Capítulo 8.1

2899 Palabras
En el Inframundo, tras descubrir la incursión de los sobrenaturales para recuperar las piedras de luna. Al ver que el licántropo tomó la otra piedra de luna que su padre resguardaba celosamente, Mammon golpeó la barrera que lo detenía con suma insistencia. Por su culpa habían perdido una de tres, y su padre lo había relegado por completo de los planes bélicos contra los sobrenaturales por ello, así que una segunda pérdida por su falta de atención y cuidado era imposible de permitir. El destello de la piedra de luna que sostenía en su mano le hizo recordar que con ella podía abrir un portal que lo sacara de esa invisible prisión, y poniendo en práctica lo que el señor del Inframundo enseñó a sus hijos sobre el manejo de la esencia divina, conocimiento que el embaucador aún recordaba de sus tiempos siendo un serafín que vivía feliz al lado del Dios Supremo, la representación de la avaricia dejó su momentánea cárcel para ir detrás de aquel iluso que se atrevió a descender a los dominios de Satanás y sus hijos. El portal se abrió en pleno ingreso al palacio. Los demonios que circulaban por ahí mostraron asombro tras asombro, ya que primero les impactó ver a ese grupo de sobrenaturales deslizándose por las paredes exteriores del palacio tras saltar por un ventanal del sexto piso para luego correr a máxima velocidad hacia un punto desconocido, y ahora, el primogénito de Satanás aparecía ante ellos saliendo de un portal. «¡Detengan a esos malditos! ¡Se llevan una piedra de luna!», se escuchó gritar a Mammon, y todos los demonios, hasta los que estaban siendo sometidos a torturas por otros de mayor rango, salieron de prisa detrás de los sobrenaturales. Mammon avanzaba lentamente, ya que estaba completamente seguro que los miles de demonios que escucharon su orden darían alcance a los espías, consiguiendo recuperar la piedra de luna y aprisionar, de paso, las almas y cuerpos de aquellos que debían ser los mejores en sus especies, sino no se hubieran atrevido a descender hacia el Inframundo. Luciendo encantadoramente hermoso en su apariencia humana, una que dejaba ver lo perfecto que era su cuerpo, rostro y voz, capaces de hacer caer a cualquiera en sus engaños al pensar que era un respetable, exitoso y benevolente caballero, cuando en verdad era un asqueroso pecador capaz de destruir a quien sea con tal de alcanzar sus propósitos, la representación de la avaricia sonreía al pensar que dentro de poco podría presentarse ante su padre mostrando a los prisioneros, subsanando, de alguna manera, el error que cometió años atrás. Sin embargo, que dos de los diez espías sobrenaturales se detuvieran en medio del desierto y parecieran estar elevando plegarias hacia el Dios Supremo hizo que detenga su andar y se enfocara en observar lo que a continuación sucedería. Los miles de demonios que se acercaban hacia los dos felinos de un menor tamaño que haya visto -lo que le hizo entender que se trataban de mestizos, quizá producto de la mezcla de esa especie sobrenatural con humanos- se detuvieron de golpe a pocos metros de estos. Desde donde se encontraba Mammon, pudo ver que los espías habían empezado a abrir los ojos y mostrar un poder que desconocía que fuera propio de alguna de las dos especies de las que esos provenían. El primogénito de Satanás logró escuchar la comanda lanzada por Erik y Pietro, y sintió las ganas de dar media vuelta y alejarse de ahí, pero el destello de la piedra de luna que llevaba en su mano le hizo salir de ese trance, producto del poder de apaciguamiento de espíritus. En ese momento, mientras los miles de demonios empezaron a alejarse con la misma prisa con la que se estuvieron acercando a ese par de medios felinos, Belial, Leviatán, Belfegor y Belcebú llegaron al lado de Mammon, quien estaba aún un poco aturdido y sintiendo en su cabeza el eco de las palabras en sánscrito que soltaron los espías hijos de felinos. - ¿Qué sucede, Mammon? –preguntó tranquilo Belial, pero al notar la piedra de luna en la mano de su hermano mayor, desató su enojo-. ¡¿Qué mierda haces con una de las