Capítulo 7

2707 Palabras
La puerta de mi departamento se cerró con un clic seco. Fue el sonido más fuerte del día. Solté las llaves en el mueble de la entrada, sin mirar. Dejé caer la mochila, el estetoscopio, la dignidad. Todo al suelo. Ni siquiera supe en qué momento mi espalda tocó la pared. Solo supe que estaba sentada en el piso, con la cabeza entre las rodillas y el alma en ruinas. El silencio me rodeaba, pero no era paz. Era ruido comprimido. Un grito guardado en el pecho que no sabía cómo salir. Hasta que las lágrimas no salieron con drama. No hubo sollozos ni gritos. Solo ese temblor interno que empieza en el estómago, sube al pecho… y termina por colapsarte el alma. Me encogí sobre mí misma. Me abracé como si pudiera contenerme. Pero no pude. Lloré. Por el error que casi le costó la vida a un paciente. Por todo lo que no soy. Por todo lo que no sé. Por lo que sentí cuando lo vi con ella. Por lo que creí que había entre nosotros… y tal vez nunca fue. —No soy suficiente —murmuré, al vacío— . Nunca lo he sido. Me encogí como una niña. Como la niña que fui la última vez que la vi respirar. Pensé en su voz. En cómo me acariciaba el cabello cuando tenía miedo. En lo que me diría si pudiera verme ahora. “Eres más fuerte de lo que crees, Annie.” Pero no lo era. No hoy. Hoy era la que casi pierde a un paciente. La que no pudo con la presión. La que se rompió en mil pedazos frente a Chase. La que sintió que su corazón se partía cuando lo vio con otra. Y la que más que todo… la que aún no ha podido vivir en un mundo donde su madre ya no está. —Te extraño —dije al aire, con la voz hecha cenizas—. Y no sé si puedo sola. No esperaba respuesta. Solo dejé que el dolor hiciera lo que quisiera conmigo. Porque esta vez… no quería pelear. Solo quería vaciarme. El piso estaba frío. Mi cuerpo, agotado. Me abracé las piernas. Lloré hasta que ya no supe si eran lágrimas, mocos o todo junto. Y cuando el llanto se fue apagando,quedó el silencio. No de paz. Sino de guerra terminada. Justo entonces, el teléfono empezó a sonar. Una vez, dos veces,tres. Miré la pantalla, temblando. Era Chase. Pero no tenía fuerzas para contestar. La música estridente del timbre parecía retumbar dentro de mi pecho. El teléfono siguió sonando, insistente, como si supiera que necesitaba oírlo. Lo dejé vibrar, solito, hasta que el silencio volvió a llenar la habitación. Me recosté en el suelo frío, abrazando mis rodillas, y cerré los ojos. No estaba lista. No todavía. Me levanté del suelo con esfuerzo. No quería estar más en esa casa vacía que solo me recordaba todo lo que había perdido. Respiré hondo y caminé hacia el clóset. Busqué sin pensar mucho y encontré una sudadera grande, vieja, pero cómoda. Me la puse de un solo tirón, subí la capucha y me miré al espejo con esos ojos rojos que apenas me reconocían. No estaba lista para enfrentar el mundo, pero necesitaba salir. Necesitaba aire, aunque fuera frío y cruel. Abrí la puerta y salí sin mirar atrás. Salí de la casa con la sudadera encima, la capucha bien puesta, casi tapándome la cara. No quería que nadie me viera así, frágil y hecha pedazos, aunque sabía que no había forma de esconder el desorden que llevaba por dentro. La noche estaba fría, y el aire se sentía como un golpe despiadado contra mi piel. Caminaba sin rumbo, como un espectro entre las sombras, tratando de encontrar un refugio para mis pensamientos, pero solo encontraba más ruido. Mientras mis pies me llevaban, mi mente hacía su propia ronda: el error que casi le cuesta la vida a ese paciente; la mirada fría de Chase cuando la distancia creció entre nosotros; la decepción