El vapor del té se elevaba en espirales lentas sobre la taza que Theo sostenía entre las manos. Había pasado más de una hora desde que el niño se había dormido, pero él seguía allí, sentado en la penumbra de la cocina, inmóvil. La luz de la lámpara colgante dibujaba sombras suaves sobre su rostro, y su mirada estaba perdida, fija en un punto invisible más allá de la madera de la mesa.
Desde que lo había visto, desde que sus ojos se cruzaron después de tanto tiempo, su mundo entero se sentía frágil. No porque Saevan volviera a ser parte de él —porque no lo era—, sino porque lo había visto… y aún dolía.
—Lo odio —susurró Theo, sin convicción—. Lo odio por lo que me hizo.
Pero sus manos temblaban.
Lucien entró en silencio, con una camiseta blanca y el cabello aún húmedo por la ducha. No encendió la luz del pasillo; lo observó desde la puerta, antes de acercarse con calma.
—No has dormido —comentó, sin tono acusador, solo constatando la verdad.
Theo apenas levantó los ojos, lucien camino hasta él, lo beso con suavidad sobre los labios y se enderezó para alejarse.
—Lucien… —inició, con una pausa, tragando el nudo que se le formaba en la garganta—. Necesito contarte algo.
Lucien se sentó frente a él sin decir palabra. La expresión de su rostro se mantuvo serena, pero sus ojos eran atentos, profundos. Theo respiró hondo.
—Él volvió —dijo finalmente—. El padre del bebé. Saevan.
Lucien no respondió enseguida. Bajó la mirada hacia sus propias manos. Luego volvió a mirarlo.
—¿no lo sabe? ¿Le dirás? Yo...
—No. No debe saberlo —la voz de Theo fue firme por primera vez en toda la noche—. No quiero pelear por la custodia. No quiero que lo toque. No quiero que lo arranque de mí. Lo crie solo, Lucien. Él no estuvo… no preguntó, no llamó, no apareció.
Y, aun así, cada palabra que decía le pesaba como plomo. Porque no todo era rabia. También había miedo. Y había amor, o al menos, lo que quedaba de algo que había sido tan grande como para romperlo.
—¿Vas a ocultárselo para siempre? Aunque no me guste, también tiene derecho, además que sepa lo que perdió...
—Voy a proteger a mi hijo —respondió Theo, tajante.
Lucien asintió lentamente. No se sentía con derecho a opinar sobre decisiones tan personales, pero su mirada fue honesta:
—¿Y a ti quién te protege, Theo?
La pregunta quedó flotando en el aire. Theo no respondió. No podía. Porque la respuesta dolía demasiado.
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Los días siguientes pasaron con un ritmo distinto. Theo evitaba los lugares donde podría encontrarse con Saevan, pero aún así, su sombra parecía estar en cada esquina. Había veces en que sentía su mirada sobre él sin girarse. Otras, creía oír su voz entre una multitud.
Y luego, una tarde cualquiera, lo encontró de nuevo. En una calle pequeña del centro, frente a una librería donde solían refugiarse en inviernos pasados.
Saevan lo vio primero. No dijo nada. No se acercó. Theo pensó en huir… pero sus pasos lo traicionaron. Caminó hacia él.
—¿Estás siguiéndome? —espetó, sin saludar siquiera.
—No —respondió Saevan, sin ofenderse—. Aunque… no lo evitaría, si me llevara a ti.
La frase encendió algo en el pecho de Theo, algo caliente y doloroso.
—casi dos años —dijo, casi en un susurro, pero con los ojos brillando de rabia contenida—. Dos años, Saevan. Me prometiste que estarías ahí, conmigo, que no me soltarías. Y desapareciste. No escribiste. No llamaste. No te despediste siquiera.
—Theo…
—¡No! —alzó la voz, sin importarle quién escuchaba—. No quiero escuchar excusas, cuando tú fuiste quien se largó. ¿Sabes lo que es cuidar a alguien enfermo durante meses? ¿Saber que podías morir y quedarte de todas formas? ¿Amar con todo el cuerpo… y ser dejado atrás? No porque al final te fuiste, yo me quede, esperando, sin ninguna respuesta.
Los ojos de Saevan estaban llenos de algo que parecía arrepentimiento, o quizá solo deseo de volver al pasado. Pero Theo no le dio el espacio.
—Ya no tienes lugar en mi vida —dijo, aunque su voz temblaba al final—. Te olvidé, te lo dije, el tiempo paso y avance. Haz lo mismo.
Saevan no respondió de inmediato. Lo miró en silencio, como si buscara leer en él algo más profundo, más real que esas palabras. Porque Theo hablaba con rabia… pero dolía demasiado como para ser indiferencia.
—No te olvidé ni un solo día —murmuró el alfa.
Theo sintió que el suelo bajo sus pies se aflojaba, ¿como podía decir eso sin un atisbo de duda? Que se creía para volver a buscarlo después de herir lo tanto, ni siquiera tenía sentido que dijera algo ahora.
—yo tampoco, de esa forma se bien donde no quiero volver.
Dio media vuelta y se fue.
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Esa noche, Theo se encerró en la habitación del bebé. Lo observó dormir. Era tan pequeño, tan perfecto… y tan parecido a su padre.
Cada día era más difícil ocultar el dolor, en ese refugio, donde la respiración de su bebé le provocaba tranquilidad, paz. Podía respirar profundo pensando en el pasado, con dolor pero también con un sentimiento más profundo y arraigado.
—No puede saberlo —susurró al bebé—. No puedo arriesgarte. No puedo.
Pero por dentro, Theo sabía que algo se estaba quebrando, sabe lo que Saevan le provoca, desde el instante que lo vio herido hace tanto tiempo, sabía que para el era una debilidad, el alfa provocaba, más bien evoca, lo mismo que su pequeño hijo. Un anhelo de proteger qué venía de sus instintos más primitivos.
Theo lo sabía. Que el regreso de Saevan no era un accidente. Y que por mucho que intentara alejarlo… había un lazo invisible que los empujaba a encontrarse una y otra vez.