piedras de luna en tu poder?! - Encontré a esos espías sobrenaturales en el salón donde padre las guardaba –empezó Mammon a contar lo ocurrido modificando la verdad según como le convenía-, así que me lancé sobre ellos para evitar que las tomaran. Solo pude rescatar una, y cuando quise ir por la que el licántropo de pelaje castaño oscuro había tomado –se refería a Abelard, cuyo lobo destacaba al ser más grande que el de Kiram y el de Cassie- algo como una prisión invisible me detuvo. - ¡¿El vampiro Darius estuvo aquí?! –preguntó Belial con ganas de ir detrás de los espías solo para enfrentarse cara a cara con aquel General Dracul que en varias batallas detuvo su accionar al utilizar su don de nacimiento-. Ese maldito se atrevió a venir al Inframundo. - ¿Eso fue lo que me atrapó? ¿El don de nacimiento de un vampiro con alma? –al estar relegado de las batallas por su estúpido error al ir por Calipso a la Mansión Höller y perder una piedra de luna al enfrentar a Amelia, Mammon no había visto a los vampiros por nacimiento usando sus dones entregados por la divinidad. - ¡Eso no importa ahora! –alzó la voz Belcebú al ver que sus hermanos se perdían en asuntos que no eran relevantes en ese momento-. ¡¿Por qué estás aquí, parado como un imbécil, en vez de tratar de alcanzar a esos malditos?! –Belcebú volteó a mirar hacia donde corrían los espías sobrenaturales, y al ver que ningún demonio iba detrás de ellos, volvió a preguntar con enojo por ese detalle-. ¡¿Qué mierda sucede contigo que no has dado la orden de ir a capturarlos?! - ¡Lo hice! Di la orden, pero esos dos que quedaron rezagados y ahora lucen sus formas humanas hicieron algo que no sé cómo describir, y todos los demonios dieron media vuelta y empezaron a alejarse de ellos –soltó entre gritos Mammon al molestarle que sus hermanos lo interrogaran de una manera nada cordial, considerando que él era el hermano mayor-. Hasta yo sentí ese poder, uno que nunca había percibido venir de un felino, aunque estoy seguro que esos deben ser mezcla de felino con humano porque en su forma animal eran más pequeños que aquellos a los que nos enfrentamos milenios atrás. - Entonces, hay que ir por ellos. Si los felinos están evolucionando al mezclarse con otras especies, debemos estudiarlos para encontrar una forma de evitar que nos hagan daño con ese nuevo poder que han manifestado –dijo Belcebú y dejó su forma humana para adoptar la de demonio, una que le permitía volar al salir de su espalda un par de amplias y fuertes alas que simulaban las de un murciélago. - ¡Yo iré por tierra avivando a los demonios a que retomen la persecución! –avisó Belial, dejando su aspecto humano para optar por el de demonio. - Yo también voy con ustedes –dijo Mammon. - Primero deja la piedra de luna a Belfegor y Leviatán –ordenó Belial, mirando con rudeza a su hermano mayor-. Ustedes dos, pónganla a buen recaudo –añadió la representación de la soberbia dirigiéndose a la pereza y envidia. Por sus potentes alas, Belcebú avanzaba mucho más rápido que Belial y Mammon, siendo el primero en divisar a Abelard en su forma de lobo corriendo hacia el palacio. «Quiere detener nuestro avance», pensó acertadamente Belcebú, por lo que apuró mucho más su vuelo para alcanzar a aquel que se creía tan fuerte como un hijo de Satanás para intentar contenerlos. Al ver que el licántropo dejaba su forma animal para optar por la humana, la gula sonrió macabramente al razonar que toda oportunidad que tenía ese sobrenatural de sobrevivir a su ataque, la había perdido al abandonar la fuerza y rapidez que ganaba al ser una bestia. Sin embargo, el hijo de Satanás no esperó que ese, que se veía como un simple y común licántropo, pudiera despertar el fuego entregado por el Dios Supremo, el que corría debajo de los pies de los demonios alimentando el centro del planeta. No logró escuchar lo que Abelard dijo y causó el despertar del magma brotando por las grietas que se extendieron a lo largo de donde sus brazos señalaban, por un tramo de kilómetros incontables como la extensión del Inframundo, pero sí vio cómo se alzaba esa cortina de