La brisa era tibia. Bajo sus pies descalzos, la piedra antigua aún conservaba el calor de un sol que parecía lejano. Theo se encontraba en lo alto de una torre, y todo a su alrededor parecía salido de una fantasía olvidada. Las ruinas, cubiertas de enredaderas brillantes y desconocidas, se extendían hasta el horizonte, como si el mundo hubiese sido vencido por una vegetación silenciosa y sabia.
Él lo sabía. No era una historia nueva. No era un paisaje inventado. Lo había escrito, durante años estos sueños alimentaron su necesidad literaria.
No sabía porque un sueño así.,no recordaba nada de aquello en su vida.
O tal vez … lo había vivido.
A lo lejos, entre columnas caídas y jardines salvaje, como si la torre tuviera un jardín interior, una figura se acercaba. Era un alfa, lo distinguía por el aroma y la presencia. Alto, con un porte regio y sereno, aunque su rostro no llegaba a verse del todo. Había una luminosidad envolviéndolo, como si el mismo sol evitara revelar del todo su identidad. Sin embargo, Theo reconocía la energía. El calor en su pecho lo traicionaba. El mismo calor que había sentido la primera vez que se cruzaron miradas.
El alfa sonreía. Una expresión apacible, libre del dolor que conocían en el presente. La escena era dulce, impregnada de amor, de una pasión que no abrasaba, sino que cobijaba. Sus cuerpos se acercaban como si el viento los empujara, como si estuvieran destinados a encontrarse, una y otra vez.
—Es una historia feliz… —murmuró Theo en el sueño, mientras sus dedos acariciaban un libro que sostenía en el regazo. El título se borraba y volvía a aparecer, como si estuviera hecho de luz líquida.
Familia. Amor. Un vínculo sellado más allá del tiempo. Todo eso estaba en esas páginas… todo eso era parte de su alma, aunque no supiera cuándo ni cómo había comenzado.
Y justo cuando el alfa tendía una mano hacia él con un niño en brazos y otro entre sus piernas, caminando torpemente…
Despertó.
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Theo jadeó, incorporándose de golpe, cubierto de sudor. El aire de la mañana era frío contra su piel, pero el calor que sentía en el pecho no disminuía. Se llevó la mano al corazón, intentando calmar el tambor incansable que golpeaba su pecho.
Era solo un sueño.
Pero no lo sentía así.
Cerró los ojos. Todavía podía ver las ruinas, el libro, la sonrisa del alfa.
Algo lo desgarraba por dentro. Anhelo. Extrañeza. Agravio. Como si hubiese perdido algo que alguna vez fue suyo… y que aún lo llamaba desde otro plano.
Inspiró profundo, tratando de obligarse a dejarlo ir. Un sueño, nada más. Pero su piel temblaba. Y su vientre —como si recordara algo sagrado— se contrajo suavemente.
Desde abajo, en la cocina, se escuchaban los sonidos familiares del desayuno. Vajilla, el burbujeo del café. Y el pequeño balbuceando con su voz suave, feliz.
El aroma del pan tostado lo trajo de vuelta a la realidad.
Se incorporó lentamente, peinándose el cabello con los dedos. Llevaba un pantalón de lino suelto y una camiseta que se había deslizado hasta mostrar uno de sus hombros. Caminó descalzo hasta el pasillo, bajando los escalones con lentitud.
—Buenos días, dormilón —dijo el doctor con una sonrisa suave, mientras sostenía al bebé en un brazo y revolvía con la otra mano una olla pequeña en la estufa.
—¿Qué hora es…? —murmuró Theo, todavía arrastrando la sensación del sueño.
—Pasadas las ocho. El pequeño y yo ya llevamos rato en pie. Me dijo que tú estabas soñando con dragones y castillos.
—Qué conveniente —rió entre dientes Theo, mientras se acercaba y besaba al bebé en la mejilla—. Lior ¿Tú también lo soñaste, pillo?
El niño respondió con una carcajada dulce y extendió los bracitos hacia él.
El doctor los observó un momento, con ternura y cierto nerviosismo contenido. Theo lo notó. Siempre lo notaba. Había una delicadeza en él que le enternecía… y también una cautela. Como si temiera dar un paso en falso.
—¿Te quedaste escribiendo hasta tarde? —preguntó finalmente, mientras servía el café—. ¿La segunda parte de la saga va bien?
Theo asintió con lentitud, acariciando el cabello de su hijo.
—Sí… creo que sí. Pero esta vez… no lo sentí como ficción. Era tan… vivido. Como si alguien me lo estuviera contando desde dentro.
—¿El alfa de tu sueño? —preguntó el doctor, sin alzar la mirada. Su voz fue suave, sin juicio, pero Theo notó la tensión en sus hombros.
—Sí —respondió, sin mentir. Luego añadió, más bajito—. Pero no era él… no del todo. Era como si fuese otro él, otro yo… otra vida.
El doctor se giró, con la taza en la mano. Se acercó a la mesa, dejando el desayuno servido con gestos meticulosos. El bebé ya jugaba con una cuchara de madera, feliz de estar entre ambos.
—A veces creo que tus libros tienen más verdad de la que imaginas —comentó el doctor, sentándose a su lado—. No solo por cómo escribes… sino por cómo te transformas cuando lo haces. Es como si algo doloroso para ti, hablara a través de ti.
Theo sonrió, un poco triste. Ese “algo” le estaba reclamando con fuerza últimamente. Y temía que tuviera rostro, nombre… y olor a tormenta, cedro y sal.
—¿Dormiste bien tú? —preguntó, para cambiar el foco.
—Sí. Aunque pasé un rato leyendo informes del hospital. Hoy me toca turno largo. Pero estaré de vuelta antes del atardecer.
—¿Necesitas ayuda con el almuerzo? —se ofreció Theo, aunque no se movió de su silla, solo se giro un poco.
—No. Solo necesito que escribas otra escena como la de ayer —bromeó el doctor—. Esa parte donde el alfa se arrodilla después de herir al omega… Dios, Theo. No sé cómo lo haces.
Theo bajó la mirada. Porque él sabía cómo lo hacía.
Porque lo había vivido.
Y aunque el doctor no lo sabía… la escena del alfa arrodillado no era ficción. Era un recuerdo. Borroso, sí. Pero suyo.