Después del desayuno con Chase.
Volví al área de urgencias con la sonrisa aún
viva en los labios.
Era absurdo lo mucho que unas palabras
suaves, un café caliente y una mirada como
la de Chase podían hacer que todo pareciera
más soportable.
Por un momento creí que iba a ser un buen
día. Mi primer error.
El ala sur del hospital estaba inusualmente
tranquila. El tipo de tranquilidad que uno no
se cree ni a palos.
No había llamadas por el intercomunicador.
No había gritos en los pasillos. Las
enfermeras hasta bromeaban entre ellas
como si estuviéramos en una comedia
médica… y no en un campo de guerra con luz
blanca.
Lara me vio llegar y alzó una ceja.
—¿Quién te dio permiso de venir tan
sonriente?
—Buenos días a ti también, bruja del café —
respondí, dejando mi mochila sobre el
escritorio.
—Hoy te ves peligrosa.
—Porque dormí más de tres horas seguidas.
Y porque desayuné con Chase. Dos milagros
antes de las ocho.
—Eso explica el brillo homicida en tus ojos
—murmuró, hojeando una carpeta—. ¿Lista
para ver al paciente de la 307?
—Lista, lista… no. Pero ya estoy aquí, así que
qué más da.
Nos pusimos los guantes y entramos.
El paciente era un hombre mayor, con
historial de fibrilación auricular, una sonrisa
tranquila… y un monitor que mostraba una
lectura sospechosa.
—¿Qué ves? —preguntó Lara, probándome.
Miré la pantalla. Recordé lo que Chase me
había explicado el día anterior, dibujándome
literalmente las ondas en una servilleta
como si me enseñara a leer jeroglíficos.
Me acerqué un poco más, revisé la frecuencia
y el ritmo. Sentí el corazón martillando en mi
garganta, pero esta vez… no dejé que me
paralizara.
—No es taquicardia ventricular. Parece una
bigeminia. Y… creo que el marcapasos está
sobrestimulado. Podría ser una
interferencia.
Lara me miró. No dijo nada. Pero su ceja
derecha hizo un pequeño salto de sorpresa.
En ese momento, la puerta se abrió. Entró la
jefa del departamento. Siempre impecable,
siempre con la mirada de “sé exactamente
cuántas veces pestañeaste desde que
llegaste”.
—¿Qué ocurre aquí? —preguntó.
Yo tragué saliva. Pero repetí el diagnóstico
con calma. Y, por primera vez desde que
empecé esta locura de residencia… no
tartamudeé.
La jefa asintió. Ni una palabra de más. Solo
una pequeña inclinación de cabeza.
Pero eso fue suficiente para que mi corazón
hiciera una fiesta silenciosa.
Cuando salimos de la habitación, Lara me
palmeó la espalda.
—Mira nada más… la aprendiz de Chase va
aprendiendo.
Sonreí. No dije nada. Pero por dentro, me
sentía como si hubiera ganado un mini Oscar
por “mejor escena médica de una novata en
crisis”.
Salí de la habitación con la sonrisa más tonta
y feliz que me había visto en semanas.
Lo logré.
Mi diagnóstico fue correcto. La jefa no me
fulminó con la mirada. Incluso Lara no hizo
ningún comentario sarcástico. Mi corazón
iba a mil… pero por primera vez no era por
ansiedad, sino por orgullo.
Quería compartirlo. Con él.
Caminé por los pasillos con el celular en la
mano, pensando si le mandaba un mensaje o
lo buscaba directamente. No quería texto,
quería su cara. Su sonrisa orgullosa. Su voz
diciéndome “te lo dije, nena”.
Lo vi a lo lejos, por la zona de descanso de
médicos. Estaba de espaldas, su bata
colgando de uno de los brazos. Se veía
cansado, despeinado… perfecto.
Apuré el paso.
Pero me detuve de golpe.
Una chica, una rubia, alta, de esas que
parecen haber salido de un catálogo de ropa
quirúrgica de lujo, se le acercó por detrás y
le rodeó el cuello con los brazos. Él no
pareció resistirse. De hecho, sonrió.
Ella se rió. Tocó su mejilla. Le dijo algo al
oído que no alcancé a oír. Y entonces lo
abrazó más fuerte. Como si no fuera la
primera vez que lo hacía.
Mi cuerpo entero se quedó helado.
No podía respirar bien. Retrocedí un paso,
solo uno, pero choqué con la esquina de una
camilla. Mi tablet se movió en mi brazo, casi
se me cae. Me pegué a la pared, bajé la
mirada, esperando que no me viera.
Porque si me veía con esa cara… iba a
preguntar. Y si me preguntaba, iba a
romperme.
Así que me di la vuelta, despacio, sin hacer
ruido.
Y caminé en dirección contraria.
Apretando los labios.
Tragándome esa emoción absurda, injusta,
sin sentido.
No somos nada.
No me debe explicaciones.
No me prometió nada.
Pero porque me duele tanto ?
