CAPÍTULO 7: EL DÍA DE LA BODA

1028 Palabras
Dos semanas después... En el preciso momento en el que los Le Roy entraron al salón del hotel donde se llevaría a cabo la boda, Fabien levantó la mirada y la puso en su enfurecida novia. La miró a través del salón lleno de gente y la observó divertido mientras ella le lanzaba dagas. No tuvo que realizar un análisis a profundidad para darse cuenta de que Madeleine se estaba rehusando a contraer aquel matrimonio con él. Ella estaba claramente en medio de una discusión con su madre y con su hermano. Por su ceño fruncido y sus ojos encendidos en ira, supuso que ella ya se había enterado de que estaba allí para casarse con él. Fabien se llevó la mano a la barbilla y la frotó, mientras sus ojos la recorrieron de pies a cabeza, admirando lo hermosa que era y recordando lo que le había hecho en aquella discoteca en Montecarlo. Se relamió mientras recordaba la forma en que gemía y su cuerpo se arqueaba ante el placer que le otorgaba. Deseó que la noche de bodas llegara pronto para poder hacerle todas esas cosas y más. Ni siquiera trató de evitar el tic que le atravesó la polla mientras esos pensamientos sucios llenaban su mente. No ayudó en nada el vestido blanco que traía puesto. En comparación al rojo de la otra noche, este era recatado y la hacía ver hasta inocente. Un gran contraste a la mujer decidida, peligrosa y sensual que conoció en el club. De repente, Madeleine se lanzó hacia él furiosa. Fabien dejó que sus ojos la recorrieran: la forma en que el vestido rozaba sus piernas bien formadas y cómo sus pechos rebotaban con cada paso mientras acortaba la distancia entre ellos. El hecho de que en menos de una hora ella iba a estar legalmente ligada a él le provocó otro tic en la v***a. «Supongo que disfrutaré del matrimonio más de lo que supuse originalmente», pensó mientras se reía entre dientes. —¡Eres un maldito hijo de puta! —escupió Madeleine, sus ojos azules brillaban mientras golpeaba sus puños contra el fuerte y ancho pecho de Fabien. Él la agarró por las muñecas, sujetándola mientras la miraba fijamente. Notó cómo se le ponía la piel de gallina en los brazos al contacto y cómo abría la boca de sorpresa al parpadear hacia él. Fabien no pudo evitar la sonrisa burlona que tiró de sus labios mientras la observaba. —Hola, muñequita. Para mí también es un placer volver a verte —murmuró Fabien, acariciando las muñecas de Madeleine con sus pulgares. —Deja de llamarme así —gruñó, enseñándole los dientes. Joder, era una maldita locura y Fabien estaba disfrutando cada segundo. —¿Gatita te gusta más? —¿Gatita? —Estás siseando como una y parece que me quieres enterrar las garras —le acarició las puntas de los dedos—, pero parece que no están lo suficientemente afiladas como para que me hagas daño, así que no lo veo conveniente, mientras que muñequita... puedes ser la novia de Chucky o la maldita Anabelle. —Vete a la mierda —ladró Madeleine y liberó sus manos del agarre de Fabien con un movimiento brusco—. Dime, ¿por qué diablos me estás haciendo esto? ¿Qué quieres de mí? ¿Qué buscas con este matrimonio? ¿Vengarte de mí por lo que intenté hacerlo? Llevó sus manos a sus caderas, llevando la atención de Fabien una vez más hacia su cuerpo. Volvió a relamerse y se inclinó hacia ella para susurrarle al oído: —Esto no se trata de ninguna venganza, muñequita. El tono ronco, bajo y sensual de la voz de Fabien, aunado a lo caliente de su aliento, le provocó a Madeleine un rico escalofrío que le recorrió la columna y le estremeció la parte más baja del vientre. —La otra noche —añadió Fabien—, la audacia y osadía de tu plan me hizo ver que eres una mujer muy diferente a todas las que siempre me han rodeado. —¿Y qué? ¿Me vas a decir que te enamoraste de mí? —lo interrumpió Madeleine, alejándose para verlo a los ojos—. Porque déjame decirte que es muy cliché. Fabien soltó una risita baja y negó suavemente con su cabeza. —Por supuesto que no, muñequita. No soy el tipo de hombre que se enamora. No creo en esas... mierdas. Madeleine frunció el ceño, más confundida que antes. —Entonces, ¿por qué? Los ojos de Fabien se oscurecieron con malicia y una de las comisuras de sus labios se inclinó ligeramente hacia arriba, en un esbozo de sonrisa. —Porque me excita el peligro —declaró—. Me encanta tanto como el buen sexo y creo que junto a una mujer como tú, que lo único que busca de mí es matarme, mis días serán... excitantes. —¿Qué? —murmuró contrariada—. ¿Te has vuelto loco? —Muy probablemente —respondió Fabien y sonrió—. La cosa es..., que quiero darte otra oportunidad. —¿Otra oportunidad? —cuestionó sin entender si se refería a lo mismo que ella estaba suponiendo. —Sí. Te voy a dar... no una, sino varias oportunidades para que cumplas tu propósito: matarme. —¡Ja! —Madeleine rio, incrédula. —No es ninguna broma, muñequita. —Alzó la muñeca y miró la hora—. En menos de cuarenta y cinco minutos serás mi esposa, te irás a vivir conmigo e intentarás matarme todas las veces que desees. Pausa. Madeleine tragó saliva mientras lo miraba fijamente a los ojos, sin dar crédito a lo que estaba escuchando. «Definitivamente está loco», pensó. —Pero eso sí —agregó Fabien y su voz fue una sentencia—. Si te equivocas, si vuelves a fallar como la otra noche en la discoteca, ejerceré mi derecho de esposo y haré con tu cuerpo todo aquello que a mi perversa y lujuriosa mente se le ocurra y no podrás rehusarte a ello, porque será mi forma de castigarte y enseñarte cómo convertirte en una verdadera asesina.
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