Cuando todos estaban sentados, con la tensión a flor de piel en el aire de la enorme mesa, las puertas del comedor se abrieron de par en par. Un desfile de sirvientes entró cargando ollas enormes que despedían vapores tentadores. El aroma a carne asada, pan recién horneado y especias exóticas —que muchos Licanos jamás habían percibido— inundó el aire y se mezcló con la incomodidad que flotaba en el ambiente. En cuanto la comida apareció, los Licanos se levantaron de forma abrupta, adoptando posiciones defensivas. Observaron con desconfianza mientras los sirvientes depositaban la comida sobre las mesas: cordero asado con hierbas aromáticas, costillas de cerdo glaseadas con miel, pan dorado con mantequilla de primera calidad derretida, frutas enormes y frescas en bandejas de oro, y jarras d