en los ojos de Lara; la ausencia de mi madre, un vacío que dolía más que cualquier herida física. ¿Y si me despiden? ¿Y si nunca soy suficiente? ¿Y si esta profesión me destruye antes de que yo pueda siquiera construir algo? El teléfono vibró en mi mano. Miré la pantalla: llamadas perdidas de Chase y Lara, una tras otra. Me forzaba a no contestar, porque cada timbre era como una cuerda que me jalaba de regreso a la realidad que no quería enfrentar. Sin darme cuenta, llegué a la feria del pueblo. Luces brillantes, risas, música y el olor a algodón de azúcar llenaban el aire. Familias y parejas paseaban felices, ajenos a mis fantasmas. Por un momento, me pregunté si alguna vez podría sentir esa ligereza, esa felicidad. Volví a mirar el teléfono. Tenía varios mensajes de voz. Me senté en un banco, con las manos temblando, y abrí el primero. Era Chase, su voz agitada, casi jadeante, como si estuviera corriendo: —Annie, ¿dónde carajo estás? Por favor, contéstame, nena… por favor — El segundo mensaje era de Lara, más calmado, pero con una urgencia cargada de cariño: —Annie, sé que todo esto te está destrozando, pero no estás sola. Llámame cuando puedas. Te necesitamos. Apagué el teléfono y lo sostuve contra mi pecho, sintiendo como si fuera el único ancla a la realidad que todavía me quedaba. Quería responderles, pero el miedo y la culpa me mantenían paralizada. ¿Qué si no soy lo suficientemente buena para esto? ¿Qué si me despiden y pierdo todo? ¿Qué si Chase ya no me quiere? Miré las luces de la feria, el bullicio, la vida que seguía sin mí. Y supe que tenía que volver. Pero no sabía si estaba lista. Seguía sentada en el banco, el dolor en el pecho seguía ahí, instalado como una piedra imposible de tragar. Bajé la cabeza, dejándola entre mis piernas, intentando que el aire entrara otra vez. Despacio. Aunque cada respiración doliera. Cuando el temblor se calmó, me quedé quieta un momento más. Luego me incorporé, sin prisa. No quería volver. No todavía. Me dije que solo daría una vuelta más. Solo una. Caminé con la mirada al suelo, las manos en los bolsillos de la sudadera y el corazón hecho un desastre. Por un momento, pensé en subirme a la rueda de la fortuna. Estaba casi vacía. Tal vez desde arriba el mundo dolía menos. Metí la mano en el bolsillo y entonces lo recordé: había dejado todo. Mi cartera. Las llaves. Todo seguía tirado en el departamento. Perfecto. Incluso para subirme a una maldita atracción infantil, era un fracaso. Seguía caminando sin mirar, sin pensar, cuando choqué de frente contra algo sólido. No. No algo. Alguien. Me tambaleé, pero unos brazos me sujetaron con firmeza antes de caer. —Annie —dijo la voz que conocía de memoria. Levanté la vista y lo vi. Chase. No tenía idea de cómo me había encontrado. Solo sabía que estaba ahí. Mirándome con el ceño fruncido, la respiración agitada y los ojos fijos en mí como si le costara creer que estaba entera. Yo no lo estaba. Los ojos me ardían, y supe que estaban tan rojos como el resto de mí. No había disimulo posible. —Dios —murmuró. Me agarró y me abrazó. Fuerte. Sin preguntar. Sin permiso. Como si él también necesitara asegurarse de que yo estaba ahí. Me quedé rígida un segundo, tragándome las lágrimas que ya no tenían dónde esconderse. Y después… me rendí. Apoyé la frente en su pecho, cerré los ojos y lo dejé sostenerme. Como si al hacerlo, pudiera pegar de nuevo las partes rotas. —Estás temblando —susurró, con la voz baja, quebrada— . Joder, Annie, ¿por qué te fuiste así? Me volví loco buscándote. Tragué saliva. El nudo en mi garganta dolía más que cualquier herida. —Pensé que… pensé que