La lluvia golpeaba con suavidad los cristales del amplio ventanal de la librería, la misma donde, dos años atrás, un alfa herido y oscuro había irrumpido en la vida de Theo Leclair.
El mismo lugar que ahora se sentía cambiado, más cálido, más lleno de vida… y sin embargo, con una melancolía que nunca se desvanecía del todo.
Theo cerró uno de los libros infantiles con una sonrisa paciente. Su hijo, un pequeño de rizos oscuros y ojos grisáceos, profundos, ojos qué nunca ha visto en otro ser humano, lo miraban con curiosidad constante, balbuceaba desde su sillita con los dedos manchados de puré de zanahoria.
—Terminarás decorando todo el libro, Lior —murmuró con ternura, limpiándole el rostro con una toalla húmeda.
El niño rió, como si reconociera su nombre, y Theo sintió ese latido cálido en el pecho que le recordaba que no todo estaba perdido. Que la vida, pese a las ruinas, sabía florecer en lugares improbables.
Casi dos años atrás, Saevan había desaparecido sin dejar rastro. No hubo despedida, ni una palabra, ni siquiera una mentira reconfortante. Solo ausencia. Vacío.
El embarazo había sido una sorpresa cruel y dulce. Una verdad que llegó semanas después de la desaparición del alfa, mientras el dolor se asentaba en su vientre y el cuerpo comenzaba a cambiar. Nadie lo sabía, nadie podía entenderlo. Pero entonces, en medio del caos emocional y hormonal, apareció Lucien.
Lucien D'Ambray era un médico de renombre, un alfa de temperamento tranquilo, mirada melancólica y manos firmes. Lo conoció en el hospital cuando los mareos comenzaron a empeorar. Lo acompañó a cada control, lo sostuvo en el parto y, desde entonces, se había convertido en un pilar en su vida. El mundo entero creía que era el padre del niño, y Theo no había corregido a nadie porque Lucien le había pedido que lo hiciera. .
¿Acaso importaba? Al parecer al alfa no, probablemente en algún momento tendría que aclarar el malentendido, Theo quería hacerlo pero lucien siempre lo detenía con voz suave.
Lucien nunca exigió nada, pero estaba allí. Siempre. Lo protegía, le traía flores cuando tenía un mal día, se quedaba hasta tarde cuidando a Lior cuando Theo debía trabajar. Nunca lo presionó con un vínculo, pero había ternura en su forma de mirarlo, una ternura contenida que a veces dolía más que todo lo demás. Le hacía sentir una especie de culpa que no podía ocultar, y el alfa también notaba. Muchas veces le decía que no por querer a alguien, debe corresponder se. Theo sabía de su propia fuente que aquello era verdad, con Saevan había sido así, no por quererlo, significó que el alfa también lo quería como para quedarse, o al menos despedirse.
—¿Quieres que prepare el almuerzo? —preguntó la voz de Lucien desde la cocina.
Theo se giró, con el niño aún en brazos, y lo vio allí: elegante, con la camisa arremangada, los anteojos en el borde de la nariz y esa serenidad que parecía no temerle a nada. Un hombre perfecto para amar. Un alfa seguro, estable, afectuoso.
Pero Theo no podía.
—¿Comerás con nosotros? —preguntó él, eligiendo una sonrisa suave.
Lucien lo observó por un momento más largo de lo necesario.
—Claro. Siempre que tú quieras.
Theo asintió, bajando la mirada. El niño estiró una mano hacia Lucien, que fue hasta él sin dudar y lo levantó de los brazos de Theo con familiaridad. Lior se acomodó en sus brazos como si fuera su lugar natural.
Era todo perfecto. Demasiado perfecto.
Y aún así… por las noches, Theo soñaba con un par de ojos rojos, una voz rasposa, una piel que ardía como fuego cuando lo tocaba. Con un cuerpo que lo había poseído, con un instinto salvaje que se había tatuado bajo su piel.
El pasado no lo dejaba. No porque quisiera volver, sino porque nunca había terminado realmente. Theo lo sabía. En el fondo, muy en el fondo, algo le decía que esa historia no estaba cerrada. Que los hilos del destino que lo habían atado a Saevan seguían vivos en algún lugar.
Theo no lo quería de vuelta, odiaba la idea de sentirse tan vulnerable por alguien a quien no le importo.
Y a veces, mientras Lior dormía con sus pequeños puños cerrados sobre el pecho, Theo lo observaba temblar en sueños… como si algo lo llamara desde lejos y el niño intentará desesperadamente aferrarse. Como si su sangre recordara un fuego que aún no se había apagado.
Las noches desde aquel encuentro con saevan eran interminables, como si una puerta se hubiera abierto en la vida de Theo, una puerta que no se cerraba jamás desde que existió. Los sueños, largos e inexplicables, sin sentido. Al principio comenzaron como alucinaciones, largos pasillos teñidos de n***o, obsidiana lustrosa qué adornaba cada esquina, pisos marmolados. Una figura alta y fuerte se ceñia a su lado, dibujando una sonrisa en un rostro que se volvía difuso al despertar, pero el amor. El amor que sentía en ese sueño era vivido, real. Algo profundo que hacía que el corazón de Theo doliera al despertar.
En otros, miraba desde un piso alto como se dibujaba cielos rojizo, distintos al cielo conocido por el hombre, un lugar envuelto en árboles y palacios distintos, y esa energía que a veces lo rodeaba antes de despertar.
Vagamente a veces sentía el aroma a cedro, a fuego, como si estuviera rodeado por el aura de saevan; al despertar, lo odiaba un poco más. Lo odiaba porque lo extrañaba, como si su historia de amor hubiera sido una larga donde no quisieron separarse, pero algo los obligó. Sabiendo que realmente fue un breve instante donde creyó que se amaban, pero ahora eso solo había ocurrido en su mente.
Saevan solo lo busco por comodidad, su cuerpo le perteneció, lo más probable por la cercanía y su instinto alfa al pasar tanto tiempo con un omega.
Theo no se consideraba hermoso como otros, a veces, cuando recordaba la esperanza de aquel amor, se daba cuenta de lo iluso qué fue. Saevan aprecia un Dios rescatado de algún libro o esas novelas gráficas que tanto le gustaba leer cuando era más joven.
Theo; solo era un joven omega común.