Mi pequeña descendió de la silla y corrió a la habitación, provocando ruido una vez dentro. Había dejado su peluche en el suelo, junto a la vergüenza de Eric. Apreté el muñeco a mi cuerpo, fijando la mirada en él. —¿Quieres una explicación? Asentí, adhiriendo el algodón a mi pecho. —Creí que me odiabas —farfullé. —Nunca te odié, ni cuando me forcé a ello. Te amé demasiado durante mucho tiempo, como para olvidar todo lo vivido por un par de malos años. —Supongo que tuvimos diferentes perspectivas de lo ocurrido. —No, solo una —dijo levantándose y acercándose—. Fue un maldito contigo. —Sí, lo fuiste —aseguré, dejando que acariciara mis mejillas—. Pero te amé aun siendo ese desgraciado que no buscaba nada más que quitarme a mi bebé. Te odié cuando me llevaste al sitio de rehabilitaci

