LIAM Cinco. Siempre cinco. Golpes secos, medidos, precisos. Como si el tipo que los da hubiera ensayado cada movimiento frente a un espejo. Uno al rostro, dos al abdomen, uno al hombro, y el último… justo bajo las costillas. La fórmula perfecta para mantenerme vivo, pero quebrado por dentro. El cuerpo ya se mueve por reflejo. Sabe que no debe tensarse al primer impacto, porque duele más. Así que lo dejo entrar. Cada golpe atraviesa la piel, vibra en los huesos, y se disuelve en una calma que ya no es humana. El dolor se vuelve sonido, y el sonido ritmo. Contar me mantiene cuerdo. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Después, el silencio. Ese silencio viscoso que queda flotando entre el aire y la respiración. El hombre se aparta, respira agitado, y se seca el sudor con la manga.

