Capítulo 2

1242 Palabras
Dicen que acostumbrarse a la rutina hospitalaria es cuestión de tiempo. Pero lo que no te dicen es que, antes de acostumbrarte, te aplasta. Te pasa por encima como si fueras un papelito atrapado bajo un zapato gigante. Desde que entré hoy al hospital, todo estaba destinado a salir mal. Lo supe cuando la máquina de café me escupió en lugar de servirme. Cuando se me olvidó el nombre de un medicamento frente a la residente. Y cuando choqué con un camillero por no mirar por dónde caminaba. Todo antes de las ocho de la mañana. Un récord personal. Intenté sacudirme el mal humor mientras revisaba la lista de pacientes. Cada sala era un nuevo monstruo esperando para recordarme que no estaba preparada. Lo peor de todo es que… ni siquiera estaba segura de querer estarlo. ¿Era esto lo que quería? ¿Esto era lo que yo soñé? La respuesta se me clavaba como una espina en el pecho: no. Yo no soñé esto. Mi mamá lo hizo por mí. Y ahora me movía por los pasillos como quien lleva una brújula rota, fingiendo que sí, que esto me apasionaba, que formaba parte de algo más grande. Pero lo único que sentía era que no encajaba. Mi buscapersonas vibró. Urgente. Corrí a la sala indicada, donde un paciente se había descompensado. La residente me lanzó órdenes y yo, con las manos temblando, las ejecuté con torpeza. Me equivoqué de cajón al buscar un medicamento. Me tomó tres segundos de más recordar un procedimiento básico. Tres segundos. Tres segundos pueden ser la diferencia entre alguien que respira y alguien que no. No lloré. Me obligué a no llorar. Pero me dolía. Después de la urgencia, me escabullí al pasillo. Me apoyé contra la pared y dejé que mi respiración se desordenara por completo. Me pasé las manos por la cara y me repetí: —No pasa nada, Annie. No pasa nada. Mentira. Todo pasaba. Todo me pasaba por encima. Mi buscapersonas vibró otra vez. Café con Chase. Una pausa. Un respiro. Lo había olvidado por completo. Me dirigí a la cafetería como quien camina sobre vidrios, arrastrando los pies, con las manos todavía temblorosas. Me repetía que no podía derramar más café, que no podía seguir siendo esa Annie que siempre la pifia. Spoiler: sí podía. Al llegar, Chase ya me esperaba con dos vasos de café y un par de panecillos en la mesa. Uno de chocolate, el otro de canela: mis favoritos. Sonreía, como si fuera un día cualquiera, como si no pudiera leerme la frustración escrita en la frente. Me senté frente a él, forzando una sonrisa que pesaba como una bata mojada. —¿Difícil la mañana? —preguntó, girando su café entre las manos. —¿Definir difícil? —intenté bromear, pero la voz me salió más rota de lo que esperaba. Él ladeó la cabeza, como si pudiera escuchar lo que yo no decía. —Mira el lado positivo —dijo, empujando el panecillo de chocolate hacia mí—. Hoy no lo derramaste… todavía. Rodé los ojos, pero el gesto me arrancó una sonrisa honesta. Pequeña, pero real. —¿Sabes? —añadió, mirándome directo a los ojos—. Eres mejor de lo que crees. Quise discutir. Decirle que no, que me equivoco todo el tiempo, que no me siento capaz, que esto no es para mí. Pero solo bebí un sorbo de café y dejé que sus palabras flotaran entre nosotros. Entonces, bajó la mirada hacia su vaso, lo giró entre las manos un segundo, y sin levantar la voz, dijo: —Sigo esperando que me digas cuándo te mudas conmigo. Tragué el café más fuerte de lo normal. Tosí un poco. —Chase Alzó la mirada, directo a mis ojos. Esta vez sin bromas. —Ya lo hablamos, Annie. Tú te vienes a mi casa. —No, Chase. Tú lo hablaste. Tú lo decidiste —repliqué, con la voz apenas temblando, pero lo suficiente para delatarme. Él ladeó la cabeza, como si ya esperara esa respuesta. —¿Y acaso me vas a convencer de que es una mala idea? Porque tengo una lista entera de razones por las que deberías estar conmigo… Y ninguna por la que deberías seguir sola en esa casa vacía. Me quedé callada. Claro que era una mala idea. Una idea horrible. Vivir con él significaba ver su ropa en el baño, su risa en la cocina, su voz en cada noche. Significaba dejar que su presencia se volviera mi hogar. Y yo… yo no podía permitirme otro lugar seguro que pudiera perder. Porque no solo era mi mejor amigo. Era el único que me hacía sentir que todavía valía la pena quedarme aquí. Y si me acostumbraba a eso… ¿qué pasaría si un día ya no estaba? ¿Y si lo perdía a él también? —No quiero reemplazar nada, Annie —continuó, como si pudiera oír mis pensamientos—. Solo estar ahí. Mientras duermes. Mientras respiras. Mientras intentas volver a levantarte. Su voz bajó al tono en el que siempre logra desarmarme. —No me importa cuánto te tardes. Pero vienes conmigo. Inspiré despacio. Sentí el café aún caliente bajando por mi garganta, aunque el nudo en ella era más fuerte. —Lo pensaré… ¿sí? Chase asintió, sin decir nada más. Solo se quedó mirándome, como si eso bastara para sostenerme. Y entonces, su buscapersonas vibró. Ambos bajamos la mirada al mismo tiempo. Emergencia. Suspiró hondo y se puso de pie. Se colgó la chaqueta con ese gesto automático de quien ya está en modo urgencia. —Tengo que irme —dijo, con una mueca de fastidio y cansancio mezclados—. Pero… Se inclinó un poco hacia mí, bajando el tono. —Por favor, come algo. No me hagas volver y encontrarte desmayada como la última vez. Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. —Una vez. Y no estaba desmayada… solo me estaba estirando en el suelo —repliqué, cruzándome de brazos. Él sonrió también, esa sonrisa suya que parece quitarle peso al mundo. Entonces se inclinó y besó mi sien. Un roce lento, cálido, silencioso. —Nos vemos luego, nena —murmuró, sin mirarme al alejarse. Y cuando la puerta se cerró tras él, me di cuenta de que aún tenía la mano sobre el lugar donde me había besado. Y que estaba sonriendo. Como una idiota completamente perdida. —Vaya, vaya… ¿eso fue un beso de “compañero de turno” o de “quiero que te mudes conmigo y me robes las cobijas”? Me giré sobresaltada. Era Lara, una de las enfermeras de quirófano. Tenía una ceja arqueada y la sonrisa lista para hacerme burla por el resto del mes. —Fue… solo Chase —murmuré, bajando la mano de inmediato. —“Solo Chase”, claro —repitió, cruzándose de brazos—. Entonces te sientas aquí, suspiras como en telenovela, y sonríes como si te hubieran susurrado que te van a hacer el desayuno desnudo… ¿y me vas a decir que “es solo Chase”? Rodé los ojos, fingiendo fastidio, pero las mejillas ya me ardían. —Cállate. —No digo nada —canturreó, girando sobre sus talones—. Pero si mañana llegas oliendo a café del bueno y con la ropa arrugada, ya sabré que “solo Chase” te mudó con todo y alma.
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