Cenizas

1013 Palabras
El aire en el palacio ardía con una tensión densa, como si hasta las columnas supieran que algo estaba por romperse. Las sirvientes se deslizaban en silencio, sabiendo que cualquier mirada de más podía costarles la vida. Saevan estaba a punto de partir al mundo humano y todos lo sabían: los rumores se esparcían como humo entre la nobleza infernal. Pero nadie se atrevía a preguntarle nada. Nadie… excepto ella. —¿Vas a buscarlo, verdad? —La voz melosa de Virelya resonó tras él, interrumpiendo su silencio mientras daba indicaciones a su guardia personal sobre el viaje. El alfa giró lentamente. Su mirada era una hoja afilada bajo sombras negras. —No tienes permitido entrar aquí sin permiso. —Soy tu prometida —insistió ella, con una sonrisa que intentaba ser seductora—. Al menos, eso dice el consejo. No es pecado que venga a despedirme del futuro rey del inframundo, deberías ser más cortes con quien compartirá sus noches a tu lado para siempre. Saevan soltó una risa asqueado por la insistencia, tan molesta como un veneno. Saevan volvió a mirar el mapa sobre la mesa sin responder. Virelya no se dio por vencida. Caminó hacia él, sus ropajes ajustados marcando cada curva que sabía cómo exhibir, tan vulgar incluso en ese terreno si normas. Su cabello, largo y brillante como la obsidiana, se deslizaba sobre su piel pálida, contrastando con los tonos rojos que ardían en el salón. —No entiendo por qué sigues aferrado a ese omega patético —murmuró, rozándole el brazo—. Han pasado dos años. Está muerto o... peor. Podrías tenerme. Podríamos gobernar juntos. —Gobernar —repitió Saevan, como si le diera asco la palabra en su boca—. Contigo a mi lado, el infierno ardería desde adentro. Un juguete o una amante fácil, es lo más a lo que puedes aspirar, y si, dormí una vez contigo pero fue lo más aburrido que me ha pasado, es mas, no recuerdo la última vez que tuve tan mal sexo como contigo. Pase meses dentro de su cuerpo, tomándolo cada noche, cada una más placentera qué la anterior. Por favor, ni como amante casual podrías compararte, buscaría a alguien más de ser necesario. Ella se mordió los labios, avanzó aún más. Se arriesgó a tomar su muñeca entre sus dedos enguantados. —Puedo darte placer, Saevan. Como aquella vez en la Sala Roja, ¿lo recuerdas? El alfa se liberó de su agarre como si le hubiese tocado una herida. —Solo eras una distracción —espetó—. Algo vulgar, fácil. Como todos los que han pasado por tu cama. ¿Creíste que alguna vez fuiste especial? Ya te lo dije —mostró sus colmillos en una sonrisa aburrida —el peor sexo de mi larga vida, saca cuentas. Virelya tembló de rabia contenida, pero aún trató de mantener la compostura. Dio unos pasos hacia atrás, respirando hondo. El deseo no se le escapaba tan fácilmente. —¿Por qué? ¿Qué tiene ese omega? No es de tu mundo. Es frágil, humano, sucio. ¿Por qué lo elegirías por sobre mí? Saevan la miró por fin, fijamente. El rojo en sus pupilas vibraba con fuerza, como si el recuerdo de Theo ardiera detrás de sus ojos. —Porque lo amo, ese humano es mil veces, no, millones de veces mejor que tu sin siquiera esforzarse, no tiene punto de comparación—dijo con una calma tan fría que heló hasta el fuego en los candelabros—. Porque él me dio lo que tú nunca podrías: paz. Porque, a diferencia de ti, no necesitaba arrastrarse, ni vestirse para seducir, ni rogar por atención. Bastó su voz. Bastó su risa. Bastó su calor en la noche. Y porque, aunque tú abras las piernas ante cualquiera del consejo y adquieras más experiencia, podrías ser todo lo sucia y vulgar que eres y quieras, y siempre serás eso, algo fácil, jamás lograrás borrar su olor de mi piel ni complacerme como él. No puedes ni siquiera compararte con él. —¡Maldito! —escupió ella, fuera de sí—. ¡Eres un imbécil! ¡Él no te esperará! . Quizá ya tiene alguien, uno que sí estuvo cuando tú lo abandonaste como un cobarde... Un golpe seco. El sonido metálico de una copa estrellándose contra la pared. Pero no fue Saevan quien lo hizo. Fue su sombra. La ira se materializaba a su alrededor como un campo invisible, haciéndolo parecer más demonio que nunca. —Cállate, Virelya —gruñó—. Estás viva porque el consejo lo permite, porque no quiero llegar a gobernar con la muerte tuya y de tu padre sobre mis hombros, por respeto al consejo. Pero si vuelves a insinuar que él me olvidó, recordando las razones por las que me marche, desearas una muerte rápida, juro que te reduciré a cenizas. Ella tragó saliva. —¿Y si muere? —preguntó más bajo, con una voz que temblaba de una verdad cruel—. ¿Qué harás si ya no queda nadie a quien amar? Saevan la miró con la misma expresión que se le da a un cadáver. —Entonces me consumiré junto a su recuerdo, me iré con él antes de vivir una vida sin su presencia. Pero aún así, nunca serás tú. Virelya, herida en lo más profundo de su vanidad, supo que no había nada que pudiera cambiar. Ese hombre ya no era solo un alfa. Era un rey enamorado. Y eso era mucho más peligroso. Detrás de la puerta, su padre —m*****o del consejo— esperaba en silencio, con el rostro desencajado por la impotencia. Virelya salió a su encuentro con los ojos húmedos y la mandíbula apretada. —Ya lo has oído —le dijo él—. El rey le ha dado seis meses. Si el omega muere... el vínculo se romperá. Tendrás tu lugar. La corona. La descendencia. —¿Y si lo encuentra? —preguntó ella, con un hilo de voz. —Entonces tú y yo seremos ceniza.
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