Algo tibio me rozaba la mejilla.
Un susurro.
Luego otro.
Y después… algo entre un beso y una caricia.
—Levántate, nena —murmuró Chase,
apenas rozando mi piel con los labios.
Me removí entre las cobijas, con la cara
hundida en la almohada y la voz pastosa del
sueño profundo.
—Cinco minutos más… o hazme café
intravenoso
Chase se rió bajito. Su risa me acarició el
cuello como una promesa peligrosa.
—Te prometí que hoy te iba a enseñar yo —
dijo, y volvió a besarme suavemente en la
sien—. Pero tienes que abrir los ojos. Vamos,
doctora en prácticas. El mundo necesita tus
torpezas.
Abrí un ojo. Solo uno. Lo suficiente para
notar que su rostro estaba a centímetros del
mío.
Me congelé.
Solo podía mirarlo a los ojos… y maldita sea,
se veía guapísimo recién levantado. Tenía el
cabello despeinado, la voz ronca y esos ojos
cargados de algo que no supe (o no quise)
descifrar.
La línea de su mandíbula parecía más
marcada, más peligrosa. Más todo.
Y entonces, su mirada bajó.
Primero a mis labios.
Después… a mi cuello.
Sentí el calor treparme por la piel como una
corriente eléctrica.
Su mano, que descansaba tranquila sobre mi
cintura, subió un poco. El pulgar rozó mi
costado desnudo por debajo de la camiseta y
mi cuerpo lo sintió como si me hubiera
tocado el alma.
—Buenos días —murmuró, con una sonrisa
tan suave que dolía.
—No sé si esto es un despertar… o un
intento de infarto —dije sin pensar, y mi voz
sonó más ronca de lo que me habría gustado.
Sus labios se curvaron con picardía.
—Si alguna vez te voy a matar, Annie… será
de otra forma.
Lo dijo tan bajito, tan cerca, que por un
momento pensé que iba a besarme.
Y juro que no me habría movido ni un
centímetro.
Pero entonces, su buscapersonas vibró
contra la mesita.
Ambos lo escuchamos.
Chase cerró los ojos un segundo. Soltó un
suspiro largo, frustrado.
—Mierda —murmuró, y retrocedió apenas,
pero no sin antes dejar un beso rápido y
dulce en mi frente.
Se puso de pie con calma, pero antes de
alejarse, me miró con esa media sonrisa
torcida que siempre me desarma.
—No desayunes sin mí, ¿sí? —dijo, con voz
grave—. Te espero… y después te enseño.
Sus ojos se quedaron un segundo más en los
míos. Intensos. Inquebrantables. Casi como
una promesa.
Y se fue.
Dejándome ahí, enredada entre sábanas, el
pecho apretado y la mente muy despierta,
pensando en todas las formas en las que
Chase podía enseñarme… lo que fuera.
Me quedé un par de segundos mirando la
puerta por donde Chase había salido.
Mis dedos rozaron mi frente, justo donde me
había besado. Sí, era un beso común. Y sí, lo
había hecho otras veces. Pero esta vez… esta
vez se sintió distinto.
Me obligué a levantarme de la cama. El
cuerpo me dolía como si hubiera corrido una
maratón cargando una ambulancia, pero
algo dentro de mí —algo muy parecido a la
esperanza— me empujó al baño.
Dejé que el agua caliente hiciera lo suyo.
Cerré los ojos bajo la regadera, dejé que me
limpiara el cansancio, las dudas… y esa
necesidad constante de rendirme.
Salí con el cabello húmedo, enredado en una
toalla, y me detuve frente al espejo.
Hoy no era el día más importante de mi vida.
Tampoco el más fácil.
Pero, por alguna razón que ni yo entendía
del todo, quería verme bien.
Para mí, o al menos eso me repetía.
Me puse un pantalón cómodo, una blusa que
me hacía sentir linda sin esfuerzo, y un poco
de maquillaje… lo justo para no parecer un
zombi con título universitario.
Cuando terminé, me miré en el espejo una
última vez.
No era una diosa, ni una heroína, ni una
experta.
Pero tenía el corazón un poquito más firme.
Y una sonrisa estúpidamente feliz en los
labios.
Gracias a Chase.
El día parecía prometer algo bueno.
Llegué temprano. Sin correr. Sin café en la
bata.
Y, para colmo, Chase me había mandado mi
café favorito antes de que yo siquiera pisara
el hospital.
Pequeños milagros existen. Se llaman
“mensaje de Chase a las 7:22 a.m.” con un
“Ya te dejé tu café en la sala de descanso. No
te duermas de pie, nena”.
Lo abrí. Estaba calientito. Y dulce. Como él.
(Ok, eso último no lo dije en voz alta.
Espero.)
Di un sorbo y cerré los ojos un segundo,
como si pudiera atrapar ese momento en la
punta de la lengua.
Y, por un segundo, lo pensé.
Tal vez… mudarme con Chase no era tan
mala idea después de todo.
Digo, me levanté entre sus brazos, me dejó
café listo, y anoche me salvó de una crisis
emocional con solo abrazarme.
Eso no suena como un mal comienzo.
Aunque claramente, esto no lo estoy
pensando demasiado… ¿verdad?
Tomé el café y me senté junto a la ventana,
mirando cómo el sol se filtraba entre los
edificios del hospital. Afuera todo seguía tan
caótico como siempre. Pero por dentro
yo estaba en pausa.
