Las primeras veces que lo vio, creyó que estaba imaginando cosas. Theo se quedaba inmóvil, paralizado en mitad de la calle, la respiración atrapada en la garganta. Siempre de lejos. Siempre de reojo. Como una sombra que se asomaba entre los reflejos de un vidrio o una figura que desaparecía entre la multitud justo cuando él parpadeaba.
Pero sabía que era él. Que era Saevan.
Theo cambió su rutina, sus horarios. Sin embargo, lo seguía viendo. Siempre con esa mirada inescrutable, los ojos tan oscuros y vacíos como aquella noche de hace dos años cuando desapareció sin decir adós.
Theo había querido odiarlo. Había intentado enterrarlo con cada segundo de insomnio, con cada noche que pasó sentado junto a su cama cuando estaba enfermo, creyendo que lo perdería. Saevan había sido todo para él durante esos meses. Y luego simplemente se fue. Como si nada.
Ahora, sentirlo cerca de nuevo era como intentar sostener el aire con las manos. Sabía que debía mantenerse firme. Tenía que proteger a su hijo, protegerse a sí mismo. Y, sobre todo, recordar que Saevan ya lo había elegido una vez. Había elegido irse.
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Saevan lo seguía desde la distancia.
No era consciente del todo de por qué lo hacía. No se justificaba ni se excusaba. Era como un instinto que se había arraigado en él desde el momento en que volvió a ver a Theo, parado bajo la lluvia, con esa mirada herida que había fingido firmeza.
Había algo en él que lo descolocaba. Lo rompía.
A veces, Theo caminaba con música puesta en sus auriculares, pero a Saevan le bastaba con mirarlo para imaginar el ritmo de su respiración, el modo en que sus hombros subían y bajaban, el leve estremecimiento en sus dedos cuando se detenía en un semáforo. Cada gesto de ese cuerpo menudo le resultaba familiar. Como si ya lo conociera, como si lo hubiese tenido entre sus brazos muchas veces...
...pero eso no era posible, ¿cierto?
Saevan no sabía por qué sentía que lo había perdido antes de tenerlo,ni porque después de tenerlo lo extrañaba como algo de siglos de antiguedad.
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El tercer encuentro fue en una cafetería.
Theo no se había dado cuenta de que él estaba ahí. Había entrado para resguardarse de la lluvia, con el cabello mojado y las mejillas enrojecidas por el frío. Tenía un cuaderno entre las manos, lo había dejado sobre la mesa y se había puesto a escribir. Saevan lo observaba desde una esquina. Él solo había entrado al local porque lo vio hacerlo.
Era patético. Lo sabía. Y sin embargo, no podía evitarlo.
Theo se veía tan hermoso, delicado, frágil pero con esa fuerza natural de su aura, tan concentrado... Como si escribiera cosas que salían directamente de su pecho.
Y entonces Theo lo notó.
Levantó la vista, frunció el ceño.
—¿Me estás siguiendo de nuevo?—preguntó, sin necesidad de elevar demasiado la voz cuando se acercó a él. El tono era cortante, defensivo, pero en sus ojos había algo que temblaba.
Saevan no supo qué responder. Solo lo miró, sin moverse.
Theo lo escaneó con la mirada, se levantó, guardó el cuaderno y pasó junto a él sin mirarlo directamente.
—No vuelvas a hacerlo.
Saevan era enorme, imposible de ignorar u ocultar, sentía que un enorme lobo lo perseguía por la ciudad.
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Pero volvió a hacerlo.
Una y otra vez. Encuentros casuales en calles secundarias, en librerías, en parques. Theo comenzó a darse cuenta de que Saevan estaba por todas partes. A veces, no se le acercaba. A veces, solo lo observaba desde lejos. Y aunque Theo lo odiaba por eso, una parte de él esperaba que apareciera. Se vestía con un poco más de cuidado. Caminaba con pasos más medidos. Fingía no notarlo, pero su cuerpo se tensaba al sentirlo cerca.
Saevan no decía nada. No pedía nada. Solo estaba.
Y eso comenzaba a romper las murallas que Theo había construido con tanto esfuerzo.
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Una noche, se encontraron en la plaza central. Theo estaba con Lucien, cargando una bolsa de pan y algunos libros. Lucien le estaba hablando de algo, pero Theo se detuvo en seco.
Allí estaba Saevan. De pie. Mirándolo como si no existiera nadie más en el mundo.
Lucien frunció el ceño.
—¿Es él?—murmuró.
Theo no respondió. Solo afirmó con la cabeza.
Lucien se acercó y pasó un brazo por la cintura de Theo, dejándole sus feromonas con sutileza. El omega se tensó al notarlo.
Saevan lo notó también. El leve cambio en el aroma. El perfume de otro alfa.
Y aunque no dijo una sola palabra, su rostro se oscureció como un cielo antes de la tormenta.
Su cuerpo entumecido por los celos y el dolor, se quedo ahí, viendo como esa pareja que distorcionaba su visión, se alejo.
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Esa noche, Theo no pudo dormir.
Se sintió sucio. No porque Lucien lo abrazara, sino porque su cuerpo había reaccionado a la mirada dolorosa de Saevan. Como si todavía le pertenecieran, y lo sentía también, que él le pertenecia. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si el corazón no le hubiera suplicado mil veces que lo olvidara.
Pero Theo sabía que no podía dejar que esa historia se repitiera. Esta vez había mucho más que su corazón en juego.
Estaba su hijo.
Y Saevan no debía saberlo.
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Pero Saevan tampoco podía dejar de buscarlo.
Cada paso, cada mirada, cada gesto de Theo se había vuelto una obsesion silenciosa. No entendía lo que le pasaba, pero sabía que ese omega le había dejado una marca que ninguna ausencia podía borrar.
Y aunque Theo le había dicho que no había lugar para él en su vida...
...cada vez que lo veía, sentía que el mundo entero se volvía un poco más real.
Como si solo existiera cuando Theo lo miraba.
Saevan lo vio salir de la cafetería con una bolsa de papel en las manos, el abrigo caído por un lado del hombro. Theo caminaba apurado, distraído. Saevan, sin pensarlo, se acercó y al cruzar la calle lo interceptó.
—Se te va a caer eso.
Theo se detuvo bruscamente. Su rostro se tensó al verlo.
—¿Estás siguiéndome, ooootra vez?
—No —mintió. O eso se dijo a sí mismo—. Solo estaba cerca.
Theo no dijo nada. Bajó la mirada a la bolsa, luego volvió a clavarla en sus ojos. Café profundo contra carmesí. Tempestad contenida.
—No quiero que vuelvas a acercarte.
—Sé que estás enojado. Sé que lo arruiné. Pero—
—¿"Lo arruiné"? ¿Eso es todo lo que puedes decir? —Theo lo interrumpió, bajando la voz, pero no el veneno de las palabras—. Si, lo arruinaste, vive con ello. Me dejaste. Sin decir adiós. Sin una nota. Después de… después de todo lo que vivimos.
La calle seguía su curso. Pero para ellos, el mundo se detuvo.
—No merezco perdón —dijo Saevan—. Pero tampoco merezco tu indiferencia.
Theo retrocedió un paso. El temblor en su mano era casi imperceptible.
—No te confundas. Esto no es indiferencia. Es supervivencia.
Y sin más, se marchó.