Entonces, justo en ese silencio pesado, sonó
mi buscapersonas.
Un pitido frío que rompió mis pensamientos
y me recordó que, aunque mi corazón
estuviera hecho trizas, el mundo no se
detiene por nadie.
Miré el número en la pantalla, pero no tenía
ganas de contestar.
Me quedé ahí, congelada, preguntándome si
alguna vez podría dejar de doler así.
Tomé aire hondo, limpié rápido mis ojos,
consciente de que tenía que volver a ser
fuerte, aunque mi corazón estuviera hecho
pedazos.
Un sonido agudo cortó el aire.
Bip. Bip. Bip.
El buscapersonas vibró contra mi pecho.
“Urgencias. Código azul. Habitación 406.”
—¡Annie! —Lara apareció en la esquina del
pasillo, seria, sin espacio para preguntas—
.
Código azul. Necesitamos manos.
Asentí, apretando los labios. Ella no notó mis
ojos rojos. O tal vez sí, pero no era el
momento.
Corrimos juntas por el pasillo. Mi corazón
latía más rápido que mis pasos. El hospital,
como siempre, no se detenía por nadie.
Cuando llegamos, la habitación era un caos
controlado.
—Paciente masculino, 63 años —gritó
alguien—. Posible tromboembolismo
pulmonar. Saturación bajando, sin respuesta
a oxígeno. ¡Preparando intubación!
Vi el rostro del paciente. Azul. Inmóvil.
Mi pulso se disparó.
—¡Línea periférica! —ordenó la jefa, y
alguien colocó los guantes frente a mí—
.
Annie, colócala tú.
Tragué saliva. Me temblaban las manos.
Era ahora. O todo lo que había aprendido se
convertiría en polvo.
Me acerqué, busqué la vena… pero dudé.
Un segundo,dos.
El monitor chilló. Las líneas cayeron en
picada.
—¡Ahora, residente! ¡La línea! —gritó
alguien detrás de mí.
Piqué mal.
La aguja no entró donde debía.
La sangre salió mal. El paciente convulsionó.
Un grito. El desfibrilador.
Chase entró en ese momento, su rostro
tenso. Miró la escena. A mí.
Me congelé.
Me quitaron el set de las manos. Otro
residente tomó mi lugar.
Yo retrocedí un paso. Después otro. Hasta
que estuve contra la pared, jadeando.
Sentía que me faltaba el aire.
Lo había hecho mal. Podía haberlo matado.
La jefa gritaba instrucciones. Todo seguía en
marcha.
Pero para mí… el mundo se había detenido.
Me apoyé contra la pared, pero ni siquiera
eso bastó para sostenerme.
Mis pulmones no respondían. Como si el aire
se hubiera vuelto espeso, imposible.
Intenté tragar saliva. No pude.
El zumbido en mis oídos era tan fuerte que
no escuchaba nada más.
Todo giraba.
Todo dolía.
Y, sin embargo, nadie parecía notarlo.
Vi las batas moverse, los gritos cruzarse, el
equipo salvando la vida del paciente que yo
casi mato…
Y me sentí invisible. Inútil. Estorbo.
Mi pecho subía y bajaba con desesperación.
Pero el oxígeno no entraba.
—Annie —una voz, suave pero urgente, me
sacó del trance.
Era Chase. No sé en qué momento se me
acercó. Ni cómo me encontró entre tanto
desastre.
Solo sé que su mano estaba en mi espalda y
su frente cerca de la mía.
—Mírame. Respira conmigo —dijo con
calma.
No podía.
—Annie. Aquí. Ahora. Solo tú y yo. ¿Me
escuchas?
Asentí con un leve movimiento de cabeza,
aunque no estaba segura.
—Inhala conmigo. Uno… dos… tres…
Eso. Exhala. Bien. Otra vez. Uno… dos…
Su voz me ancló. Me sostuvo cuando mi
cuerpo ya no quería.
Poco a poco, el temblor en mis manos se
detuvo.
Las lágrimas empezaron a caer, sí… pero
podía respirar.
Con esfuerzo. Con miedo. Pero podía.
—No lo logré —murmuré, apenas un
susurro—. Lo arruiné todo.
—No, nena —dijo él, y su tono me rompió
más—. Tuviste un mal momento. Eso no te
define.
Me abrazó. Sin preguntar, sin dudar. Y en ese
segundo sentí que podía volver a armarme.
Pero entonces…
—Chase —la voz femenina rompió el
momento como un cristal estallando.
La rubia. La residente. O enfermera. O quién
sabe qué.
No importaba quién era. Importaba cómo lo
miraba.
Y lo peor fue que él… la miró de vuelta.
El cuerpo se me tensó.
Me alejé de su abrazo con torpeza. Como si
me quemara.
Un paso atrás. Luego otro.
Chase quiso decir algo, pero ya no lo
escuché.
Giré en seco, y cuando estuve cerca de la
salida, corrí.
Corrí como si el pasillo ardiera. Como si huir
me salvara del colapso que ya traía dentro.