Capítulo 5

1770 Palabras
Algo tibio me rozaba la mejilla. Un susurro. Luego otro. Y después… algo entre un beso y una caricia. —Levántate, nena —murmuró Chase, apenas rozando mi piel con los labios. Me removí entre las cobijas, con la cara hundida en la almohada y la voz pastosa del sueño profundo. —Cinco minutos más… o hazme café intravenoso Chase se rió bajito. Su risa me acarició el cuello como una promesa peligrosa. —Te prometí que hoy te iba a enseñar yo — dijo, y volvió a besarme suavemente en la sien—. Pero tienes que abrir los ojos. Vamos, doctora en prácticas. El mundo necesita tus torpezas. Abrí un ojo. Solo uno. Lo suficiente para notar que su rostro estaba a centímetros del mío. Me congelé. Solo podía mirarlo a los ojos… y maldita sea, se veía guapísimo recién levantado. Tenía el cabello despeinado, la voz ronca y esos ojos cargados de algo que no supe (o no quise) descifrar. La línea de su mandíbula parecía más marcada, más peligrosa. Más todo. Y entonces, su mirada bajó. Primero a mis labios. Después… a mi cuello. Sentí el calor treparme por la piel como una corriente eléctrica. Su mano, que descansaba tranquila sobre mi cintura, subió un poco. El pulgar rozó mi costado desnudo por debajo de la camiseta y mi cuerpo lo sintió como si me hubiera tocado el alma. —Buenos días —murmuró, con una sonrisa tan suave que dolía. —No sé si esto es un despertar… o un intento de infarto —dije sin pensar, y mi voz sonó más ronca de lo que me habría gustado. Sus labios se curvaron con picardía. —Si alguna vez te voy a matar, Annie… será de otra forma. Lo dijo tan bajito, tan cerca, que por un momento pensé que iba a besarme. Y juro que no me habría movido ni un centímetro. Pero entonces, su buscapersonas vibró contra la mesita. Ambos lo escuchamos. Chase cerró los ojos un segundo. Soltó un suspiro largo, frustrado. —Mierda —murmuró, y retrocedió apenas, pero no sin antes dejar un beso rápido y dulce en mi frente. Se puso de pie con calma, pero antes de alejarse, me miró con esa media sonrisa torcida que siempre me desarma. —No desayunes sin mí, ¿sí? —dijo, con voz grave—. Te espero… y después te enseño. Sus ojos se quedaron un segundo más en los míos. Intensos. Inquebrantables. Casi como una promesa. Y se fue. Dejándome ahí, enredada entre sábanas, el pecho apretado y la mente muy despierta, pensando en todas las formas en las que Chase podía enseñarme… lo que fuera. Me quedé un par de segundos mirando la puerta por donde Chase había salido. Mis dedos rozaron mi frente, justo donde me había besado. Sí, era un beso común. Y sí, lo había hecho otras veces. Pero esta vez… esta vez se sintió distinto. Me obligué a levantarme de la cama. El cuerpo me dolía como si hubiera corrido una maratón cargando una ambulancia, pero algo dentro de mí —algo muy parecido a la esperanza— me empujó al baño. Dejé que el agua caliente hiciera lo suyo. Cerré los ojos bajo la regadera, dejé que me limpiara el cansancio, las dudas… y esa necesidad constante de rendirme. Salí con el cabello húmedo, enredado en una toalla, y me detuve frente al espejo. Hoy no era el día más importante de mi vida. Tampoco el más fácil. Pero, por alguna razón que ni yo entendía del todo, quería verme bien. Para mí, o al menos eso me repetía. Me puse un pantalón cómodo, una blusa que me hacía sentir linda sin esfuerzo, y un poco de maquillaje… lo justo para no parecer un zombi con título universitario. Cuando terminé, me miré en el espejo una última vez. No era una diosa, ni una heroína, ni una experta. Pero tenía el corazón un poquito más firme. Y una sonrisa estúpidamente feliz en los labios. Gracias a Chase. El día parecía prometer algo bueno. Llegué temprano. Sin correr. Sin café en la bata. Y, para colmo, Chase me había mandado mi café favorito antes de que yo siquiera pisara el hospital. Pequeños milagros existen. Se llaman “mensaje de Chase a las 7:22 a.m.” con un “Ya te dejé tu café en la sala de descanso. No te duermas de pie, nena”. Lo abrí. Estaba calientito. Y dulce. Como él. (Ok, eso último no lo dije en voz alta. Espero.) Di un sorbo y cerré los ojos un segundo, como si pudiera atrapar ese momento en la punta de la lengua. Y, por un segundo, lo pensé. Tal vez… mudarme con Chase no era tan mala idea después de todo. Digo, me levanté entre sus brazos, me dejó café listo, y anoche me salvó de una crisis emocional con solo abrazarme. Eso no suena como un mal comienzo. Aunque claramente, esto no lo estoy pensando demasiado… ¿verdad? Tomé el café y me senté junto a la ventana, mirando cómo el sol se filtraba entre los edificios del hospital. Afuera todo seguía tan caótico como siempre. Pero por dentro yo estaba