algo te había pasado —añadió, apretándome más. Y por primera vez desde que salí de casa me sentí a salvo. Solo un poco. Solo por un segundo. —Solo quería desaparecer por un ratito — murmuré, con los ojos cerrados— . Pero ni para eso sirvo. Chase se quedó quieto. Como si mis palabras le hubieran cortado el aire. —No digas eso —susurró contra mi cabello—. No vuelvas a decir eso. Yo no respondí. No podía. Tenía miedo de romperme del todo si abría la boca. Pero él seguía ahí. Firme. Caliente. Como una ancla. Como una promesa muda de que no me iba a dejar hundirme sola. —Vales demasiado, cariño —murmuró, y fue la forma en que lo dijo… como si lo creyera de verdad… lo que terminó de quebrarme por dentro. No dije nada. Solo lo abracé más fuerte. Como si tuviera miedo de que, si lo soltaba, también me soltaría a mí misma. Después, sin soltarme del todo, tomó mi rostro con ambas manos. Sus ojos eran suaves, sin juicio. Solo preocupación… y cariño. Mucho cariño. —Vamos —dijo, en voz baja—. Te llevo a casa. A donde perteneces. No discutí, no podía. Solo asentí… y lo seguí. La noche seguía envuelta en murmullos y luces lejanas cuando Chase me tomó de la mano y caminamos en silencio hasta la entrada del parque. Ahí estaba: una motocicleta negra, con el motor aún tibio y el casco colgando del manubrio. Me detuve. —¿Moto? —pregunté, con las cejas levantadas—. ¿Desde cuándo tienes una? Él se giró, con esa media sonrisa torcida que empezaba a ser más peligrosa que su estetoscopio. —No es mía. La pedí prestada —dijo mientras tomaba el casco—. En auto tardaba más… y no podía perder tiempo. Se acercó. Me colocó el casco con cuidado, como si fuera de cristal. Sus dedos rozaron mis mejillas al ajustar la correa, lentos, atentos. Se quedó ahí un segundo más de lo necesario, mirándome como si necesitara memorizar que estaba bien. —Nunca más te desaparezcas así — murmuró, sin exigencia. Solo con un cansancio que dolía. No supe qué decir. Solo asentí. Y me dejé guiar hasta que subí detrás de él. Mis brazos se aferraron a su cintura como si de eso dependiera mi oxígeno. Y tal vez sí. Cuando arrancó la moto, sentí que algo en mí también se encendía. No felicidad. No todavía. Pero sí algo parecido a la esperanza. Cuando llegamos al departamento, Chase seguía sin soltar mi mano. La casa estaba en penumbras, solo iluminada por la luz suave que entraba desde la calle. No dijo nada. No hacía falta. Me guió hasta el sofá. Me senté. Él se agachó frente a mí, hasta que su rostro quedó a la altura del mío. —¿Quieres agua? —preguntó con voz suave, casi temerosa de romperme. Asentí sin mirarlo. El nudo en mi garganta seguía ahí, intacto. Lo vi alejarse hacia la cocina. La luz del refrigerador lo recortó por un segundo. Incluso en la oscuridad, parecía brillar un poco. Y yo solo quería dejar de sentirme tan inútil. Me abracé a mí misma, deseando desaparecer dentro de la tela de la sudadera, deseando no ser una carga, no fallar tanto. Cuando Chase volvió con el vaso de agua, sus pasos eran silenciosos pero tensos. Me lo ofreció sin decir palabra. Yo lo tomé con las manos temblorosas. Ni siquiera sabía si tenía sed. —Lo siento —murmuré, sin poder sostenerle la mirada. —No lo sientas, cariño… —dijo él, con esa voz grave que se colaba bajo la piel—. Eso le puede pasar a cualquiera. Negué con la cabeza, tragando duro. —A cualquiera no se le colapsa el mundo con un solo error. A cualquiera no lo paraliza el miedo. A cualquiera no se le muere un paciente. —A cualquiera no mata a alguien, Chase. Solo a mí —escupí con la voz hecha trizas, más con rabia hacia mí misma que con dolor. Él reaccionó al