A ella, la rubia. Su sonrisa.
Sus brazos alrededor de él.
El nudo en mi pecho se apretó de golpe, y sin
pensarlo, me aparté bruscamente.
Chase cayó hacia atrás sobre la almohada
con un suspiro bajo, como si el momento se
le escapara de las manos.
—Voy a… ¿puedo bañarme? —murmuré, sin
mirarlo, con la voz temblorosa y cargada de
dudas.
Él me sostuvo la mirada, sus ojos profundos
y graves.
—Nena… puedes hacer lo que quieras —dijo,
con esa voz grave que me hizo temblar hasta
los huesos.
Asentí y me levanté con el corazón al galope
y las manos temblorosas.
Porque una parte de mí lo deseaba con
locura. Y otra, no soportaba la idea de ser
solo una más