La casa estaba tan en silencio que parecía
abandonada.
Dejé las llaves caer en el mueble de la
entrada, y luego me dejé caer en el sillón
como si mis huesos se hubieran derretido
durante el camino.
La bata colgaba a medio hombro, los zapatos
seguían puestos y mi cuerpo entero pedía
rendirse.
Todo estaba igual de desordenado que mi
cabeza: una taza con restos de café en la
barra, una chamarra enredada en el respaldo
de la silla, y una planta marchita en la
esquina que juré que iba a regar hace días.
Encendí el celular sin mucha intención.
Un mensaje.
“Se complicó la emergencia. No voy a poder
pasar. Prometo compensártelo. Revisa la
puerta en unos minutos. Y por Dios, no
ceno chatarra. – C”
Rodé los ojos… pero no pude evitar sonreír.
Ese Chase.
A los pocos minutos, sonó el timbre.
Al abrir la puerta, no había nadie. Solo una
bolsa de papel con el logo de un restaurante
que conocía bien:
Comida casera, rica y con proteína de verdad.
En la parte superior de la bolsa, pegada con
cinta, una nota:
“Pollo a la plancha, arroz con verduras,
ensalada de mango y un muffin de plátano
(sí, tiene azúcar, relájate). No es una cena
gourmet, pero es mejor que tus Doritos del
insomnio. – El pesado de siempre.”
Suspiré. Agarré la bolsa como si me hubieran
entregado una manta térmica para el alma.
Me quité los zapatos. Encendí una luz suave.
Me senté con las piernas cruzadas en el sofá,
y dejé que el primer bocado me devolviera
un poco de dignidad.
Después de cenar, lavé los trastes sin pensar
demasiado y me senté en la mesa con el libro
de urgencias abierto frente a mí.
Había subrayadores, notas adhesivas, mi
tablet y un lápiz que ya había mordisqueado
como cinco veces.
Mi cabeza dolía.
Los ojos me ardían.
Y parte de mí solo quería llorar y ver una
serie mala con chocolate.
Pero ahí estaba. Sentada. Otra vez.
Repasando algoritmos, efectos secundarios,
interacciones farmacológicas y todo lo que
parecía en chino después de un día como
este.
Abrí el manual de procedimientos con la
energía emocional de una papa cocida.
—Anatomía del desastre, capítulo uno —
murmuré.
Ya era pasada la una de la mañana cuando el
clic de la cerradura me hizo alzar la mirada.
Chase entró en silencio, con la chaqueta en
una mano y una expresión agotada en la
cara… hasta que me vio.
—Annie —dijo con un suspiro y una mezcla
de ternura y fastidio.
Me enderecé como si no me hubiera
quedado dormida sobre la tabla de
medicamentos.
Él se acercó, sin decir nada más, y movió
suavemente mis libros a un lado.
—Pensé que hoy no venías —dije con voz
ronca.
Chase me miró con esa expresión que usaba
cuando no sabía si regañarme o abrazarme.
—Y tú sigues despierta… ya es tarde, Annie.
Se quedó ahí un segundo, observándome
como si pudiera ver el cansancio incrustado
en mis huesos.
—No quería dormirme sin repasar —
murmuré, bajando la mirada.
—Y yo no quería que te durmieras sola —
respondió sin pensarlo mucho, como si fuera
una verdad tan simple como respirar.
Me tomó de la mano, firme pero con cariño, y
añadió:
—Ven. Solo cinco minutos, ¿sí?
—Tengo que repasar lo de… —empecé a
decir.
—Cinco minutos —repitió Chase con
firmeza, tomándome de la mano.
Me levantó casi sin darme tiempo a
protestar. Me llevó directo al cuarto, con ese
paso seguro que usaba tanto para curar
como para cuidar. Me metió en la cama como
si fuera parte de una rutina ensayada, me
arropó y después se acostó a mi lado, tirando
de la manta hasta taparnos a los dos.
Me abrazó por detrás, en silencio. Su calor
fue inmediato, como un calmante natural
después de un día de guerra.
—Todavía no has empacado —susurró junto
a mi oído.
—Estaba ocupada… estudiando —murmuré.
—Tenías la cara marcada de la tabla, Annie
—dijo, riendo bajito.
—No es cierto… estaba estudiando. Necesito
seguir aprendiendo…
—Mañana yo me voy a encargar de
enseñarte —dijo con voz cálida, rozando mi
sien con los labios—. Pero si no duermes, no
vas a aprender nada. Y no pienso explicarte
otra vez lo de las taquicardias, nena
Aunque, tengo que admitirlo.
—¿Qué?
—Me me encanta verte pelear con el libro
como si fuera un monstruo.
Sonreí contra la almohada, sintiendo cómo
mi cuerpo por fin soltaba toda la tensión.
—Gracias por venir.
—Siempre, Annie. Aunque no me invites,
siempre.
Y esa noche, no soñé con errores ni regaños.
Soñé con brazos que me sostenían. Y con
alguien que, poco a poco, me estaba
enseñando que no tenía que hacerlo todo
sola.