Mi presencia

1215 Palabras
Theo despertó bruscamente, como si hubiera emergido de un sueño profundo y oscuro. El aire olía distinto. Pesado. Cálido. La penumbra del salón aún mostraba los libros regados por el suelo, la mesa caída y el marco de fotos hecho pedazos en una esquina. Sin embargo, el atacante ya no estaba. Sus latidos se agolpaban en su garganta, y al abrir completamente los ojos notó que no estaba solo. Estaba en los brazos de Saevan. Su cuerpo estaba rígido, como si no hubiera querido moverse ni un centímetro desde que lo sostuvo. El alfa tenía la espalda apoyada contra la pared, los ojos fijos en su rostro dormido, la mandíbula apretada, pero no por furia… sino por algo más hondo. Algo dolido. Sus feromonas lo envolvían por completo, intensas, dominantes, trémulas como si también contuvieran miedo. Theo se incorporó de golpe. —¿Dónde está? —preguntó con voz tensa, la respiración entrecortada—. El hombre que entró… ¿qué pasó? Se alejó del contacto con Saevan al darse cuenta de cuán cerca estaban, el calor de su cuerpo aún impreso en su piel. El alfa bajó la mirada, como si aún no tuviera palabras para lo que había visto. Porque no entendía lo que había presenciado. —Ya no está —dijo finalmente, con voz grave y serena—. No volverá a hacerte daño. Theo frunció el ceño. —¿Cómo lo sabes? ¿Quién era? ¿Y tú qué hacías aquí? ¿Por qué me sigues? El silencio volvió a caer como un paño húmedo entre ellos. El olor de Saevan lo seguía envolviendo, demasiado fuerte, demasiado íntimo. Demasiado presente en los rincones donde antes solo estaban sus recuerdos. —Tenemos que hablar —dijo finalmente Theo, con un temblor en la voz. Temía las respuestas a esas preguntas Se movió lento esperando que el alfa se levantará y lo siguiera, con temor. Pero lo hizo. Cada paso del alfa era contenido, casi reverente. Cuando Theo cerró la puerta tras él, lo observó unos segundos. Estaban solos. La oscuridad de la noche pesaba más allá de los ventanales. Dentro, solo ellos dos. Y todo lo no dicho entre ambos. Theo se cruzó de brazos, el corazón latiendo con furia. —¿Qué fue eso, Saevan? —preguntó, casi exigiendo una explicación—. ¿Por qué apareciste justo cuando alguien intenta matarme? ¿Dónde estuviste todo este tiempo? ¿Tiene que ver con la razón por la que te fuiste? Su voz se quebró al final, como si la rabia estuviera tan mezclada con la tristeza que no pudiera contenerse más. Saevan no se defendió. No retrocedió. No respondió. Solo lo miró, con esa expresión cargada de añoranza, como si el tiempo no hubiera pasado, como si lo hubiese soñado cada noche durante dos años. Porque así era. —No mereces una excusa vacía —dijo finalmente, con voz ronca—. Solo… me alejé. Pero no dejé de pensarte ni un solo día. Theo apretó los puños, volvía a repetir esas palabras como si quisiera grabarla, como si sirviera de algo. Quería golpearlo. Quería abrazarlo. Quería gritarle, besarle, maldecirlo y perderse otra vez en su pecho. Pero no lo hizo. —No sabes lo que pasé —dijo, casi en un susurro—. No tienes idea de lo que significó para mí que simplemente desaparecieras. Ni una explicación. Saevan cerró los ojos. El peso de la culpa lo aplastaba más que cualquier otra cosa en su larga existencia. —Lo sé —respondió sin justificarse—. Y estoy aquí… porque no puedo alejarme más, todo este tiempo, fueron los momentos más difíciles al alejarme de ti. Theo retrocedió, pero la espalda chocó contra la mesita de té, la madera crujiendo suavemente. Entonces algo cambió. Saevan frunció el ceño, alzando la cabeza como un lobo que huele la marca de otro. Sus ojos brillaron, oscuros, agitados. El olor de otro alfa estaba en el ambiente. En las sábanas. En la ropa de Theo. —¿Vives con alguien? —preguntó, sin esconder el tono celoso que cruzó su voz. Theo levantó la barbilla. —No tienes derecho a preguntar eso —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba—. Ya no eres parte de mi vida. Te fuiste, ¿recuerdas? El silencio se volvió otra vez denso. Saevan dio un paso hacia él. Sus ojos se suavizaron, como si el dolor de esas palabras también lo atravesara. —¿Eso quieres? ¿Que me aleje otra vez? Tienes a alguien más y por eso no me quieres, ya no quieres que regrese. Theo parpadea, Saevan parecía un niño. Sus emociones eran un torbellino en su pecho. No sabía si era la cercanía del alfa, el susto de lo ocurrido o el sabor amargo del pasado que seguía lacerándolo. Pero por un instante, pensó que iba a decir que no. "No. No quiero que te vayas otra vez." Pero se contuvo. —Quiero… paz —susurró—. Y tú eres lo contrario a eso. Eres… preguntas sin responder. Dudas. Dolor. No puedo volver a eso. Saevan no respondió. Solo lo miró. Se acercó un paso más, tan cerca que Theo pudo sentir el calor de su respiración contra su piel. —Yo no he cambiado, Theo —dijo el alfa con suavidad—. Te sigo amando. Aunque ya no tenga derecho. Los ojos de Theo brillaron con una humedad que no quería dejar salir. Su pecho se elevó en una exhalación larga, controlada con esfuerzo. —Tarde o temprano te irás otra vez. O me romperás de nuevo. Y yo ya no puedo darme el lujo de caer. Saevan extendió una mano, como si quisiera tocar su rostro, pero se detuvo a mitad de camino. —¿Y si esta vez no me voy? Theo no respondió. Cerró los ojos. Se giro, no quería parecer débil, no ahora. —No puedo confiar en ti. Ni siquiera sé si debería. Saevan se acercó por detrás, sin tocarlo, pero su presencia era como un faro ardiente. Lo sentía. Lo respiraba. Su olor volvía a rodearlo como un abrigo conocido. Y peligroso. —No te pido que confíes enseguida —susurró—. Solo que me dejes estar contigo. Theo se giró con lentitud, mirándolo. El rostro de Saevan era un poema de culpa y deseo contenido. El alfa lo miraba con una devoción tan evidente que dolía. Como si aún lo considerara suyo. Y quizás, en alguna parte enterrada de sí mismo, Theo también siguiera siendo suyo. —Duermo aquí esta noche —dijo Saevan, más como una afirmación que una propuesta—. No pienso dejarte solo después de lo que pasó. Theo no respondió. Solo asintió con un leve movimiento, sin mirarlo. Caminó hasta el sofá y se dejó caer. Cerró los ojos. Saevan se mantuvo de pie por un largo rato, observando cada uno de sus gestos. Luego, cuando estuvo seguro de que el omega no lo rechazaría, se sentó en el suelo, a su lado, apoyando la espalda contra el sofá, en silencio. Esa noche no hubo palabras. Pero el aire estaba cargado. De historia. De feromonas. De memorias que aún dolían. De un amor que no se había extinguido del todo.
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