instante. Me sostuvo el rostro entre sus manos, con fuerza, pero sin herirme. Con la firmeza de quien no está dispuesto a dejarte caer. —Hey. Mírame. —Chase —No. Mírame, Annie. Lo hice. A duras penas. Y cuando lo miré, sus ojos ardían. No de enojo. De impotencia. De querer meterse dentro de mi cabeza y borrar todo ese veneno. —No lo mataste. ¿Me escuchas? No lo mataste. —Pero si llega a morir —Si llega a morir, será porque estaba en una situación crítica, no por ti. Lo estabilizaste antes de colapsar. Estabas sola, con presión encima y lo hiciste lo mejor que pudiste. —Y no fue suficiente —¡Sí lo fue! —alzó la voz apenas, con la mandíbula apretada—. No puedes cargar con todo como si fueras una maldita máquina. Eres humana, Annie. Humana. Mis ojos se nublaron otra vez. Me tapé el rostro con las manos, pero él me las quitó. Su frente rozó la mía. —Si me vieras como yo te veo, entenderías lo fuerte que eres. Y te juro que no voy a parar hasta que lo entiendas. Me quedé quieta. Respirando con dificultad, como si el aire pesara. Pero su presencia, su voz, su calor. Era lo único que no dolía. Las lágrimas me quemaron los ojos otra vez, pero esta vez… no eran punzantes. Solo estaban ahí, saliendo sin permiso, como si mi cuerpo supiera que ya no tenía que fingir fuerza frente a él. Chase me quitó el vaso con cuidado, lo dejó sobre la mesa, y con una sola mano en mi cintura, me atrajo hasta él. Me levantó con facilidad, como si no pesara nada, y me subió a su regazo. Me aferré a él como una náufraga. —Estás temblando —susurró, acariciándome la mejilla con la yema de los dedos—. No quiero que pases esto sola, nena. Sus brazos me envolvieron, firmes, cálidos. Sentí su pecho contra el mío, su aliento cerca de mi oreja, y por un instante, todo dejó de doler tanto. Me escondí en su cuello como si pudiera desaparecer ahí. Como si ese lugar fuera el único refugio en un mundo que no dejaba de golpearme. Él empezó a acariciarme el cabello con una lentitud que dolía. Luego bajó la mano por mi espalda, subiendo y bajando en un vaivén calmado que me arrancaba suspiros silenciosos. Su otra mano seguía en mi cintura, con el pulgar haciendo pequeños círculos apenas bajo la tela de mi sudadera. No hablábamos. Solo existíamos. Su pecho subía y bajaba, lento. El mío, todavía acelerado. Pero comenzaba a imitarlo, a calmarse, a volver al ritmo de alguien que me sostenía como si no pensara soltarme nunca. Chase apoyó sus labios en mi frente. Un beso lento. Luego otro, en la sien. Y otro más cerca de mi oreja. Cada uno más tierno, más íntimo. —No tienes que ser fuerte todo el tiempo — murmuró, con voz rasposa—. No conmigo. Mis dedos se aferraron a su camiseta, arrugándola sin querer. No quería que se alejara. No quería que dejara de acariciarme, de besarme con esa delicadeza que me hacía sentir… viva. Sus labios rozaron mi mejilla húmeda, mis párpados. Un roce apenas. Como si me sellara con ellos. Como si cada beso fuera un “te tengo” sin necesidad de decirlo. Sus manos seguían en mi espalda. Una subía por mi nuca, se perdía en mi pelo. La otra se quedó en mi cadera, firme. Anclándome. Me acurruqué más en su pecho. Él me apretó un poco más. Y ahí, en ese espacio entre su aliento y su calor, entre sus besos suaves y sus manos protectoras. Me rendí. Y antes de caer por completo en el sueño, sentí un último beso, más lento, justo en la comisura de mis labios. Tal vez estaba soñando. Porque no podía ser real… no podía ser tan suave, tan preciso, tan justo lo que mi alma necesitaba para no romperse del todo. Y después me quedé dormida.
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