El gran salón del trono no era particularmente fastuoso, pero cada piedra que lo componía cargaba siglos de poder y decisiones implacables. Saevan se arrodilló frente al rey, su padre. Lo hacía pocas veces en su vida, y nunca por gusto. La presencia del anciano monarca era como el núcleo de una tormenta: silencioso, firme, inevitable.
—Levántate —ordenó su padre, su voz reverberando como si hablara a través de las mismas entrañas de la tierra.
Saevan obedeció sin pronunciar palabra.
El Rey del Equilibrio lo observó largamente, su mirada plateada surcando el rostro de su hijo como si pudiera leer los hilos de cada decisión que había tomado desde que regresó del mundo humano. Desde aquella noche.
—¿Aún piensas en él? No intentes ocultarlo, desde que volviste de la superficie es así.
El silencio de Saevan no fue más que una confesión desnuda. El monarca suspiró, apoyando una mano sobre el brazo del trono de obsidiana.
—Han pasado dos años. Has tenido amantes, no creas que no lo sé, nada pasa por sobre mi, pero ni siquiera mantienes una persona una segunda vez, todos dicen que el único hijo que tengo, busca en cuerpos distintos algo, sin saber que. Has recibido honores. Has gobernado legiones. Pero tu mirada no ha vuelto a ser la misma —sentenció—. ¿Tan fuerte fue ese vínculo?
—No fue solo un vínculo —respondió Saevan con voz grave—. Él... cambió algo en mí. Me enseñó una forma de existir que aquí no conozco. Sin cadenas, sin guerra. Me vi a mí mismo en su reflejo... y no quise volver a ser lo que era, quizás lo intente pero ya nada tiene sentido.
Su padre vio como el alfa, con un gesto infantil que le recordó cuando era un niño, desvío los ojos con una expresión melancólica. Un poco melodramatico según el gobernante.
—Un humano —dijo el rey con desdén moderado, sin levantar la voz—. Uno que no sabe quién eres, ni lo que eres. Que probablemente ya haya muerto. O te haya olvidado. ¿Qué esperas encontrar si vuelves a buscarlo?
—No lo ha hecho —dijo Saevan, su tono oscuro y firme—. No me ha olvidado, Theo no es esa clase de persona, me ama y es solo a mi.
El monarca entrecerró los ojos. Era un hombre que había vivido más allá del tiempo, cuyo propósito era mantener el equilibrio entre cielos, tierra e infierno. No era cruel, pero era frío en sus dictámenes. No se movía por pasión, sino por necesidad, pero incluso el mismo demonio debe tener debilidades, y aunque era un gobernante de decisiones tajantes, su único hijo, la muestra viva en años, más de los que un humano puede vivir, era el recuerdo de la única persona que había amado.
—¿Sabes por qué los de nuestra estirpe no suelen amar a los humanos? No por prestigio ni por no mezclar las razas, sino porque son frágiles.
Su padre levantó las manos con una mueca de nostalgia, como si sostuviera algo delicado entre los dedos.
—Porque envejecen. Mueren. Y eso no les basta. También los corrompe nuestra sangre, pierden la cabeza y el amor, se vuelve un peso doloroso para sus mentes.
—Exacto —el rey se incorporó con lentitud, cada movimiento suyo emanaba poder antiguo—. Sus cuerpos no están hechos para contener lo que nosotros somos. Incluso cuando pueden concebir, incluso cuando sus almas se ligan a la nuestra... su mortalidad se vuelve nuestra maldición, sufrimos como mortales por su pérdida, por el delirio de sus amores efimeros. Nunca volvemos a ser los mismos, incluso si renace, nada dice que volverán a amarte porque su amor también es frágil como sus memorias.
El silencio se asentó como una capa de ceniza entre ambos.
—Pero no hay ley que te impida buscarlo —añadió el rey, tras unos segundos—. Si lo que sientes por él no ha muerto… si estás dispuesto a cargar con la consecuencia de amar a alguien que no podrá gobernar contigo más que su breve vida humana... puedes ir.
Saevan apretó los puños, conteniendo el impulso de agradecer. Su padre no lo toleraría. Gratitud era una moneda que aquí no se gastaba.
—Pero escucha bien —continuó el rey, acercándose hasta que sus rostros estuvieron frente a frente—. Te doy seis lunas completas. Seis meses humanos. Ese es el plazo para encontrarlo, recuperarlo... y si es verdad que tu vínculo es real, superar el Ritual de Unión entre especies. No la simple marca de un alfa a un omega. No un deseo salvaje, ni una nostalgia de carne.
Saevan asintió sin pestañear.
—¿Y si lo logro?
—Entonces dejaré que el destino siga su curso. Pero si fracasas… —el rey giró su rostro hacia las altas columnas de piedra negra— …regresarás y tomarás tu lugar aquí. Como heredero. Como futuro regente del inframundo. Y como esposo de quien el Consejo ya ha elegido. No lo discutirás otra vez.
El nombre de ella no fue pronunciado. No era necesario. La sombra de su rostro —la consejera que lo había traicionado para forzar su regreso— seguía rondando como una niebla espesa en su vida.
Saevan apretó nuevamente sus puños, el malestar al final de su estómago lo hizo morder las palabras que tenía en la garganta atrapadas, no quería que su padre comenzará una guerra si el sfilabs los rencores por lo ocurridos hace un tiempo.
—Acepto —murmuró Saevan, y esta vez, sus ojos brillaron con una mezcla de rabia, deseo y una esperanza ardiente.
Porque Theo no era solo un recuerdo.
Era un fuego que no se había extinguido.
Era su única elección verdadera.
Nadie podía convencerlo de lo contrario, Theo era lo único real en su vida, y aunque aceptaba las palabras de su padre ahora, si Theo no estaba más para él, prefería el exilio.
Y ahora, tenía seis meses para traerlo de vuelta.