El apartamento de Theo olía distinto, mientras seguía recorriendo el lugar, ahora con un café en su mano.
Saevan lo notó, cuando el eco de sus pasos reverberó en la madera aún templada por el calor matutino. Era un aroma sutil pero persistente: el rastro leve y tibio del alfa desconocido que lo mantenía en vilo con los celos a flor de piel, flotando en el aire como una amenaza apenas contenida. A eso se le sumaba otro aroma, mucho más perturbador: uno casi idéntico al suyo. No del todo igual, pero similar en esencia, como si compartiera su sangre, su origen, o su estirpe.
Sus pupilas se contrajeron un poco mientras inspeccionaba con la mirada. En una esquina de la sala, junto a un sillón decorado con una manta de punto, había un pequeño cubo plástico transparente lleno de... cosas. Objetos de colores vivos, pequeñas figuras, libros diminutos con ilustraciones fantásticas, pelotas con luces internas. Sabía lo que eran. Los había visto en otras ciudades humanas. Juguetes.
Pero no tenía sentido.
Saevan entrecerró los ojos. El inframundo no era un lugar donde los niños fueran como en el mundo de la superficie. No los había conocido jamás cerca de él.
¿Un niño en este apartamento?
El aroma lo golpeó más fuerte justo en ese momento. Era dulce, tierno, y profundo. Era... parecido al suyo, pero no suyo. Y algo más: la esencia de Theo lo envolvía también, como si ambos se mezclaron en una sola criatura.
Entonces escuchó los pasos. Subían la escalera con calma, uno a uno, arrastrando ligeramente el talón contra la madera. Theo.
Saevan no se movió. Permaneció en la sala, apoyado contra el umbral que conectaba con la cocina, y esperó.
—Buenos días —dijo Theo al aparecer, con una sonrisa tranquila y la mirada todavía algo somnolienta. Su cabello caía despeinado sobre la frente y llevaba puesta una camiseta blanca que se le pegaba al pecho.
—Huele a infidelidad —dijo Saevan sin moverse, ladeando un poco la cabeza. No estaba serio, ni celoso. Estaba jugando.
Theo arqueó una ceja.
—¿Perdón?
Saevan sonrió más ampliamente, sin quitarle la vista de encima.
—Es broma. Pero huele a otro alfa. Y... —se inclinó un poco hacia adelante, como si oliera el aire con disimulo— a un pequeño alfa. ¿O es un omega? Difícil saberlo. Sus feromonas no están del todo maduras aún.
Theo se quedó congelado con la taza en la mano.
—un niño, ¿verdad?
La pregunta no llevaba juicio, solo curiosidad. Saevan se acercó, lento, casi arrastrando los pies como una pantera aburrida en un salón ajeno. Se detuvo a escasos centímetros de Theo, lo suficiente para que el vapor del café se enredara con el calor que emanaban sus cuerpos.
Sabiendo que hablo de más, que se apresuró en sus conjeturas.
—¿Vas a ofrecerme desayuno? —susurró, sin cambiar el tono.
Theo bajó la vista, tenso.
—Puedo prepararte algo. Hay pan tostado. Huevos si quieres. Creo que quedan verduras, no he ido al supermercado. Café. Ah.. Ya tienes café.
Saevan levantó una mano y le acarició la mejilla. Los dedos largos, cálidos, se deslizaron sin permiso, sin preguntar. Theo se quedó quieto, con la respiración contenida. Ese contacto era peligroso. Más de lo que parecía.
—¿Sabes cuántas veces pensé en ti en estos dos años? —preguntó Saevan con voz baja, los ojos fijos en su boca.
Theo tragó saliva.
—Fuiste tú quien se fue.
—Sí. Lo sé.
Los labios de Saevan rozaron su mejilla al decirlo. Un roce apenas perceptible, pero lleno de deseo contenido. El demonio no disimulaba su excitación. Su cuerpo reaccionaba con la sola presencia del omega. Estaba caliente, literalmente. Su temperatura subía, sus pupilas se dilataban, sus pantalones se volvían incómodos. No podía evitarlo.
Theo se apartó de golpe, con un paso brusco.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Eso de querer volver y actuar como si nada. No soy el mismo de hace dos años.
—Yo tampoco lo soy —replicó Saevan, esta vez en serio. Dio un paso al frente. Sus dedos atraparon el borde de la camiseta blanca de Theo, como si jugara con él, como si quisiera levantarla—. Pero me vuelves loco. ¿Quieres que te diga lo que imaginé anoche?
Theo lo empujó, suave, pero firme. El contacto físico lo desarmaba. No quería sentir. No otra vez.
—No.
—¿Decirte lo que soñé contigo en mi cama? ¿O lo que imaginé al ver esa gota de café caer por tu cuello?
Los ojos de Theo temblaron por un segundo. Su cuerpo quería. Lo deseaba. Lo había deseado siempre. Saevan era su debilidad, su dolor, su lujuria. A veces parecía inventado, una fantasía viva. Demasiado hermoso. Demasiado irreal.
Theo cerró los ojos un segundo. Inspiró profundo. Cuando habló, lo hizo con la voz tensa, herida.
—No. Al final para que hablas como si quisieras quedarte si te iras ¿no?
Esa frase lo cortó. Saevan lo miró, sin sonreír ahora.
—No planeo irme.
—¿Ah, no? ¿Y qué eras exactamente cuando nos conocimos? ¿Un extranjero? ¿Un vagabundo? ¿Un amante sin nombre? Dijiste lo mismo, que no querías irte, que no te irías.
Theo retrocedió, y se abrazó el torso, como si necesitara protegerse del calor.
—No sé nada de ti, Saevan. Ni siquiera sé dónde dormías cuando no estabas conmigo.
—yo... Theo...
Un silencio cayó entre los dos. Largo. Espeso.
Saevan se acercó de nuevo. Esta vez más lento. Theo no se movió. El alfa alzó la mano, acarició su rostro, luego su cuello, bajó hasta el esternón y se detuvo. No lo tocaba como alguien que reclama. Lo tocaba como quien adora.
—Déjame recordarte cómo te hacía el amor, Theo, dejame entrar en tu vida, no me iré, lo juro—susurró. La voz era ronca, casi carnal—. Recuerdame. Cómo te abrías a mí sin miedo, cómo gemías mi nombre con las piernas temblando debajo mio.
El omega respiraba con dificultad. Los ojos se le llenaron de lágrimas. No sabía si de deseo o de miedo.
Saevan se inclinó. Sus labios se acercaron a los de Theo.
Pero fue él quien se apartó. Esta vez el demonio se detuvo. Como si algo en los ojos de Theo le dijera que ese no era el momento.
—Dime algo —murmuró Theo, aún agitado—. ¿Quién era el atacante anoche?
El silencio se volvió más denso aún.
Saevan lo miró, sus ojos brillando con un brillo extraño. Se acomodó el cabello hacia atrás, con una sonrisa apenas irónica.
—Un viejo enemigo. Supongo que ya no puedo ocultarlo por más tiempo.
Theo lo observó. No dijo nada.
—¿Qué quieres saber? —preguntó Saevan.
—Todo —respondió Theo, con voz seca—. Todo lo que no me dijiste antes.
Y entonces, el alfa sonrió. Pero esta vez, sin seducción. Solo con resignación.
—Entonces prepárate. Porque la historia que tengo que contarte... no empieza en este mundo.