El silencio que siguió a las palabras de Fabien no fue un vacío, sino una presión creciente, como si el aire entre ellos se hubiera vuelto más denso, más difícil de respirar.
Madeleine no apartó la mirada. No podía. No después de lo que acababa de escuchar.
Había esperado crueldad. Arrogancia. Incluso violencia. Pero no… eso. No ese tipo de locura.
Sus dedos se tensaron contra sus propias manos, clavándose en la tela del vestido como si necesitara anclarse a algo real, algo firme, porque todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor comenzaba a sentirse irreal, absurdo… peligrosamente tentador.
—Estás enfermo —dijo finalmente, con la voz más baja, pero no menos cargada de rabia—. Completamente enfermo.
Fabien no se ofendió. Al contrario. Su sonrisa se acentuó apenas, como si aquel insulto confirmara algo que le resultaba profundamente satisfactorio.
—Puede ser —admitió con calma—. Pero eso no cambia nada.
Madeleine dio un paso hacia atrás, creando una distancia mínima entre ambos, aunque insuficiente para disipar la tensión que los envolvía. Sus ojos lo recorrieron con una mezcla de desprecio y cautela, como si intentara recalcularlo, entender en qué terreno se encontraba realmente.
—No voy a hacerlo —espetó—. No voy a jugar tu juego. No voy a convertirme en parte de esta… locura tuya. No seré tu esposa jamás.
Fabien ladeó la cabeza, observándola con una sonrisa que resultaba casi insultante para Madeleine.
—Te guste o no, en media hora lo serás —replicó Fabien con suficiencia—. Me gusta bastante cómo suena Madeleine Lacroix.
—No me casaré contigo —repitió ella con determinación—. Y te aseguro que mucho menos me cambiaré el nombre.
Fabien no estaba acostumbrado a que las mujeres fuera de su familia se defendieran y le riñeran de esa manera, pero vaya que estaba disfrutando mucho haciendo que ella se enojase.
Joder. Ya se estaba excitando.
Ladeó una sonrisa y dio un paso más cerca, invadiendo nuevamente su espacio, obligándola a alzar el rostro si quería sostenerle la mirada.
—No tienes elección, muñequita.
—Por supuesto que la tengo.
—¿Estás segura de eso? —Con un movimiento de su barbilla señaló más allá de sus hombros, hacia el punto en el que su familia estaba ubicada, viéndolos, esperando impacientes de que el matrimonio se efectuara y el trato se sellara—. Porque yo creo que no.
Madeleine giró la cabeza siguiendo la dirección que el movimiento de su barbilla señalaba. Observó a su madre y a su hermano, y frunció el ceño sin entender a qué se refería él.
—Por si no te has dado cuenta —prosiguió Fabien con un dejo de frialdad y hasta de crueldad—, tu familia te vendió a mí por un poco de poder sin pensarlo dos veces.
Hizo una pausa mientras ella volvía la mirada hacia él. Su gesto indignado le hizo ver que la realidad estaba empezando a imponerse para ella.
—No sé tú —añadió—, pero desde mi punto de vista, si mi familia me entregara a mis enemigos así... sin miramiento alguno, yo pensaría que no les importa mucho mi bienestar y lo pensaría dos veces antes de volver con ellos y seguir siéndole leales como un perrito faldero.
El golpe fue seco.
Inevitable.
Madeleine apretó los dientes, sintiendo cómo la rabia volvía a ascender con fuerza, quemándole el pecho. Sus ojos brillaron y su labio inferior tembló, porque no tenía ninguna objeción contra la cruel verdad que Fabien le estaba restregando en la cara.
Recordó cuánto le suplicó a su madre y a su hermano que no permitieran ese matrimonio y ellos fueron tajantes en su decisión de no dar marcha atrás.
Fabien podía decir que sus intenciones respecto a aquel matrimonio no eran crueles, pero, ¿quién lo podía asegurar? Bien podía estar haciendo esto solo para dañarla, para torturarla o hacerle quién sabe que otra maldad, y aun así ni a su madre ni a su hermano les importó en absoluto y aquí estaban, obligándola a entregarse al enemigo, a la misma familia cruel que años atrás mató sin piedad a su familia.
¿Quiénes eran peor? ¿Los Lacroix o su propia familia?
Al ver la expresión abatida en el rostro de Madeleine, Fabien sintió una extraña opresión en el pecho y un extraño deseo de consolarla. Tuvo que luchar contra aquel estúpido impulso de acercarse a ella, de consolarla, porque sabía que en última instancia ese matrimonio no era más que un juego para él.
Los sentimientos cursis y maricas eran lo último que necesitaba sentir, así que empujó aquel deseo fuera de su sistema, mantuvo sus manos en calma y puso una mirada de indiferencia en su cara.
—Si quieres seguir peleando con alguien, muñequita, habla con tu familia. Ellos fueron quienes aceptaron este trato.
—Créeme, voy a hablar con ellos. Así que puedes posponer esa ridícula idea de que hoy habrá una boda.
Fabien volvió a sonreí y asintió con un cabeceo.
—De acuerdo. Si ellos deciden echarse para atrás, te doy mi palabra de hombre de que no te obligaré a hacerlo, pero, si no es así, mira esto como una oportunidad.
—¿Oportunidad? ¿De qué?
—Oportunidad para demostrarle a ellos que no eres solo una moneda de cambio que pueden intercambiar por poder, sino una mujer letal, fuerte y una pieza clave para obtener esa supuesta venganza que tanto desean, y también una oportunidad para cerrarme la boca y no verte solamente como un objeto con el que puedo divertirme y follar.
Madeleine apretó la mandíbula cuando la ira volvió a crepitar en sus venas.
—Eres un...