Por unos minutos nadie gritaba mi nombre.
Ningún paciente se estaba descompensando.
No me había equivocado de sala ni de
apellido.
Silencio. Café. Y la absurda idea de que, tal
vez, podía con esto.
Y justo cuando empezaba a sentirme como
una adulta funcional, entró Chase.
—¿Lista para el desayuno de los semidioses
hospitalarios? —preguntó, levantando una
bolsa de papel como si llevara dentro la cura
del cansancio crónico.
—Si trae carbohidratos, soy toda tuya —dije,
siguiéndolo hasta la mesa con el café aún
entre mis dedos.
Nos sentamos. Él sacó dos sándwiches de
huevo con espinaca, fruta picada y hasta jugo
natural.
—¿Desde cuándo eres tan saludable? —
pregunté, alzando una ceja.
—Desde que tú cenas galletas y estudias
hasta que te duermes en la tabla de
medicamentos.
Chase abrió su libreta negra, la que siempre
llevaba en el bolsillo de la bata.
—Vamos a aprovechar que no hay caos —
dijo, y me pasó una hoja doblada con su letra
desordenada pero clara.
—¿En serio? ¿Ahora? ¿Mientras como? —
dije con la boca llena de sándwich.
—Claro, es cuando estás menos estresada.
Tu cerebro no puede entrar en pánico si
tiene pan en la mano —bromeó, dándome un
guiño.
Suspiré… pero tomé la hoja.
“Manejo inicial del paciente inestable” estaba
escrito en el encabezado.
—¿Ya viste esto? —me preguntó señalando
un algoritmo de decisiones.
—Sí. Lo vi… colapsando junto conmigo ayer.
Chase rió bajito.
—Por eso lo vamos a repasar. Esta vez sin
que se te caiga encima la bandeja de
instrumental.
Apoyó el codo en la mesa y comenzó a
explicarme con calma.
Paso por paso. Como si no tuviera prisa.
Como si yo sí pudiera.
—Primero, siempre evalúas la vía aérea. No
importa si el paciente llegó sin pierna, Annie,
si no respira, no hay pierna que salvar.
—Ok… vía aérea primero —anoté con una
mancha de mayonesa en el borde del papel.
—Después, circulación. Y nunca te olvides
del ABCD. “A veces Cenar Bien es Difícil”,
como lo tuyo.
—No inventaste eso —dije entre risas.
—Lo adapté para ti. Es mi versión médica
personalizada.
Lo miré.
No había sarcasmo. No había juicio. Solo esa
manera suya de explicarme como si yo
tuviera el potencial de ser la mejor residente
del año.
Y por primera vez no me sentí una carga.
Ni un error con piernas.
Me sentí en proceso. Y no tan sola.
—Gracias —le dije bajito.
Él me miró un segundo.
Y, como si pudiera leer lo que no dije,
murmuró:
—Annie, eres más lista de lo que te das
crédito. Solo necesitas que alguien lo repita
hasta que te lo creas tú también.
Nos quedamos callados. Masticando en paz.
Y en mi cabeza… no había ruido.
Solo esa frase suya, dando vueltas como un
mantra nuevo.
Chase me miraba mientras revolvía su café
como si pensara en voz baja.
—¿Sabes? —dije, jugando con el borde de mi
vaso—. A veces pienso que todo esto me
queda enorme. Como si todos supieran lo
que hacen menos yo.
Él apoyó los codos sobre la mesa,
acercándose un poco.
—¿Y tú crees que yo sabía lo que hacía en mi
primer año?
—Bueno… tú tienes cara de saberlo todo
desde que naciste —bromeé.
Chase rió bajo. Esa risa que vibra más que
suena.
—Créeme, Annie. Yo también confundí una
vía con una sonda. Un paciente terminó con
una bolsa en el lugar equivocado.
—¿En serio?
—Bueno, tal vez no tan mal… pero se me
cayó una bandeja de instrumental en plena
cirugía y casi mato de un infarto al cirujano.
Me reí, más de lo que debería.
—Eso me hace sentir un poquito mejor —
dije, y me quedé mirándolo.
Había algo en él que se sentía como un
respiro. Como una tregua en medio del caos.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Por qué empezaste
en esto?
Chase bajó la mirada a su taza, la giró entre
las manos un segundo y luego respondió, sin
levantar la voz:
—Al principio solo quería tener una excusa
para no volver a casa. Pero después…
encontré algo. Me di cuenta de que cuando
ayudas a alguien a vivir, aunque sea un poco,
también te estás recordando a ti mismo
cómo hacerlo.
Mi corazón dio un vuelco suave. Me dieron
ganas de abrazarlo. O besarlo. O ambas.
Él me sonrió, pero no de forma grandiosa.
Fue una sonrisa pequeña, honesta. Como si
se le escapara sin querer.
—Oye, Chase
—¿Sí?
—¿Siempre eres así de perfecto antes del
mediodía o solo conmigo?
Él arqueó una ceja, divertido.
—Solo contigo. Pero no lo digas, arruinarías
mi reputación de tipo difícil.
—Muy tarde —dije entre risas—. Ya le dije a
Lara que eres como un golden retriever
vestido de cirujano.
Chase se rió, se inclinó un poco sobre la
mesa y me susurró:
—Y tú eres una pesadilla con bata… pero te
estás volviendo mi favorita.
Y por primera vez en días, no sentí que
estaba perdiendo la cabeza. Solo… cayendo
un poquito más.”