Capítulo 3

1803 Palabras
Mi alarma no sonó. Bueno… sí sonó, pero yo no la escuché porque me dormí con los audífonos puestos, escuchando una meditación de YouTube que prometía “curar el insomnio y limpiar tu aura”. Spoiler: ni dormí bien ni siento mi aura limpia. Salté de la cama como si hubiera escuchado la alarma de incendio. En tres minutos logré lo imposible: base sin manchas, delineado en modo cirujana ninja y una cola de caballo tan apretada que podía usarse como arma blanca. Corrí como alma en pena por el hospital, cruzando pasillos como si huyera de un apocalipsis. Al llegar al vestidor, ni me di cuenta: la bata estaba al revés, como si gravedad y dignidad se hubieran confabulado contra mí. Ya jadeando como un perro en agosto, me disponía a arreglarla cuando entré en la habitación: los demás residentes y la jefa estaban ahí, y justo en ese momento, ella pasó lista y me clavó la mirada. —Presente —dije como si no llevara los botones de la bata en la espalda. Me miró de arriba abajo. No dijo nada. Solo levantó una ceja. Spoiler número dos: probablemente ya estoy en su lista negra. En negritas. Subrayada. Con emojis. 07:23 a.m. – La venganza de la máquina de café La máquina de café me odia. No es paranoia, es ciencia comprobada: años de traumas cafeteros respaldan mi teoría. Metí la moneda, seleccioné mi bendito cappuccino extra espumoso… y ella, con fría precisión asesina, me escupió agua hirviendo directo en la muñeca. —¡Au, carajo! Una enfermera me miró como si acabara de gritar “¡Fuego!” en una sala de neonatos. Me alejé sosteniendo el vaso como si fuera material radiactivo. La mano izquierda me temblaba, la derecha me ardía, y mi paciencia ya estaba redactando su carta de renuncia. Esta vez ni siquiera me fijé si el rímel sobrevivió. Me daba igual. Solo necesitaba cafeína y una señal del universo de que no todo iba a ser un desastre. Spoiler: no obtuve ninguna. 08:02 a.m. – La escena del crimen Estaba en la sala de descanso intentando recomponerme. Suspiré hondo y me obligué a caminar por el pasillo, con la mirada fija en la tablet, repasando la lista de pacientes y repitiéndome mi mantra personal: “No colapses… al menos no antes del almuerzo, y no donde alguien te vea.” Por supuesto, justo en ese momento choqué de frente con un hombre alto, de bata blanca y cara de “tengo cero paciencia para tus tonterías”. —¡Perdón! ¿Es usted el paciente de la 302? —pregunté sin levantar la vista. Silencio. Levanté la mirada. —Soy el doctor Velázquez —dijo con una voz que olía a juicio clínico—. Cardiólogo. ¿Usted es nueva o simplemente no presta atención? Tierra, trágame. No, mejor: tierra, hazme internista y mándame directo a cuidados intensivos. —Disculpe, doctor —balbuceé—, fue un error involuntario. —Lo imaginé —interrumpió, cortante como bisturí—. Tiene pinta de acumularlos. Y se fue. Como si acabara de diagnosticarme con incompetencia crónica. Genial. Acabo de insultar a un cardiólogo. Mis probabilidades de sobrevivir esta residencia acaban de sufrir un infarto instantáneo. 10:35 a.m. – Rebautizando a los pacientes En la ronda, me equivoqué tres veces. Con la misma paciente. —Buenos días, Don Roberto —dije con una sonrisa que ya empezaba a flaquear. —Soy María —respondió ella con voz dulce. Por tercera vez. La señora me miraba con pena. Su hija, con ganas de demandarme. Y la jefa de residentes, por supuesto, tomando nota como si estuviera redactando mi obituario profesional. No dije nada. Solo asentí con cara de “me quiero evaporar” y seguí con la ronda, rezando en silencio por una fuga de gas o una alarma de evacuación que me sacara de ahí. 12:00 p.m. – RCP: Recuperación de Café y Paciencia Me deslicé de nuevo a la sala de descanso y me dejé caer en un sillón con el ánimo de un globo desinflado. Hambre, dolor de pies, y una lista de errores que podrían llenar un musical de tragedias médicas. Lara, la enfermera con alma de hermana mayor sarcástica, me lanzó un panecito sin mirarme. —Toma. Para que repongas azúcar y sobrevivas lo justo para terminar el turno. —Gracias —dije, con la voz rota y la boca llena—. Estoy considerando el suicidio laboral. —Tranquila —respondió, mordiendo el suyo con calma—. Si te echan, al menos serás leyenda. “La residente que confundía nombres y provocaba microinfartos a diario.” —Suena épico. Y trágicamente probable. —Al menos ya no te importa que se te corra el maquillaje —me lanzó con una mirada ladeada—. Eso sí me da miedo. —Lo que se me corre es la cordura, Lara. No el rímel. Nos reímos. No porque fuera gracioso. Porque era eso o llorar. 