en pausa. Por unos minutos nadie gritaba mi nombre. Ningún paciente se estaba descompensando. No me había equivocado de sala ni de apellido. Silencio. Café. Y la absurda idea de que, tal vez, podía con esto. Y justo cuando empezaba a sentirme como una adulta funcional, entró Chase. —¿Lista para el desayuno de los semidioses hospitalarios? —preguntó, levantando una bolsa de papel como si llevara dentro la cura del cansancio crónico. —Si trae carbohidratos, soy toda tuya —dije, siguiéndolo hasta la mesa con el café aún entre mis dedos. Nos sentamos. Él sacó dos sándwiches de huevo con espinaca, fruta picada y hasta jugo natural. —¿Desde cuándo eres tan saludable? — pregunté, alzando una ceja. —Desde que tú cenas galletas y estudias hasta que te duermes en la tabla de medicamentos. Chase abrió su libreta negra, la que siempre llevaba en el bolsillo de la bata. —Vamos a aprovechar que no hay caos — dijo, y me pasó una hoja doblada con su letra desordenada pero clara. —¿En serio? ¿Ahora? ¿Mientras como? — dije con la boca llena de sándwich. —Claro, es cuando estás menos estresada. Tu cerebro no puede entrar en pánico si tiene pan en la mano —bromeó, dándome un guiño. Suspiré… pero tomé la hoja. “Manejo inicial del paciente inestable” estaba escrito en el encabezado. —¿Ya viste esto? —me preguntó señalando un algoritmo de decisiones. —Sí. Lo vi… colapsando junto conmigo ayer. Chase rió bajito. —Por eso lo vamos a repasar. Esta vez sin que se te caiga encima la bandeja de instrumental. Apoyó el codo en la mesa y comenzó a explicarme con calma. Paso por paso. Como si no tuviera prisa. Como si yo sí pudiera. —Primero, siempre evalúas la vía aérea. No importa si el paciente llegó sin pierna, Annie, si no respira, no hay pierna que salvar. —Ok… vía aérea primero —anoté con una mancha de mayonesa en el borde del papel. —Después, circulación. Y nunca te olvides del ABCD. “A veces Cenar Bien es Difícil”, como lo tuyo. —No inventaste eso —dije entre risas. —Lo adapté para ti. Es mi versión médica personalizada. Lo miré. No había sarcasmo. No había juicio. Solo esa manera suya de explicarme como si yo tuviera el potencial de ser la mejor residente del año. Y por primera vez no me sentí una carga. Ni un error con piernas. Me sentí en proceso. Y no tan sola. —Gracias —le dije bajito. Él me miró un segundo. Y, como si pudiera leer lo que no dije, murmuró: —Annie, eres más lista de lo que te das crédito. Solo necesitas que alguien lo repita hasta que te lo creas tú también. Nos quedamos callados. Masticando en paz. Y en mi cabeza… no había ruido. Solo esa frase suya, dando vueltas como un mantra nuevo. Chase me miraba mientras revolvía su café como si pensara en voz baja. —¿Sabes? —dije, jugando con el borde de mi vaso—. A veces pienso que todo esto me queda enorme. Como si todos supieran lo que hacen menos yo. Él apoyó los codos sobre la mesa, acercándose un poco. —¿Y tú crees que yo sabía lo que hacía en mi primer año? —Bueno… tú tienes cara de saberlo todo desde que naciste —bromeé. Chase rió bajo. Esa risa que vibra más que suena. —Créeme, Annie. Yo también confundí una vía con una sonda. Un paciente terminó con una bolsa en el lugar equivocado. —¿En serio? —Bueno, tal vez no tan mal… pero se me cayó una bandeja de instrumental en plena cirugía y casi mato de un infarto al cirujano. Me reí, más de lo que debería. —Eso me hace sentir un poquito mejor — dije, y me quedé mirándolo. Había algo en él que se sentía como un respiro. Como una tregua en medio del caos. —¿Y tú? —pregunté—. ¿Por qué empezaste en esto? Chase bajó la mirada a su taza, la giró entre las manos un segundo y luego respondió, sin levantar la voz: —Al principio solo quería tener una excusa para no volver a casa. Pero después… encontré algo. Me di cuenta de que cuando ayudas a alguien a vivir, aunque sea un poco, también te estás recordando a ti mismo cómo hacerlo. Mi corazón dio un vuelco suave. Me dieron ganas de abrazarlo. O besarlo. O ambas. Él me sonrió, pero no de forma grandiosa. Fue una sonrisa pequeña, honesta. Como si se le escapara sin querer. —Oye, Chase —¿Sí? —¿Siempre eres así de perfecto antes del mediodía o solo conmigo? Él arqueó una ceja, divertido. —Solo contigo. Pero no lo digas, arruinarías mi reputación de tipo difícil. —Muy tarde —dije entre risas—. Ya le dije a Lara que eres como un golden retriever vestido de cirujano. Chase se rió, se inclinó un poco sobre la mesa y me susurró: —Y tú eres una pesadilla con bata… pero te estás volviendo mi favorita. Y por primera vez en días, no sentí que estaba perdiendo la cabeza. Solo… cayendo un poquito más.”
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