fuego que serviría de barrera de contención contra los demonios, dando una opción a los demás sobrenaturales que terminaron desapareciendo por aquel punto que identificó como la entrada al territorio donde su padre era el señor y amo. «Si vuelo más alto podré rebasar la barrera y alcanzar a esos malditos en el recorrido hacia la superficie», pensó Belcebú, imaginando que todo saldría a su favor, pero se equivocó. Abelard detectó la intención del hijo de Satanás y elevó la barrera justo en el momento en que el demonio alado no pudo desviar su trayecto, por lo que sufrieron sus alas graves quemaduras que lo hicieron desplomarse. Belial y Mammon apuraron el paso al ver a su hermano cayendo envuelto en las llamas que provenían del fuego del Dios Supremo, uno que era insufrible para demonios, humanos, Celestiales y sobrenaturales, siendo los únicos que podían soportarlo El Creador y sus hijos: el Cristo, el Espíritu Santo, la Madre Luna y la Luz encarnada. - ¿Cómo es que ese licántropo soporta el fuego del Dios Supremo? –preguntó Mammon sorprendido de ver cómo Abelard se mantenía en pie y su cuerpo no se consumía con la misma facilidad con que lo hicieron las alas de Belcebú, quien había perdido el conocimiento por el intenso dolor que sintió, producto de las quemaduras. - No tengo ni la menor idea –agregó Belial tratando de ayudar a su hermano caído-. Creo que voy a tener que arrancarle las alas. Están demasiado maltratadas y, aunque ya no hay llamas encendidas, la quemadura continúa expandiéndose. Hay que evitar que llegue a su espalda, y de ahí al resto del cuerpo –tras decir eso, con una piedra que partió de tal manera que la dotó de filo, Belial arrancó las alas de Belcebú, evitando que su hermano sea consumido por el fuego del Dios Supremo. - ¿Y ahora? ¿Qué hacemos? –preguntó Mammon viendo cómo terminaban siendo polvo las alas de Belcebú. - Esperar que el licántropo muera, baje la barrera y empezar nuestro camino hacia la superficie para alcanzar a esos malnacidos que se han robado una de las piedras de luna –respondió Belial. La soberbia no había terminado de expresar su plan a su hermano mayor cuando una luz empezó a bajar de lo que se podría interpretar como el firmamento del Inframundo-. ¡Pero ¿qué mierda es eso?! –exclamó Belial asombrado. Enviada por el Dios Supremo, quien escuchó el pedido de la Madre Luna de ayudar a los suyos a tener éxito en la incursión al Inframundo, Aideen, el querubín, bajaba de Los Cielos mostrando todo su esplendor al dejarse ver luciendo su real esencia, la de un Celestial. Belial y Mammon no podían creer lo que veían, ya que el único morador de Los Cielos que alguna vez bajó al Inframundo había sido Cristo, el Hijo, por cuyo poder, al ser igual al del Padre, pudo soportar la corrupción en la que existen los habitantes de ese plano. - Ya entiendo –soltó Belial en voz alta, pero en realidad era un pensamiento que lo había manifestado solo para él-, la predestinada del licántropo era un querubín, o sea, un hada. De seguro fue un hada de fuego –Belial calló al recordar que la primera batalla la perdieron por la inmolación de un hada de ese elemento al haber ejecutado el fuego divino, sacrificio por amor para salvar a los suyos del poder de la magia oscura-. De seguro esa fue el hada de fuego que creó esa gran explosión que nos comentaron Leviatán y Belcebú. - Pero qué diablos hace aquí ese Celestial. ¿Acaso ha venido por el cuerpo de su predestinado? –preguntó Mammon-. Si ese maldito ya murió, es cuestión de unos minutos para ir detrás del resto de sobrenaturales espías –dijo la avaricia. Sin embargo, pudieron ver que el licántropo aún no moría, y que el querubín había llegado para ayudarle a mantener en alto los brazos, que era lo que conservaba intacta la barrera de fuego-. ¡Acabemos con esos dos! Serán un buen tributo para padre –propuso Mammon. - ¡¿Acaso eres imbécil?! –soltó muy molesto Belial-. ¿Cómo vamos a llegar a ellos? ¿Acaso no ves que el fuego del Dios Supremo los está rodeando? –hizo notar Belial a su hermano mayor-. No entiendo cómo no les hace daño –comentó más para sí