Un abismo

1092 Palabras
La ciudad estaba igual. O al menos eso pensó Saevan cuando bajó del tren en la estación central. El mundo humano no había cambiado mucho en casi dos años desde que se había marchado: los mismos edificios grises, los mismos anuncios digitales deslumbrantes, el mismo aire cargado de humo y prisa. Pero él ya no era el mismo. Caminaba con el abrigo abierto y las gafas oscuras, no por estética sino por necesidad. Las luces de este mundo le dolían un poco. Se sentía desplazado, como si su cuerpo y alma tardaran en adaptarse del todo a la densidad de este plano. Saevan ahora era más cauteloso. Ya no era el mismo que había partido años atrás, herido, enfermo y en negación. Había aprendido el precio de las ausencias. Sabía que Theo vivía aún en el mismo sector, que había publicado la segunda parte de su saga con éxito rotundo, que rara vez salía a eventos, pero justo ahora se encontraba de viaje en uno de ellos y que no se le conocía pareja estable, al menos de lo que pudo averiguar Elros. Pero más allá de esos datos que sus informantes habían logrado reunir, no sabía cómo acercarse a él. No sabía si Theo lo odiaba. No sabía si había sido reemplazado. Quizás lo esperaba, lo extrañaba, quizás estaría molesto pero al final lo aceptaría con esa suave sonrisa tan común de su esencia. Y le aterraba descubrirlo, descubrir las opciones malas de este relato. --- Theo se detuvo en seco cuando lo vio, no tuvo tiempo de aceptar la idea cuando estuvo de frente al rostro qué ahora se difuminaba en sueños solamente. Era tarde. Había salido solo a comprar té y granos de café que se le había acabado mientras estuvo de viaje, su dependienta era consumista de café; no esperó encontrarse con nada ni nadie cuando salió y agradecía no haber sacado a lior de la casa. No esperaba ver a nadie mucho menos a él. Saevan estaba frente a la librería, con una bufanda negra enrollada al cuello y el cabello ligeramente más largo. Aun así, seguía siendo inconfundible. Alto, imponente, con esa presencia que llenaba todo sin esfuerzo, hermoso, cautivante. Theo lo miró como si lo hubiesen golpeado, su rostro se ensombrecio. No había palabras suficientes para describir el vuelco en su pecho. Casi dos años sin verlo, dos años odiándolo en silencio, criando a un hijo solo, reconstruyéndose con los pedazos que él había dejado. Dos años imaginando este momento, y sin embargo, cuando ocurrió, fue como ahogarse de golpe en recuerdos. —Pensé que nunca volvería a verte —fue lo único que dijo, su voz baja, ronca, cargada de algo que no era ni ira ni tristeza, sino una mezcla indescifrable de ambos. Saevan dio un paso hacia él, con el cuerpo tenso, contenido, como si temiera que cualquier movimiento brusco lo alejara más. —Theo... yo no... —No. No digas nada ni te muevas. Theo alzó una mano, deteniéndolo. Tenía los ojos brillantes, pero no por alegría. —Me dejaste. Me dejaste esperando en una habitación vacía durante semanas porque no sabía si estabas vivo o muerto. —sonrió apenas, conmovido y cansado—¿por qué más te irías después de vivir conmigo durante tantos meses? Claro, estaba en mi mente que habías llegado y te quedarías, pero como llegaste, desapareciste. Y cuando por fin entendí que no volverías, fue como si hubiera sido usado. Saevan bajó la mirada. Sintiendo la culpa carcomerlo como una marea densa. —No quería que me vieras así, como realmente.. . No quería arrastrarte conmigo, no quería dejarte, no fue porque quisiera... Yo realmente... —Y aún así lo hiciste. Porque el silencio también arrastra, entendí que nunca me dijiste nada así que era porque no necesitaba saber nada. Un silencio se instaló entre ambos, incómodo y pesado. La calle seguía su curso, indiferente a ese reencuentro que dolía demasiado como para ser hermoso. Theo cruzó los brazos, como si necesitara sostenerse. No había planeado llorar. Y no lo haría frente a él. Nunca más. —No tienes un lugar en mi vida, Saevan. Ya no. Ni siquiera entiendo porque te fuiste ni porque volviste. No tiene sentido que estés aquí ahora. —No estoy aquí para forzarlo. Solo quería verte. Saber que estás bien, realmente quería verte. Theo soltó una risa vacía. —Me viste. Ya puedes irte. Pero cuando sus ojos se cruzaron, algo se quebró. Porque había algo en la mirada de Saevan que Theo no había visto antes. Algo herido. Algo desesperado. No era el mismo alfa que había partido. Era otro. Con grietas visibles. Y, sin embargo, Theo no podía permitirle entrar de nuevo. No ahora. No después de todo. No con el secreto que ocultaba bajo su propio techo. Su hijo tenía los mismos ojos, al menos la forma, su hijo no heredó ese carmesí hermoso que lo cautivo. La misma forma de fruncir el ceño cuando dormía. Si Saevan lo veía, lo sabría de inmediato. No podía correr ese riesgo. Theo dio un paso atrás. —Fuiste importante para mí. Te quise. Mucho. Y te esperé, realmente te esperé por meses. ¿Qué idiota, no? Esperar por alguien que ni se despidió. Pero eso ya terminó. No soy el mismo, Saevan. Saevan no respondió. Lo miró como si quisiera decir mil cosas y no pudiera articular ninguna. Como si se odiara a sí mismo por el dolor que veía en ese rostro que aún amaba. Porque la verdad era simple: Saevan seguía amando a Theo. Pero no sabía cómo volver a él sin arrastrar consigo el pasado. Theo se fue sin mirar atrás. Pero al doblar la esquina, sus piernas temblaban. Había algo que ardía en su pecho. Y no era odio. Era esa sensación extraña de ver un fantasma que una vez fue hogar. Estaba emocionado, triste, angustiado porque su cuerpo exigía arrastrarse de vuelta y abrazarlo. Saevan se quedó ahí, bajo la llovizna, con las manos en los bolsillos y el corazón lleno de ausencias. No sabía cómo seguir. Pero sabía que no podía renunciar. Theo aún lo amaba, lo sabía por la herida visible con la que le hablo. Eso era evidente. Pero también era evidente que le había fallado. Y ahora, para recuperar lo que había perdido, tendría que pelear contra mucho más que el orgullo. Tendría que enfrentarse al silencio, al miedo y a las cicatrices que había dejado. Y todo eso, sin saber que había un hijo de por medio. ---
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