12:15 p.m. – Y él, como siempre… aparece Regresé a mi casillero con la energía de un gato mojado. Y ahí estaba. Una cajita blanca, con una pegatina mal puesta encima. Adentro, dos donas glaseadas. Y una nota. “Sobreviviste. No está mal para un lunes.” —C Me quedé mirando la nota un buen rato. Como si fuera una receta para la esperanza. No suspiré. No sonreí exagerado. Solo dejé caer la cabeza contra la puerta del casillero y pensé: Gracias por aparecer, Chase. Gracias por saber cuándo no decir nada. Me senté en silencio y mordí una dona como si fuera medicina emocional. Ya no me sentía bonita. Ni lista. Ni brillante. Pero, de alguna forma… con esa caja y esa letra desordenada de Chase, por lo menos me dio más ánimo para terminar el día. 12:45 p.m. – Código caos Era mi último turno y el monitor de uno de los pacientes empezó a pitar con una urgencia que hizo que mi corazón se acelerara más que el pitido mismo. —¡Paciente 407, paro cardíaco! —gritó la residente. Mi mente entró en modo pánico. Me lancé hacia el cuarto, tratando de recordar todo lo que había estudiado, pero la realidad me golpeó con fuerza: las manos me temblaban y el miedo amenazaba con paralizarme. —Annie, pasa el desfibrilador —ordenó la residente con voz firme. Busqué el aparato con desesperación y, justo cuando intentaba preparar la descarga, me di cuenta de que algo estaba mal. Había confundido los electrodos. —¡No así, Annie! —exclamó una voz detrás de mí. Era Chase. Con calma, tomó mis manos entre las suyas y me guió para colocar los electrodos correctamente. —Respira, nena —susurró—. Tú puedes. La descarga funcionó. El monitor volvió a latir con ritmo estable. Pero el que no volvía a la normalidad… era el mío. Mi corazón latía como loco, todavía bajo el efecto del miedo… y de sus manos. Chase me miró. Solo me miró. Como si pudiera leer todo lo que yo no decía. Y entonces, con una suavidad que rompía con todo el caos alrededor, me tomó el rostro entre las manos. —¿Estás bien? —preguntó en voz baja, sus ojos fijos en los míos—. ¿Lista para salir de aquí un rato? Iba a responder. Iba a decir que sí, que no, que no sabía, que necesitaba que me abrazara de nuevo. Pero en ese preciso momento, el buscapersonas en su cintura vibró con fuerza. Chase cerró los ojos un segundo. Luego murmuró entre dientes: —Mierda Miró la pantalla. Otra emergencia. —Tengo que irme —dijo, con un dejo de frustración—. Prométeme que vas a comer algo, ¿sí? Se inclinó hacia mí, y antes de que pudiera procesarlo, sus labios rozaron mi frente en un gesto cálido, firme y completamente devastador. —Te veo en un rato, nena. Y se fue. Y yo me quedé ahí, con el rostro aún ardiendo donde me había besado, deseando que el hospital tuviera un desfibrilador portátil… pero para emociones. Después de la tormenta, me senté en la sala de descanso, con las piernas temblorosas y el corazón todavía latiendo como si no supiera que todo ya había pasado. Lara se me acercó con esa mezcla suya de cansancio, ternura y sarcasmo terapéutico. —Mira, Annie —dijo sentándose a mi lado— , esto no es para cualquiera. Aquí te vas a caer mil veces, y mil veces te van a querer enterrar. Pero si te levantas una más que las que caes… tal vez no solo salves vidas. Tal vez un día termines salvando la tuya. Tragué saliva. Me dolía hasta el alma. —¿Y si no soy de esas que se levantan? — pregunté, apenas con voz. Lara soltó una risa suave, ladeando la cabeza como si ya hubiera pasado por ahí. —Entonces, amiga… al menos que se te note con estilo. Nos reímos. No porque el día fuera gracioso, sino porque era eso… o desmoronarnos del todo. Y aunque sabía que me quedaba un camino largo, por primera vez en horas sentí algo parecido a esperanza. Apenas terminamos de reírnos con Lara, la puerta de la sala de descanso se abrió como si alguien hubiera pateado el destino. Era la doctora Santamaría. La jefa. Impecable, como siempre. Mirada quirúrgica, labios sin temblor y voz que podía cortar acero. —Rodríguez —dijo, sin necesidad de levantar el tono para congelarme en mi asiento—. ¿Cinco errores en un solo turno? Si vas por un récord, avísame. Así voy preparando tu carta de recomendación para… otro hospital. Tragué saliva. Intenté incorporarme, pero las piernas no me respondían. —Fue una jornada complicada, doctora. Pero ya estoy revisando cada uno de los… —¿Complicada? —interrumpió, alzando una ceja con esa precisión suya que daba más miedo que un bisturí suelto—. Esto es medicina. Aquí todos los días son complicados. Si quieres un trabajo fácil, busca uno donde un error no pueda matar a nadie. Me quedé en silencio. Porque tenía razón. Brutalmente. —Te daré el beneficio de la duda, Rodríguez. Una vez. Pero no quiero verte en otro reporte esta semana. Y si te sientes superada… ten la decencia de decirlo antes de que tengamos que cargar con tus fallas. Se giró, y salió sin más. Ni una palabra de ánimo. Ni una señal de humanidad. Solo la realidad, dura y helada, que se sentó a mi lado como una sombra más. Lara no dijo nada. Solo me dio un leve apretón en el brazo. Y yo me quedé mirando mi café frío, preguntándome si alguna vez iba a sentirme lo bastante fuerte como para quedarme.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR