La noche había sido profunda para Saevan, algo casi desconocido para él desde hacía siglos. En el inframundo apenas dormía, siempre vigilante, siempre expectante. Pero esa noche, envuelto en las feromonas de su omega, por primera vez se entregó al sueño, como cuando dormía a su lado hace tanto tiempo.
No fue un descanso común. Fue una puerta que se abrió en su mente, un flujo de imágenes, emociones y sensaciones que jamás había experimentado. Risas infantiles que resonaban lejanas, melancolía que pesaba como un manto invisible, niños pequeños saltando sobre una cama, en un cuarto lleno de luz cálida y susurros.
Un rostro, borroso, difuso, apenas un contorno, se acercaba a él con una sonrisa que parecía contener siglos de secretos. Las manos de aquella figura suave le acariciaban el pecho, una caricia familiar, dulce, que despertaba ecos olvidados en su interior, acostado dobló su rostro pero el otro estaba borroso como si fuera una nube la que se instalqba entre ambos. La caricia en su pecho con caricias circulares, los dedos fríos y a la vez cálidos. Saevan amo esa sensación.
El alfa miró hacia el techo, un ligar conocido.
El lugar era un castillo suspendido en el límite entre el cielo y el inframundo, un territorio etéreo donde los mundos se entrelazan sin confundirse, donde el tiempo se diluye y las fronteras se desvanecen. Allí, en ese espacio suspendido, la vida parecía haberse desplegado en un suspiro de amor, calma y pertenencia.
Pero todo era confuso, difuso. Un sueño. Una memoria que no sabía que poseía.
Saevan despertó al roce casi imperceptible del aroma a café que llegaba desde la cocina. Era un aroma casi olvidado que permanecía en su memoria solo de aquellos días junto a Theo hace tanto tiempo, como el primer rayo de sol después de una larga noche sin luna.
La librería ya comenzaba a llenarse con el murmullo de los primeros lectores, los librofilos madrugadores que recorrían entre estanterías buscando tesoros entre hojas y tinta. El murmullo, el roce de páginas y el ocasional saludo a aquel lindo omega que, además de ser el amable anfitrión del lugar, era conocido como un escritor de fantasía cuyas historias despertaban mundos en la imaginación de sus lectores.
Saevan, aún envuelto en el leve hálito del sueño, se apartó del suelo, dejo la manta qué lo cubría con cuidado, ni siquiera sabía cuando el omega lo rubio con ella y con mirada curiosa y tenue se acercó a unas cajas apiladas junto a una esquina. Sobre una de ellas descansaba un libro con un título que evocaba fragmentos dispersos de aquel sueño: “Los castillos en el umbral”.
Lo tomó con suavidad, dejando que sus dedos acariciaran la cubierta, y por un instante, un suspiro profundo escapó de sus labios.
Algo en ese título, en esas palabras, hacía eco en su alma, evoco sin querer imágenes de aquel sueño reciente. Y aunque Saevan no sabía qué significado exacto tenía, sentía que algo nuevo comenzaba a abrirse dentro de él.
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Reviso con cuidado el apartamento, paso tantos meses ahí hace años atrás, sin embargo había cambiado mucho, las estanterías eran distintas, la loza apilada en el mueble de cristal también aumentó, algunas cosas fuera de lugar lo desconcertaban, pero ahora su estancia era tan frágil, que una pregunta podría provocar qué lo echaran.
Camino con cuidado, sin tocar demasiado, una chaqueta más grande que la talla de Theo, efectivamente, colgaba cerca de la puerta. El aroma a feromonas alfa lo llevo a la noche anterior y la respuesta de Theo. Suspiro pesado, no quería esa indiferencia otra vez llegar a sus oídos y corazón.
Miro al rededor, deteniendose en la ventana, el paisaje se modificó poco, casi nada, extrañaba ese lugar. Ahí, existían solo los dos, aquel omega sabía como hacer sentir que nada en el mundo era como estar juntos, quizás ahora alguien más sentía lo mismo, alguien se sentía único en ese mundo, Theo lo miraba como lo más importante y bello.
Saevan conocía la sensación, esa que hace que tu cuerpo se estremezca, que vibre en una onda diferente.
Saevan cerró los ojos con fuerza e invoco una conexión con Elros. Su sabio guardia tardó un poco en darle respuestas, pero lo hizo.
"dijo que no quería arder para siempre así que nos contó todo, su padre envío guardias a buscarlo, al parecer virelya lo envío para asesinar al omega, tenía la misión de hacer que usted regresará antes, si el omega muere el lazo se rompería y ella podría hacer. Lo que le plazca".
Corto la comunicación y pensó en el peso de los riesgos, ahora recién pensaba en ello.
Movido por el anhelo llego a buscar a Theo contra todo consejo y pronóstico, sin pensar un instante en el daño que podría provocar.
Se detuvo un instante. Recordó la noche anterior.
¿Qué sería aquello? Theo no parecía humano pero tampoco sentía aura demoniaca en él, sin embargo sabía que eso no era algo común. Nadie entre los humanos puede ussr poderes así, y además. ¿Qué fue ese sueño?
Saevan no recuerda haber vivido alguna vez en los límites, con suerte alguna vez lo conoció, recorrió el castillo más antiguo, reservado porque perteneció a una antigua vida de alguien que mantenía el equilibrio en ese lugar.
Sacudió aquellas ideas de su mente y camino hasta la cocina, parecía que en este mundo ciertas cosas se le antojaba sin siquiera conocerlas o tenerlas en sus rutinas. Olfateo el café y sonrió de medio lado, su corazón golpeteo como si un recuerdo nostálgico aflorara de su pecho y se instalará ahí.
Lo extrañaba, pensaba que no sería malo dejar todo y quedarse aquí para siempre incluso si implicaba renunciar a todo.
Pero estaba su padre.
Él es el único hijo de su padre, el rey, y aunque no eran como los humanos que tenían fuertes lazos amorosos entre ellos, el afecto existía, así como la lealtad y el respeto. Aquel hombre que lo apoyaba en sus más escabrosos deseos.