Bajo su piel

1049 Palabras
Lucien le dio un beso rápido en la frente, sujetando aún su maleta. —No estaré más que dos días. Te llamaré esta noche —dijo, sonriendo con ternura. Acarició su rostro, esperando algo más, como siempre. Theo asintió sin decir nada. Esa noche su hijo se había quedado en casa del abuelo, y con Lucien fuera, el pequeño apartamento sobre la librería se sentía extrañamente desierto. Perfecto para escribir, se había dicho. Pero algo no encajaba. Todo su cuerpo se mantenía alerta, como si cada parte de si le dijera que algo estaba a punto de pasar. Desde la tarde, sentía una presión en el pecho, como si el aire mismo estuviera más denso. Cerró todas las ventanas, encendió las luces cálidas entre los estantes y se preparó un té. Aun así, el silencio persistía. No era tranquilidad… era tensión suspendida. El reloj marcaba las once cuando lo sintió. No fue un ruido. Fue una vibración en los huesos, una alteración del espacio. Como si el mundo respirara distinto y por un instante, solo corriera el tiempo dentro de su casa. Un crujido bajo las escaleras. Luego, un susurro. No real. No audible. Pero presente. Theo se incorporó lentamente, la taza temblando en sus manos. Una sombra atravesó su visión periférica. Y entonces lo vio. Un hombre. O algo que pretendía serlo. En el umbral de la sala. Su figura era alta, demasiado delgada, envuelta en una capa oscura que parecía hecha de ceniza y vacío, provocando una sensación nauseabunda. No se le veía el rostro. Solo una silueta que escupía una energía venenosa. —Al fin —murmuró el atacante, con una voz rasposa, entrecortada por una risa baja—. Tan frágil como dijeron… solo un humano… Theo retrocedió. La habitación pareció encogerse. Las palabras del otro le martillaban el cráneo, aunque no las comprendía del todo. Había algo antiguo en su timbre, como si hablara desde el fondo de un pozo lleno de agua. Y entonces, sin previo aviso, todo se volvió n***o. Pero Theo no cayó. Sus ojos se abrieron. Vacíos. Iluminados por una luz imposible, mezcla de carmesí y violeta. Una fuerza oscura lo rodeó. Algo despertó, como si estuviera en trance. El atacante avanzó un paso… y se congeló. —¿Qué… es esto…? —jadeó. Sus manos volaron a su propio cuello. Como si algo invisible lo estrangulara. Su cuerpo se dobló hacia atrás, convulsionando. Tosía con fuerza, sus venas ennegreciéndose bajo la piel. Theo estaba quieto. De pie. Con los brazos extendidos, como si él mismo sujetara el cuello del enemigo… a pesar de la distancia. Sus ojos no parpadeaban. Eran los ojos de otro. Los de algo más antiguo que el lenguaje. Algo que dormía en él. Y entonces, una energía rasgó el velo. Saevan emergió del portal que se abría entre las sombras del pasillo, llamado no por magia, sino por un presentimiento salvaje. Algo había perturbado el tejido mismo del plano. Y sabía que Theo estaba solo, cada parte desde que llego vigila al omega. Cruzó el umbral en silencio. La escena frente a él lo paralizó. El atacante se retorcía en el suelo, babeando espuma, los ojos inyectados en sangre. Y frente a él, su omega… inmóvil, bañado en un aura oscura que vibraba con un poder completamente desconocido. Saevan frunció el ceño. Su pulso se aceleró por una emoción desconocida que no lograba nombrar. No era el Theo que el conocía, había algo más. —Theo… —susurró, con voz baja, casi respetuosa.—amor... Los ojos del omega giraron lentamente hacia él. Lo miraron. Pero no lo vieron. Theo no miraba nada, parecía ver a través del hombre. —demonio—murmuró. Y entonces, todo se quebró. La energía se disolvió como humo empapado de luz. El atacante se desplomó, completamente inconsciente, y Theo cayó al mismo tiempo. Saevan se movió con velocidad inhumana, atrapándolo entre sus brazos antes de que golpeara el suelo. El cuerpo del omega ardía, no de fiebre, sino de una vibración interna que el demonio no comprendía. Su respiración era agitada, el pulso errático. Y aún así, no había heridas visibles. Saevan posó una mano en su frente, intentando detectar rastros de magia externa, posesión o manipulación. Nada coincidía con lo que conocía. No era magia demoníaca. Ni humana. Ni hechicería celestial. Era… otra cosa. Levantó la mirada hacia el atacante, todavía retorcido en el suelo, con la piel marcada por venas negras. —Elros —llamó, sin alzar la voz. Una grieta se abrió en el aire, apenas perceptible. De ella emergió el sabio demoníaco que lo había acompañado desde su llegada al mundo de los humanos. Vestía túnicas oscuras y su rostro, cubierto por un velo de humo, irradiaba conocimiento y poder. —Maestro —dijo, inclinando la cabeza. —Este hombre cruzó el umbral sin permiso —indicó Saevan, con los ojos afilados—. Estudia su origen. Averigua a quién sirve. Y si intenta hablar en lenguas prohibidas, córtale la lengua. Elros asintió. Con un gesto de su mano, el cuerpo del atacante se elevó en el aire, envuelto por una prisión de sombras cristalinas. Luego desapareció, envuelto en su propio portal. El silencio quedó suspendido en la habitación. Saevan bajó la mirada hacia Theo. Sus pestañas temblaron apenas, pero no despertó. Parecía perdido en otro plano, atrapado en los restos del trance que lo había poseído. El demonio no dijo nada. Solo lo sostuvo con más fuerza, como si el contacto físico pudiera anclarlo a este mundo. Y mientras lo observaba, el pensamiento cruzó su mente: "¿Qué eres realmente, pequeño omega…?" Se arrastró hacia la pared más cercana hasta que su espalda tocó la superficie, la respiración de Theo se regularizo lentamente, por primera vez desde que llego a este plano, saevan lo tuvo entre sus brazos y no iba a desaprovechar la oportunidad. Lo abrazó con fuerza, con calor ardiente desde su pecho, pensaba que había perdido una parte de esos sentimientos que se entretejian cuando estaba con el omega, pero ahora, con el en sus brazos, reconocía que solo aquel frágil omega humano lo hacía estremecer así. No encontró respuesta para esa emocion. Solo una certeza que le ardía bajo la piel: Algo ha despertado. Y Theo era su catalizador.
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