El aire en el jardín trasero era lo suficientemente pesado, casi sofocante, cargado de un deseo oscuro que solo podía provenir de la proximidad de Damien Brown. A pesar de la brisa fresca de la tarde, Alina sentía el calor treparle por la piel, no solo por la indignación que hervía en su interior, sino también por la mirada oscura y calculadora de Damien, que parecía devorarla sin siquiera tocarla. Alina sintió un escalofrío recorrerle la espalda, no de miedo, sino de rabia. Apretó los puños a los costados, pero no le daría el gusto de reaccionar de inmediato. «¿Eso cree? ¿Qué cambiando mi ropa resolverá el problema? No es mi culpa que sea un pervertido» Estaba a punto de responder, de escupirle algo afilado que le dejara claro que no iba a doblegarse tan fácil, cuando una voz infantil