mismo la representación de la soberbia. - Al licántropo parece que le queda poco para expirar –mencionó Mammon. - Pero el querubín ni se inmuta –agregó Belial. Para que Aideen pueda ayudar a Abelard a mantener viva la barrera de fuego por el mayor tiempo posible, el Dios Supremo había entregado al querubín la bendición de poder soportar el fuego que usó en la creación del planeta durante todo el tiempo que fuera necesario. Fueron varias las horas que se mantuvo en alto la barrera. Belial y Mammon esperaron por alguna posibilidad para continuar y alcanzar a quienes se habían llevado una piedra de luna, pero fue en vano porque cuando el fuego cayó, el resto del equipo de incursión al Inframundo ya estaba en territorio de la Manada Höller en Lima. El cuerpo sin vida de Abelard empezaba a tomar ese color n***o intenso que las alas de Belcebú adoptaron antes de desaparecer siendo polvo, pero el efecto avasallador del elemento incandescente entregado por el Dios Supremo se detuvo al caer las lágrimas de Aideen sobre los restos de Abelard. «Tu misión está cumplida. Ahora podemos irnos en paz», pudo escuchar Belial que el querubín expresó a su inerte compañero eterno con un cariño y ternura que nunca había visto entre dos amantes, ya que en el Inframundo no era común encontrar ese tipo de relaciones puras y llenas de amor. «¿Es eso lo que padre recuerda y añora, por eso su insistencia por llegar a Los Cielos?», se preguntaba la soberbia mientras contemplaba a los amantes predestinados dejar el Inframundo al subir el cuerpo del licántropo en los brazos del querubín. - Aprovechemos en derribarlos para llevarlos ante padre como un trofeo compensatorio a la piedra de luna perdida, hermano –sugirió Mammon. - El cuerpo sin vida de un licántropo y un querubín jamás compensarán la pérdida de una piedra de luna –recalcó Belial mirando con desprecio a Mammon. La soberbia no creía en el relato dado por la avaricia sobre cómo encontró a los espías sobrenaturales robando una de dos piedras de luna, por lo que opinaba que Mammon era completamente responsable de todo lo ocurrido-. Deja a ese par en paz y regresemos al palacio. Es cosa de nada para que padre se entere de lo sucedido, y debemos darle explicaciones –ordenó Belial mientras acomodaba el cuerpo de Belcebú sobre su hombro y empezaba su trayecto de regreso al palacio. Leviatán y Belfegor esperaban en la residencia del señor del Inframundo. Ya habían ordenado a los demonios sirvientes que reparen el ventanal del sexto piso que los espías sobrenaturales rompieron al escapar y se encargaban personalmente de mantener segura la única piedra de luna que quedaba en poder de los moradores del Inframundo al retornarla a la sala donde Satanás las guardaba. Sin embargo, cuando la envidia pudo identificar a sus hermanos regresando con Belcebú en muy mal estado tras verlos llegar al mirar por uno de los ventanales de la sala que protegía, junto a Belfegor dejaron la custodia de la piedra de luna para averiguar lo que había ocurrido con la gula y si había algo que pudieran hacer por él. - Fuego del Dios Supremo le quemó las alas –explicó en simples palabras Belial mientras colocaba a su hermano sobre la cama de los aposentos designados para la gula. - ¿Ese fuego derritió sus alas? –preguntó Belfegor sin rastros de pereza al sentirse muy sorprendido al haber escuchado lo que le había ocurrido a Belcebú. - No. Yo se las corté porque, aunque las llamas ya se habían apagado, la quemadura seguía dañando al extenderse por el resto que quedaba de las alas, y temiendo que llegue al cuerpo de nuestro hermano, decidí arrancarlas para detener lo que hubiera hecho polvo su carne–respondió Belial suspirando al recordar ese desagradable momento. - Me preocupa que no haya cambiado a su forma humana –comentó Leviatán observando detenidamente las heridas en la espalda de Belcebú al haber perdido sus alas-. En oportunidades anteriores, cuando hemos perdido la consciencia en nuestra forma demoniaca, siempre adoptamos la humana, pero esta vez no ha sido así.
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