. Damien la subió por las escaleras con pasos firmes, sujetándola con una facilidad que la hizo estremecer. No la dejaría ir. No cuando había pasado demasiados días con la necesidad de tenerla, de sentirla bajo su dominio. Alina envolvió sus brazos alrededor de su cuello, su corazón latiendo con fuerza contra su pecho, sus piernas rodeando su cintura como si esa fuera su única salvación. Pero Damien no era un salvador. Era un lobo hambriento y ella su presa. Por un momento, un atisbo de vergüenza se mostró en el rostro de la pelirroja, porque sus prendas estaban en la cocina, como la vez primera vez quedaron en el despacho de Damien. Para la servidumbre no era un secreto el tipo de relación que Alina tenía con Damien. Aunque por supuesto nadie se atrevía a cuestionar nada. Al llegar