Fabien volvió a mirar su reloj y la interrumpió:
—Te queda menos de media hora para hacerlos cambiar de parecer y escapar de mis garras, muñequita. Yo que tú, ya estuviera trabajando en ello.
—Lo haré.
—No tardes mucho o yo mismo te arrastraré hasta el altar.
Madeleine le dedicó una última mirada ceñuda antes de pasar furiosa a su lado, rozando su hombro con el suyo.
A Fabien se le cortó la respiración cuando un dulce aroma a jazmín llegó a su nariz, y tuvo que contener un gemido al pensar en enterrar su cara en su cabello, inhalando ese aroma mientras se hundía profundamente dentro de ella.
Su hermana Angeline se rió, le dio una palmada en el hombro y lo sacó de su fantasía.
—Es un encanto. ¿Seguro que sabes lo que haces?
Fabien se aclaró la garganta y movió el peso entre los pies mientras veía a Madeleine abalanzarse sobre su hermano y su madre, agitando sus delgados brazos mientras se ensañaba con ellos.
—Sé exactamente lo que estoy haciendo.
Su madre sonrió.
—Creo que nunca he conocido a una mujer que no se lance sobre ti, Fabien. ¿Qué se siente al saber que tu futura esposa te rechazó de buenas a primeras?
—Me gustan los retos.
Angeline se rió.
—Se muere por dentro.
Fabien puso los ojos en blanco y se dio la vuelta para mirar a su familia.
—¿No pueden ir todos a fastidiar a alguien más?
Todos se miraron y sonrieron.
—No —dijo su madre.
Su padre le puso una mano en el hombro y se inclinó hacia él.
—Yo solo quiero darte un consejo.
Fabien apretó el ceño, intrigado.
—Ten cuidado de que no te pase lo mismo que a mí y termines tragándote todas esas palabras. Yo también decía que jamás me iba a enamorar, que los sentimientos no eran lo mío, y mírame como estoy treinta y cinco años después de haber conocido a tu madre.
Fabien soltó un bufido irónico y sacudió la cabeza.
—Yo no...
—Eh, mejor cierra la boca, muchacho. Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Le dio unas palmadas en el hombro y se alejó, riendo, porque ya había visto esa misma actitud años atrás y estaba seguro de que la historia se iba a volver a repetir. No por nada los dos se llamaban Fabien Lacroix y se habían interesado en una rubia de ojos azules y carácter indomable.
Unos metros allá, Madeleine sentía que estaba viviendo una maldita pesadilla.
No podía casarse con un Lacroix. No podía permitir que ese maldito principito de pacotilla se saliera con la suya.
—Romain, no voy a hacer esto, así que será mejor que regresemos por donde vinimos y nos vayamos a casa ya. —Se le escapó un sollozo histérico.
Su hermano tensó la mandíbula con tanta fuerza, que Madeleine pudo escuchar con claridad el rechinar de sus dientes. La agarró con fuerza por el brazo y la arrastró a un rincón más solitario.
—Deja de comportarte como una maldita niña —le gruñó en la cara—. Eres una mujer hecha y derecha, Madeleine. Tienes que pagar de alguna forma todo lo que he hecho por ti en estos años. Estudiaste gracias a mí. Has tenido un techo bajo el cual vivir gracias a mí. Te has vestido bien y has tenido una vida decente gracias a mí.
Madeleine no pudo contener el impulso de reñirle.
—Dirás que gracias a Victorie —rebatió—. ¿O se te olvida que cuando te casaste con ella te adueñaste de su fortuna e hiciste lo que se te dio la gana con lo que era de ella?
Romain sintió que la ira lo atravesaba. Odiaba la insolencia de su hermana y odiaba más que le restregara aquella verdad en la cara. Levantó la mano para tomar impulso y estaba dispuesto a azotarle el rostro con una bofetada para que se callara la boca, pero antes de que pudiera hacerlo otra mano lo cogió por la muñeca y se lo impidió.
—Atrévete a tocar a mi futura esposa y te juro que saldrás de aquí sin manos, maldito imbécil.
Romain miró a Fabien con odio, mientras Madeleine lo miraba sorprendida por lo que acababa de hacer. Estaba tan pasmada, que ni siquiera replicó cuando él la agarró por la cintura y la arrancó del agarre de Romain, arrastrándola hasta el altar improvisado en el frente del salón.
Todos los ojos de los invitados estaban puestos en ellos cuando Fabien se giró y habló en voz alta:
—Creo que ya no falta nadie, así que no creo que debamos seguir perdiendo el tiempo. —Se giró hacia Madeleine—. ¿Verdad, muñequita?
Ella tensó la mandíbula con rabia, pero, con un movimiento indignado se giró hacia el paciente ministro, que parecía bastante preocupado por la naturaleza de la boda.
—Si no hay más escapatoria, acabemos con esto de una vez por todas —escupió.
Sin perder tanto tiempo en inservible protocolo, el ministro dio unas rápidas palabras y luego nos hizo firmar el acta matrimonial.
En el momento en que Madeleine firmó el certificado de matrimonio delante de los invitados y fue declarada oficialmente esposa de Fabien Lacroix, fue un instante que a él se le quedó grabado a fuego para siempre. No por lo romántico o conmovedor que fue, sino porque en el momento en que golpeó el bolígrafo contra la mesa, ella intentó salir corriendo, pero él la sujetó con fuerza y le lanzó una mirada al ministro que no necesitó de palabras para entender
—Por el poder que el Estado y la corona me han brindado, yo los declaró marido y mujer —sentenció—. Puede besar a la novia.
Madeleine intentó soltarse e impedir su propósito, pero Fabien la sujetó por la nuca inmovilizándola e inclinó su cabeza, hasta que sus labios chocaron contra los de ella y aquel matrimonio fue sellado por un beso que transmitía pasión y odio a partes iguales.