Capítulo 4

821 Palabras
La casa estaba tan en silencio que parecía abandonada. Dejé las llaves caer en el mueble de la entrada, y luego me dejé caer en el sillón como si mis huesos se hubieran derretido durante el camino. La bata colgaba a medio hombro, los zapatos seguían puestos y mi cuerpo entero pedía rendirse. Todo estaba igual de desordenado que mi cabeza: una taza con restos de café en la barra, una chamarra enredada en el respaldo de la silla, y una planta marchita en la esquina que juré que iba a regar hace días. Encendí el celular sin mucha intención. Un mensaje. “Se complicó la emergencia. No voy a poder pasar. Prometo compensártelo. Revisa la puerta en unos minutos. Y por Dios, no ceno chatarra. – C” Rodé los ojos… pero no pude evitar sonreír. Ese Chase. A los pocos minutos, sonó el timbre. Al abrir la puerta, no había nadie. Solo una bolsa de papel con el logo de un restaurante que conocía bien: Comida casera, rica y con proteína de verdad. En la parte superior de la bolsa, pegada con cinta, una nota: “Pollo a la plancha, arroz con verduras, ensalada de mango y un muffin de plátano (sí, tiene azúcar, relájate). No es una cena gourmet, pero es mejor que tus Doritos del insomnio. – El pesado de siempre.” Suspiré. Agarré la bolsa como si me hubieran entregado una manta térmica para el alma. Me quité los zapatos. Encendí una luz suave. Me senté con las piernas cruzadas en el sofá, y dejé que el primer bocado me devolviera un poco de dignidad. Después de cenar, lavé los trastes sin pensar demasiado y me senté en la mesa con el libro de urgencias abierto frente a mí. Había subrayadores, notas adhesivas, mi tablet y un lápiz que ya había mordisqueado como cinco veces. Mi cabeza dolía. Los ojos me ardían. Y parte de mí solo quería llorar y ver una serie mala con chocolate. Pero ahí estaba. Sentada. Otra vez. Repasando algoritmos, efectos secundarios, interacciones farmacológicas y todo lo que parecía en chino después de un día como este. Abrí el manual de procedimientos con la energía emocional de una papa cocida. —Anatomía del desastre, capítulo uno — murmuré. Ya era pasada la una de la mañana cuando el clic de la cerradura me hizo alzar la mirada. Chase entró en silencio, con la chaqueta en una mano y una expresión agotada en la cara… hasta que me vio. —Annie —dijo con un suspiro y una mezcla de ternura y fastidio. Me enderecé como si no me hubiera quedado dormida sobre la tabla de medicamentos. Él se acercó, sin decir nada más, y movió suavemente mis libros a un lado. —Pensé que hoy no venías —dije con voz ronca. Chase me miró con esa expresión que usaba cuando no sabía si regañarme o abrazarme. —Y tú sigues despierta… ya es tarde, Annie. Se quedó ahí un segundo, observándome como si pudiera ver el cansancio incrustado en mis huesos. —No quería dormirme sin repasar — murmuré, bajando la mirada. —Y yo no quería que te durmieras sola — respondió sin pensarlo mucho, como si fuera una verdad tan simple como respirar. Me tomó de la mano, firme pero con cariño, y añadió: —Ven. Solo cinco minutos, ¿sí? —Tengo que repasar lo de… —empecé a decir. —Cinco minutos —repitió Chase con firmeza, tomándome de la mano. Me levantó casi sin darme tiempo a protestar. Me llevó directo al cuarto, con ese paso seguro que usaba tanto para curar como para cuidar. Me metió en la cama como si fuera parte de una rutina ensayada, me arropó y después se acostó a mi lado, tirando de la manta hasta taparnos a los dos. Me abrazó por detrás, en silencio. Su calor fue inmediato, como un calmante natural después de un día de guerra. —Todavía no has empacado —susurró junto a mi oído. —Estaba ocupada… estudiando —murmuré. —Tenías la cara marcada de la tabla, Annie —dijo, riendo bajito. —No es cierto… estaba estudiando. Necesito seguir aprendiendo… —Mañana yo me voy a encargar de enseñarte —dijo con voz cálida, rozando mi sien con los labios—. Pero si no duermes, no vas a aprender nada. Y no pienso explicarte otra vez lo de las taquicardias, nena Aunque, tengo que admitirlo. —¿Qué? —Me me encanta verte pelear con el libro como si fuera un monstruo. Sonreí contra la almohada, sintiendo cómo mi cuerpo por fin soltaba toda la tensión. —Gracias por venir. —Siempre, Annie. Aunque no me invites, siempre. Y esa noche, no soñé con errores ni regaños. Soñé con brazos que me sostenían. Y con alguien que, poco a poco, me estaba enseñando que no tenía que hacerlo todo sola.
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