Capítulo 8

1076 Palabras
Desperté lentamente, el sol ya filtrándose por la ventana, dándome una luz cálida que me envolvía como un abrazo. Pero mi verdadero refugio no era la luz. Era el cuerpo de Chase, que aún me rodeaba, protegiéndome sin palabras. Mi cabeza descansaba sobre su pecho, y pude escuchar su respiración profunda y calmada. Cada vez que respiraba, su pecho subía y bajaba lentamente, arrullándome en un ritmo tan familiar, tan seguro. Sus brazos estaban alrededor de mí, envolviéndome de tal manera que no podía recordar el último momento en que me sentí tan… protegida. Me quedé ahí, quieta, saboreando esa paz que no sabía que podía existir. No quería moverme. No quería que se acabara. No quería romper este momento. Lo miré en silencio, su rostro sereno, tan cerca, pero tan lejano en su calma. No entendía cómo podía ser tan… tan perfecto en todo lo que hacía. Ni siquiera se movía, y sin embargo me hacía sentir como si estuviera en el centro de su mundo, como si me sostuviera con una suavidad que lo decía todo. ¿Y yo? ¿Qué había hecho para merecer esto? Me acerqué un poco más, buscando el calor de su cuerpo, y sin quererlo, me aferré a él, como si al hacerlo pudiera retener todos esos pedazos de mí que aún se sentían rotos. Mis ojos se cerraron, y un suspiro se escapó de mis labios. No me sentía tan rota ahora. Chase, aunque dormido, me apretó un poco más contra su pecho, como si hubiera sentido mi pequeño gesto. Un movimiento sutil. Su abrazo era tan firme, tan cálido, que parecía que no quería soltarme. ¿Y yo? Tampoco quería soltarlo. Solo me quedé allí, respirando junto a él. La mañana no existía. Solo existíamos nosotros, en este pequeño rincón del mundo donde ni el dolor ni el miedo parecían tener cabida. La luz del amanecer se colaba apenas por la ventana. Yo estaba envuelta en sus brazos, con la cabeza apoyada en su pecho y su mano sobre mi cintura, tibia, segura… como si no quisiera soltarme jamás. Chase se movió apenas, ajustando su cuerpo al mío, y su mano subió por mi cintura con una caricia tan suave que me sacudió el alma. Rozó mi piel expuesta donde la sudadera se había subido durante la noche, y ahí se detuvo. Me hice la dormida. No quería enfrentar el mundo. No todavía. Prefería quedarme ahí, en ese instante que parecía una burbuja fuera del tiempo, donde solo existíamos él y yo. Mi respiración era lenta, fingida. Mis ojos cerrados. Pero el corazón me latía como si supiera que algo iba a pasar. —Sé que estás despierta, nena —murmuró contra mi cabello, con esa voz grave de recién levantado que me derretía por dentro—. Nadie respira tan perfecto cuando duerme. Me quedé quieta. Muy quieta. Como si pudiera engañarlo con pura voluntad. Pero su risa fue suave y peligrosa, como un secreto que estaba a punto de explotar. —¿Así que vas a ignorarme? —susurró, mientras sus dedos dibujaban círculos lentos en mi cintura—. Interesante estrategia. Mis mejillas ardían, pero seguí fingiendo. O lo intenté… hasta que él bajó un poco más la mano, despacio, como si midiera cada centímetro de mi reacción. No me moví. Pero se me cortó la respiración. Y él lo notó. —Ajá —dijo casi en un murmullo divertido—. Eso pensé. Me giró con delicadeza, quedando cara a cara, y me miró de cerca… demasiado cerca. Su aliento cálido rozó mis labios. —¿No que dormida? —preguntó con una media sonrisa ladeada. Yo escondí el rostro en su cuello, apretando los ojos. Él rió despacio y volvió a acariciarme la cintura, esta vez con más ternura. —Hoy va a ser mejor. Te lo prometo — murmuró junto a mi oído—. Tengo una sorpresa para ti. —No quiero levantarme —susurré sin salir de mi escondite. —Entonces quédate. Solo un rato más. Así, conmigo. Y ahí, envuelta en él, por primera vez en días… no tuve miedo de quedarme quieta. Yo asentí apenas, escondida aún en su cuello, mientras él volvía a deslizar sus dedos por mi cintura, suaves, pausados, como si cada caricia le sirviera para memorizarme. Su nariz rozó la curva de mi oreja, apenas un roce, cálido y lento. Luego fueron sus labios, que acariciaron mi piel con ese aliento tibio que hizo que se me doblaran las rodillas… incluso acostada. —Me encanta cómo hueles en las mañanas —susurró, con esa voz baja, rasposa, llena de deseo contenido. Sin pensarlo, me moví un poco, girando apenas para quedar más de frente a él. No medí la distancia. Solo sentí… eso. Su cuerpo contra el mío. Su respiración agitada. Y entonces lo noté. La presión firme en su pantalón, contra mi cadera. Mi aliento se detuvo. Él no se movió. Pero sus ojos… sus ojos se oscurecieron. Me miró directo, con una intensidad que me atravesó. Mi corazón latía tan fuerte que dolía. —Annie… —dijo, apenas un susurro. Su mano en mi cintura apretó, como si pudiera leer lo que estaba pensando. Como si no quisiera soltarme. Mis labios se entreabrieron por reflejo, y él aprovechó para acercarme más. Su cuerpo contra el mío. Firme. Cálido. Aterradoramente tentador. Mis músculos se tensaron. La presión en mi vientre era casi insoportable. Lo deseaba. Dios, cómo lo deseaba. Él bajó la cabeza. Lento. Tan malditamente lento que el aire entre nosotros se volvió fuego. Estábamos a nada. A medio suspiro. A un segundo del desastre perfecto. Y entonces… La vi. En mi mente. A ella, la rubia. Su sonrisa. Sus brazos alrededor de él. El nudo en mi pecho se apretó de golpe, y sin pensarlo, me aparté bruscamente. Chase cayó hacia atrás sobre la almohada con un suspiro bajo, como si el momento se le escapara de las manos. —Voy a… ¿puedo bañarme? —murmuré, sin mirarlo, con la voz temblorosa y cargada de dudas. Él me sostuvo la mirada, sus ojos profundos y graves. —Nena… puedes hacer lo que quieras —dijo, con esa voz grave que me hizo temblar hasta los huesos. Asentí y me levanté con el corazón al galope y las manos temblorosas. Porque una parte de mí lo deseaba con locura. Y otra, no soportaba la idea de ser solo una más
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR