Capítulo 6

1508 Palabras
Después del desayuno con Chase. Volví al área de urgencias con la sonrisa aún viva en los labios. Era absurdo lo mucho que unas palabras suaves, un café caliente y una mirada como la de Chase podían hacer que todo pareciera más soportable. Por un momento creí que iba a ser un buen día. Mi primer error. El ala sur del hospital estaba inusualmente tranquila. El tipo de tranquilidad que uno no se cree ni a palos. No había llamadas por el intercomunicador. No había gritos en los pasillos. Las enfermeras hasta bromeaban entre ellas como si estuviéramos en una comedia médica… y no en un campo de guerra con luz blanca. Lara me vio llegar y alzó una ceja. —¿Quién te dio permiso de venir tan sonriente? —Buenos días a ti también, bruja del café — respondí, dejando mi mochila sobre el escritorio. —Hoy te ves peligrosa. —Porque dormí más de tres horas seguidas. Y porque desayuné con Chase. Dos milagros antes de las ocho. —Eso explica el brillo homicida en tus ojos —murmuró, hojeando una carpeta—. ¿Lista para ver al paciente de la 307? —Lista, lista… no. Pero ya estoy aquí, así que qué más da. Nos pusimos los guantes y entramos. El paciente era un hombre mayor, con historial de fibrilación auricular, una sonrisa tranquila… y un monitor que mostraba una lectura sospechosa. —¿Qué ves? —preguntó Lara, probándome. Miré la pantalla. Recordé lo que Chase me había explicado el día anterior, dibujándome literalmente las ondas en una servilleta como si me enseñara a leer jeroglíficos. Me acerqué un poco más, revisé la frecuencia y el ritmo. Sentí el corazón martillando en mi garganta, pero esta vez… no dejé que me paralizara. —No es taquicardia ventricular. Parece una bigeminia. Y… creo que el marcapasos está sobrestimulado. Podría ser una interferencia. Lara me miró. No dijo nada. Pero su ceja derecha hizo un pequeño salto de sorpresa. En ese momento, la puerta se abrió. Entró la jefa del departamento. Siempre impecable, siempre con la mirada de “sé exactamente cuántas veces pestañeaste desde que llegaste”. —¿Qué ocurre aquí? —preguntó. Yo tragué saliva. Pero repetí el diagnóstico con calma. Y, por primera vez desde que empecé esta locura de residencia… no tartamudeé. La jefa asintió. Ni una palabra de más. Solo una pequeña inclinación de cabeza. Pero eso fue suficiente para que mi corazón hiciera una fiesta silenciosa. Cuando salimos de la habitación, Lara me palmeó la espalda. —Mira nada más… la aprendiz de Chase va aprendiendo. Sonreí. No dije nada. Pero por dentro, me sentía como si hubiera ganado un mini Oscar por “mejor escena médica de una novata en crisis”. Salí de la habitación con la sonrisa más tonta y feliz que me había visto en semanas. Lo logré. Mi diagnóstico fue correcto. La jefa no me fulminó con la mirada. Incluso Lara no hizo ningún comentario sarcástico. Mi corazón iba a mil… pero por primera vez no era por ansiedad, sino por orgullo. Quería compartirlo. Con él. Caminé por los pasillos con el celular en la mano, pensando si le mandaba un mensaje o lo buscaba directamente. No quería texto, quería su cara. Su sonrisa orgullosa. Su voz diciéndome “te lo dije, nena”. Lo vi a lo lejos, por la zona de descanso de médicos. Estaba de espaldas, su bata colgando de uno de los brazos. Se veía cansado, despeinado… perfecto. Apuré el paso. Pero me detuve de golpe. Una chica, una rubia, alta, de esas que parecen haber salido de un catálogo de ropa quirúrgica de lujo, se le acercó por detrás y le rodeó el cuello con los brazos. Él no pareció resistirse. De hecho, sonrió. Ella se rió. Tocó su mejilla. Le dijo algo al oído que no alcancé a oír. Y entonces lo abrazó más fuerte. Como si no fuera la primera vez que lo hacía. Mi cuerpo entero se quedó helado. No podía respirar bien. Retrocedí un paso, solo uno, pero choqué con la esquina de una camilla. Mi tablet se movió en mi brazo, casi se me cae. Me pegué a la pared, bajé la mirada, esperando que no me viera. Porque si me veía con esa cara… iba a preguntar. Y si me preguntaba, iba a romperme. Así que me di la vuelta, despacio, sin hacer ruido. Y caminé en dirección contraria. Apretando los labios. Tragándome esa emoción absurda, injusta, sin sentido. No somos nada. No me debe explicaciones. No me prometió nada. Pero porque me duele tanto ? Entonces, justo en ese silencio pesado, sonó mi buscapersonas. Un pitido frío que rompió mis pensamientos y me recordó que, aunque mi corazón estuviera hecho trizas, el mundo no se detiene por nadie. Miré el número en la pantalla, pero no tenía ganas de contestar. Me quedé ahí, congelada, preguntándome si alguna vez podría dejar de doler así. Tomé aire hondo, limpié rápido mis ojos, consciente de que tenía que volver a ser fuerte, aunque mi corazón estuviera hecho pedazos. Un sonido agudo cortó el aire. Bip. Bip. Bip. El buscapersonas vibró contra mi pecho. “Urgencias. Código azul. Habitación 406.” —¡Annie! —Lara apareció en la esquina del pasillo, seria, sin espacio para preguntas— . Código azul. Necesitamos manos. Asentí, apretando los labios. Ella no notó mis ojos rojos. O tal vez sí, pero no era el momento. Corrimos juntas por el pasillo. Mi corazón latía más rápido que mis pasos. El hospital, como siempre, no se detenía por nadie. Cuando llegamos, la habitación era un caos controlado. —Paciente masculino, 63 años —gritó alguien—. Posible tromboembolismo pulmonar. Saturación bajando, sin respuesta a oxígeno. ¡Preparando intubación! Vi el rostro del paciente. Azul. Inmóvil. Mi pulso se disparó. —¡Línea periférica! —ordenó la jefa, y alguien colocó los guantes frente a mí— . Annie, colócala tú. Tragué saliva. Me temblaban las manos. Era ahora. O todo lo que había aprendido se convertiría en polvo. Me acerqué, busqué la vena… pero dudé. Un segundo,dos. El monitor chilló. Las líneas cayeron en picada. —¡Ahora, residente! ¡La línea! —gritó alguien detrás de mí. Piqué mal. La aguja no entró donde debía. La sangre salió mal. El paciente convulsionó. Un grito. El desfibrilador. Chase entró en ese momento, su rostro tenso. Miró la escena. A mí. Me congelé. Me quitaron el set de las manos. Otro residente tomó mi lugar. Yo retrocedí un paso. Después otro. Hasta que estuve contra la pared, jadeando. Sentía que me faltaba el aire. Lo había hecho mal. Podía haberlo matado. La jefa gritaba instrucciones. Todo seguía en marcha. Pero para mí… el mundo se había detenido. Me apoyé contra la pared, pero ni siquiera eso bastó para sostenerme. Mis pulmones no respondían. Como si el aire se hubiera vuelto espeso, imposible. Intenté tragar saliva. No pude. El zumbido en mis oídos era tan fuerte que no escuchaba nada más. Todo giraba. Todo dolía. Y, sin embargo, nadie parecía notarlo. Vi las batas moverse, los gritos cruzarse, el equipo salvando la vida del paciente que yo casi mato… Y me sentí invisible. Inútil. Estorbo. Mi pecho subía y bajaba con desesperación. Pero el oxígeno no entraba. —Annie —una voz, suave pero urgente, me sacó del trance. Era Chase. No sé en qué momento se me acercó. Ni cómo me encontró entre tanto desastre. Solo sé que su mano estaba en mi espalda y su frente cerca de la mía. —Mírame. Respira conmigo —dijo con calma. No podía. —Annie. Aquí. Ahora. Solo tú y yo. ¿Me escuchas? Asentí con un leve movimiento de cabeza, aunque no estaba segura. —Inhala conmigo. Uno… dos… tres… Eso. Exhala. Bien. Otra vez. Uno… dos… Su voz me ancló. Me sostuvo cuando mi cuerpo ya no quería. Poco a poco, el temblor en mis manos se detuvo. Las lágrimas empezaron a caer, sí… pero podía respirar. Con esfuerzo. Con miedo. Pero podía. —No lo logré —murmuré, apenas un susurro—. Lo arruiné todo. —No, nena —dijo él, y su tono me rompió más—. Tuviste un mal momento. Eso no te define. Me abrazó. Sin preguntar, sin dudar. Y en ese segundo sentí que podía volver a armarme. Pero entonces… —Chase —la voz femenina rompió el momento como un cristal estallando. La rubia. La residente. O enfermera. O quién sabe qué. No importaba quién era. Importaba cómo lo miraba. Y lo peor fue que él… la miró de vuelta. El cuerpo se me tensó. Me alejé de su abrazo con torpeza. Como si me quemara. Un paso atrás. Luego otro. Chase quiso decir algo, pero ya no lo escuché. Giré en seco, y cuando estuve cerca de la salida, corrí. Corrí como si el pasillo ardiera. Como si huir me salvara del colapso que ya traía dentro.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR